Una novela hipnótica sobre la amistad, la desaparición y la memoria que ilumina los años más frágiles de la historia chilena.
«Me muero si no llegas»: es la amenaza amistosa de Mara a Manu. O así figura anotado en el cuaderno de una de las dos, quien, tiempo después, intentará seguir la pista de esas cinco palabras. Es diciembre de 1989, el último verano de un momento en la vida de dos muchachas que acaban de cumplir la mayoría de edad. Una, la que convoca, necesita huir. La otra, la que se queda, no sabe que la cita es una despedida y que en adelante vendrá un vacío, que los recuerdos se agolparán en su cabeza y harán desmadre, que el tiempo se trizará y su existencia en este nuevo escenario se verá intervenida por la conjetura de una vida presunta. La suya, la de la amiga, la del el mundo que va quedando atrás y el que imagina disparado hacia delante.
¿Qué se hace con lo que no está, cómo se incorpora ese vacío? ¿Qué papel cabe a la imaginación en lo que nos contamos? ¿Cuántas personas somos o podemos llegar a ser si nos empeñamos en convertirnos en otras?
En esta novela breve, que es torrente y enigma, la realidad va siendo intervenida hacia una zona de desbande que encabrita lo narrado. La historia de una amistad interrumpida es también una pesquisa sobre las palabras que no alcanzan a decir lo que quieren decir, sobre los personajes que representamos y la búsqueda de unas identidades escurridizas, sobre la pérdida y el duelo, sobre la ilusión del tiempo como una flecha en progreso, sobre la vaguedad del recuerdo y su contraste con la precisión del afecto.
Dónde puedo dejarlo se instala en la delgada línea que se dibuja entre la memoria, la fantasía y la ensoñación.
Periodista y magíster en Literatura. Ha publicado las novelas En voz baja (Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral 1996), Ciudadano en retiro (Planeta, 1998), Cansado ya del sol (Planeta, 2002), Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta - Casa América 2007) y Naturalezas muertas (Cuneta, 2010), y los libros de cuentos Malas noches (Planeta, 2000), Últimos fuegos (Ediciones B, 2005) y Animales domésticos (Mondadori, 2011). Ha escrito para revistas como Gatopardo, Rolling Stone y El Malpensante. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Su obra ha sido traducida al italiano, francés, danés y coreano. En Alemania le fue otorgado el Premio Literario Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año. [editar]
hace muchísimo tiempo no leía un libro tan bueno y tan bien escrito. Lo rayé entero. Ah, y no le hagan caso a esa persona palurda que dijo que se saltaran la primera parte, porque es la mejor.
Pucha que cuesta avanzar en la primera parte, díos mío, se detiene en el lenguajezzzzz y dan ganas de gritar cuándo viene la acción. En la segunda parte la cosa cambia. Parece que Costamagna se pone el overol de la tercera persona y por fin algo empieza a rodar. Ese algo que rueda es el sentimiento de la protagonista + su presente. Su presente se presenta. Porque digamos que basta que lxs personajes RECUERDEN TODO EL RATO. La tercera parte parece más un gustito de la escritora, se dijo a sí misma, mostraré mi faceta poética. Y bueno, mejor leer a una poeta que escucharla declamar. En síntesis, ojalá alguien pesque este libro, se salte la primera parte, vaya directo a la segunda, y se ahorra todos los bostezos que padecí yo.
Chile como un sello que graba la piel de un territorio. La mano era el órgano de la escucha. Cuando no advertimos señales en las escenas. Cumplir años con alguien el 23 de abril. ¿Existe lo real? Vivir sola supone un temblor delicioso. El resplandor de la luna lamiendo la ventana. Cafuné. Cruzar los pies debajo de las sábanas, raíces entrelazadas de especies silvestres. Cuando no sabes nombrar eso que te provoca insomnio. Un solo cuerpo en el abrazo con alguien. Tener ganas de gritar pero no saber gritar. Cuando sea pájara, pero el pensamiento se detiene ahí, no agarra vuelo. Ensayar el acento de la supervivencia. Pan con milanesa. Dame suerte, corazona. La memoria del cuerpo no duda. Todo contigo vive sellado en mi alma 💜
Mediante un libro coral, Costamagna retrata una amistad que se quiebra por razones externas. Un libro interesante que tiene a ratos extractos de un diario, de relatos, perdida y hallazgos de identidades, y escrito en prosa, esta autora chilena hace más que solo describir una amistad: se entusiasma en mostrar como se llenan vacios que no se pueden llenar y en lo difícil que puede ser que alguien ya no esté. Excelente libro y muy bien escrito.
trozos de torta mordisqueados en arrugados platos de plástico, las monedas de cien devueltas sin ocuparse en la llamada telefónica, los silencios que en vez de susurrar gritaron hasta dentro, las fotos en cordelitos que permiten recuperar una y otra vez ese recuerdo porfiado insistente que recuperará memoria en vez de echar al olvido.
“Dónde puedo dejarlo” reside en un campo mental que aprisiona los instantes lejanos con “la memoria del tacto” (15), recuperando mediante diálogos internos y abstraídos el bosquejo de un paisaje donde en lejano tiempo se amó la vida. “fulgores intermitentes los que se agolpaban en su cabeza” (25) gritan en un constante presente, a veces en un exceso mucho más agolpado donde surge la necesidad del controlarse (“Gobiérnate, le dice a su mate, concéntrate” (107)). Son estos pasajes entrelazados con raigambre en lo poético los que presentan los retazos de una presencia por ausencia sobre lo que fue la persona de Mara.
Recalco la raigambre en lo poético porque Costamagna, en un dedicado trabajo que honra la esencia rizomática de la memoria, edifica una estructura narrativa que asimila lo fragmentario de los recuerdos con un lenguaje residente entre ternura, nostalgia y melancolía. “¿Habría cambiado el acento? ¿Seguiría riéndose con esa risa súbita, decidida pero no estruendosa, un meneo que le atravesaba el cuerpo, como si la risa fuera la prolongación de un baile?” (44). Preguntas así que rebosan a lo largo del texto, así como también recuerdos o conjeturas sobre el presente, buscan encauzar esa presencia que ha sido tanto tiempo ausencia. “se juntó el lote alrededor de la mesa, cada uno con su vaso o su copa, y se armó un coro de recuerdos” (56). Memorias donde reside “el tiempo congelado en el artificio de una luz que no correspondía al color del mundo” (61), donde se canta o susurra “Y no hables más, muchacha, corazón de tiza, tararea una y otra vez, hasta que la canción se aguacha en su cabeza” (93).
Recuerdos, tantos recuerdos guachos, que la imaginación bosqueja “su estar y no estar del todo (…) señales más que evidentes” (76). Cómo sería la cotidianeidad junto a la compañía de aquella persona con la que se comparte día de cumpleaños, pero ya no habrá más coincidencia, cómo será este futuro incierto de “convertirme en pura hilacha” (122) en donde una forma de pasar el tiempo es rescatar aquellas palabras que residen en el cajón del desuso y cuestionar sobre su significado o por qué otro sinónimo podría ser mejor de ser empleado. Los fantasmas que van quedándose en el camino ya nos acompañan a la hora del té, las palabras al nombrar duelo describen el vacío que no puede llenarse con más que ese anhelo de la nostalgia por otro ayer.
“La hoja se va poblando de palabras sin rienda y ella las deja aventurarse, sin pausa ni pauta. ¿Qué se hace ahora? “(146). Perderse en las páginas de este libro hasta resolver aquella relación especular donde la evaporación de los cuerpos se niega a posicionarse perecer.
Casi al final de la dictadura, Mara debe partir a la clandestinidad. Atrás deja a su familia y a su gran amiga, Manu. La ausencia de Mara no significa que pierda su identidad. No la pierde ella, aunque tantos cambios de nombre y de rostro puedan ponerlo en duda. Pero tampoco la pierde para su familia. De ello nos damos cuenta en una hermosa escena en la que siguen celebrando su cumpleaños, aun cuando permanece latente la pregunta que da título a la novela: ¿desde qué punto podríamos empezar a soltar las cosas? La amistad y la forma en que perdura en la memoria atraviesan toda la historia, trascendiendo el paso del tiempo. También muestra cómo ciertos roles pueden ser asumidos por amor y de manera desinteresada, para mantener vivo un recuerdo. “Podrá ser que: el invierno se trague la luz templada del otoño. un frío en la mañana, un racimo de uvas desabridas, el chaleco de noche. la última advertencia, qué se han creído. otra vez cambiar de nombre, otra vez color de pelo, timbre de voz, fecha de cumpleaños, modo de estornudo, caligrafía, genealogía, alergias. ensayar carcajaditas sin meneos de cuerpo, inventarse una risa. poner a prueba la nueva firma, otra vez, no repetirse con el trazo. buscar los documentos en el extrarradio de la ciudad, no hallarse en esa identidad. esa no soy yo”.
Dónde puedo dejarlo me pareció una novela interesante por los temas que trata, como la memoria y la pérdida, pero no terminé de disfrutarla porque me costó seguir el hilo de la historia. Los constantes cambios de personaje y de tiempo hacían difícil que me situase y que conectase con lo que estaba pasando. Creo que la intención era transmitir confusión, aunque en mi caso terminó alejándome un poco de la lectura.
Diría que es una novela sobre sobre la amistad y la ausencia a partir de la desaparición de una amiga en un contexto como de finales de la dictadura e inicios de la democracia en Chile, no la desaparición no en el sentido de desaparición forzada, sino en el sentido de que es una amiga que se mete en política y que de pronto se le pierde el rastro y que hace esa ausencia con la que se queda es un libro que lo narra de manera magistral, está realmente muy bien escrito.
Los cambios de tiempos me parecieron muy grotescos, muchas veces no me ubicaba, en otras lecturas eso nunca fue un problema, pero en esa si. No logro que me gustara y enganchara hasta las últimas 15 páginas. Aunque la temática y el contenido de lo que se lee es muy bueno y fuerte, no logré conectarme a punto de recomendar ese libro. Queria terminar para ya dejarlo, esa es la verdad.
This entire review has been hidden because of spoilers.
quizás no era mi momento o quizás esperé mucho de él o no sé. “habías leído q la mano era el órgano de la escucha” “y telón y aplausos y al fin bajar del ático, sacarse el maquillaje y volver a la Tierra” el principio me enganchó, me gusta saber del lenguaje y la manera en que la autor explica palabras y juega con ellas. luego es muy sin más. quizás en otro momento no sea tan sin más.
“cree, Mara, que la mano no va a recordar el movimiento que moldea la firma. la memoria del cuerpo sin embargo no duda y ahí está la inicial y el círculo que encierra el apellido y el serpenteo final, como si nunca hubiera suspendido la acción de dibujarla en un papel.”
La importancia de la memoria y de la ausencia, el cómo seguir sin una amiga, el contexto y los personajes. Simples pero muy reales. Que pena que se tuvo que esconder de todo por la culpa de un hombre (aunque siempre hay un hombre). No me encantó pero me hizo pensar.
Lo compré por impulso (porque me gustó el comienzo) y lo leí por inercia (porque lo tenía en el bolso del trabajo). La prosa es linda, la historia a veces me llegó, los mensajes son importantes, pero en general me resultó un tanto indiferente.
me ha gustado más la primera parte, la segunda y la coda es muy ambigua para mi gusto. El modismo chileno también me ha costado seguirlo he de confesar