Shanghái, noche de San Juan de 1935. Durante la recepción del consulado de España, dos disparos interrumpen la música y el enigmático príncipe Volkov cae muerto ante los invitados. Allí se encuentran tres jóvenes españoles cuya vida está a punto de dar un giro irreversible: la fotógrafa Isabel de la Cruz, que ha recibido la misión de investigar a un empresario alemán ligado al partido nazi; Miguel Roxas, heredero de la cervecera San Miguel, dividido entre la lealtad familiar y su propia conciencia, y Asier Ormaetxe, pelotari exiliado que sobrevive como camarero. Ninguno sospecha que el asesinato es solo el comienzo. Muy pronto quedarán en el centro de una trama internacional donde el ascenso del totalitarismo en Europa, la amenaza japonesa en Asia y el difícil equilibrio de convivir con los fantasmas de su propio pasado los colocarán al borde del abismo.
Una mirada a los años treinta desde una ciudad donde ya estaban presentes los monstruos que acabarían devorando Europa y cambiando el mundo para siempre.
Novela etiquetada como un thriller histórico que se ambienta en el Shanghái de 1935, una ciudad compleja y complicada en un momento histórico muy difícil, una ciudad en la que convivían todo tipo de personas desde espías hasta refugiados. La historia arranca con la muerte de un príncipe, un crimen complicado, complejo y que va a desencadenar una gran trama de espionaje y de intriga. Los personajes principales son tres españoles “atrapados” en una gran ciudad, bien construidos y a lo que coges cariño desde el principio, bien perfilados y que tienen una gran evolución a medida que la investigación los obliga, conociendo también sus conflictos personales. El autor aprovecha su gran experiencia en China, para recrear ese Shanghái en esta época tan desconocida, no solo como un escenario sino que también crea un personaje, cosmopolita, fascinante pero también oscuro y amenazador. Gran documentación por parte del autor, que entremezcla hechos históricos con ficción, con acción, suspense, y gran parte emocional, que quizá no mantiene un ritmo frenético, pero si constante.