El 1 de febrero de 1996 irrumpió en EE. UU. La broma infinita, un mamut celebrado como obra genial e inclasificable, que generaría un culto fanático, un sinfín de estudios académicos y abundantes guiños en la cultura popular. Treinta años después, su osadía y carácter visionario siguen intactos. Esta crónica reconstruye el impacto y el eco de esta galaxia literaria, tan deslumbrante como controvertida, de David Foster Wallace.
He leído La broma infinita, sí. Hasta el final también, pero confieso que mal, en la cama, de cualquier manera. Tengo la extraña capacidad de aguantar libros en los que hace tiempo que me he perdido. Leo sin enterarme de nada. Y lo más curioso: los llego a acabar. Así leí La broma infinita. Sin embargo, entre mis amigos lectores -verdaramente lectores-, que no llegan a tres, para ellos este libro supuso un antes y un después. Uno de ellos ha pasado de ateo militante a converso católico de misa, lectura y otros menesteres semanales. Lo que Karen Green no consiguió con Foster Wallace, La broma infinita lo hizo con este amigo mío, el cual leyó la obra, la releyó, la volvió a leer en inglés y hasta sumergió en el bromaverso, en todos esos foros y boards en los que se debate sobre la obra de Foster Wallace. Y terminó en la versión no secularizada de los Alcohólicos Anónimos que tanto aparece en la obra y de la que tanto se valió Foster Wallace. Sus mejores ideas lo llevaron hasta ahí.
Como digo, mi caso es distinto. La leí en año de oposiciones. Un tocho que cuando se me resbalaba de las manos me pegaba un buen zurriagazo en la cara, doblándome las maltrechas gafas. Y sé que le debo una segunda lectura, puesto que noté lo que sienten los fervorosos de este nuevo Ulises (yo me atrevería a decir que mejor): David Foster Wallace vivía en 2030 (poca broma con la capacidad profética, aunque los signos eran más o menos claros), tenía una capacidad cognitiva e intelectual desmesurada y creó algo increíblemente único. También llegué a sentir lo que suelen señalar los detractores, y me aburrí muchas veces: hay un ensayo dedicado a ello, Narración y Tedio creo que se titula. Pero tan altos eran los momentos de genialidad que sentí que no hay nada igual a La broma infinita, y por eso le debo una segunda lectura.
Así, dejándome de rollos sobre mi vida. Este ensayo sirve como preparación. Explora la recepción, el impacto de la obra; recorre lo que rodeó a Foster Wallace antes y después de su creación, su concepción de la literatura, su reacción frente al posmodernismo de sus predecesores, su formación e interés en Filosofía... Para los que no somos fanáticos, nos sirve para conocer detalles curiosos e importantes sobre el autor. Es un panegírico, sí, también una loa, pero es que David lo merece.
El mejor telonero que podría tener DFW. Debes leerlo antes de enfrentarte al Marathon des Sables que es La broma infinita. Yo lo he hecho, hazlo tú también.