Leo Vicar aguarda en El Cabracho las cuatro ejecuciones a las que fue condenado. Será eviscerado por cuervos, descoyuntado en un diablo de hierro, quemado en un toro de bronce y ahogado en agua marina.
Su ocasional compañía es Afonso Viniste, escriba de la corte de Torreones, encargado de transcribir el relato de sus blasfemias contra los trece mandamientos del Cristo Ahogado.
Mientras Afonso descubre cómo un hábito puede convertirse en mortaja, Theron Leal, inquisidor-procurador y rematador real, inicia una investigación que lo llevará a indagar en secretos incómodos de su fe.
¿Cómo dices? ¿Que segundas partes nunca fueron buenas? No sirve para Hábito y Mortaja. Uno de los grandes temores de los lectores (y escritores) es meterse de lleno en la segunda parte de una trilogía o saga porque sentimos la necesidad de obtener respuestas, pero sin que el ritmo decaiga. Y esto es justo lo que hace Carlos con la segunda parte de la Corona del Oráculo. No voy a hacer ningún spoiler ni a relatar nada clave, porque cualquier cosa en este punto es una revelación, por pequeña que parezca. Retomamos la historia de Leo donde lo dejamos al final del primer libro: en ese convento que hace estallar en llamas de forma descontrolada. A partir de aquí, para Leo, todo serán sorpresas y descubrimientos dentro de una orden religiosa que lo sigue oprimiendo y vejando. Por fin, encontrará medios para seguir explorando su magia. Todo ese poder que algunos echaron en falta en el primer volumen nos explota en la cara en el segundo. Brujas, monjas, fantasmas, demonios terribles (y otros marranos), criaturas y seres mitológicos, folclore norteño del que nos gusta y alguna que otra sombra. Incluso un inquisidor buscará tantas respuestas como el propio Leo, o como las que exigimos nosotros. No diré nada más, de momento, espero que esta breve reseña sirva de caramelito para que os animéis a darle caña a una segunda parte que SÍ es superior a la primera, aunque parezca imposible.