Mathias Enard esce dall’antica clinica di Bellitz dopo aver fatto visita a una cara amica malata. Mentre passeggia per la città scende la notte precoce e piovosa dell’autunno berlinese e l’autore scivola in un dialogo con sé stesso. Come in una conversazione interiore vagamente dantesca, la sua mente bighellona, esplora il tempo e la geografia, esamina la nozione poliedrica di frontiera, di limite. Ovunque scopre spazi che si nei ricordi, nelle letture e nella pratica attiva dell’amicizia – che non è mai molto distante dalla pratica della letteratura. Il progetto Malinconia dei confini esplora le idee di frontiera, di limite, di passaggio. Un autunno a Berlino (Nord) inaugura le quattro stagioni del suo atlante intimo e personale, cui seguiranno un’estate nella penisola iberica (Sud), una primavera nei Balcani (Est) e un inverno nel continente americano (Ovest).
Mathias Énard studied Persian and Arabic and spent long periods in the Middle East. A professor of Arabic at the University of Barcelona, he won the Prix des Cinq Continents de la Francophonie and the Prix Edmée-de-La-Rochefoucauld for his first novel, La perfection du tir. He has been awarded many prizes for Zone, including the Prix du Livre Inter and the Prix Décembre.
Compass, which garnered Énard the renowned Prix Goncourt in 2015, traces the intimate connection between Western humanities and art history, and Islamic philosophy and culture. In one sentence that's over 500 pages long, Zone tells of the recent European past as a cascade of consequences of wars and conflicts.
Énard lives and works in Barcelona, where he teaches Arabic at the Universitat Autònoma. His latest publications include a poetry collection titled Dernière communication à la société proustienne de Barcelone (Final message to the Proust Society of Barcelona) and Le Banquet annuel de la confrérie des fossoyeurs, a long novel published in 2020.
“Todo viajero camina en el tiempo” [...] «Que cuando yo caminara no caminase solo en la arena sino en compañía de dos espíritus, el fantasma de Walser y el espectro de W. G. Sebald, era en parte gracias a E.»
Pocas frases resumen mejor el proyecto de Melancolía de los confines: Norte. Desde sus primeras páginas, Mathias Énard reconoce la compañía tutelar de dos escritores para quienes caminar era mucho más que desplazarse: una forma de leer el mundo, de interrogar la memoria y de transformar el paisaje en pensamiento. Del mismo modo que Robert Walser hizo del paseo una ética de la atención y W. G. Sebald convirtió la deriva por el territorio en una exploración de las capas ocultas de la historia, Énard emprende aquí una caminata por Berlín que es también una inmersión en la memoria cultural europea. Desde sus primeras páginas, Énard se coloca deliberadamente bajo la tutela de dos escritores errantes: Robert Walser y W. G. Sebald, así que se puede decir que desde el inicio este texto debe entenderse como un diálogo con una tradición de escritura en movimiento continuo, itinerante. De Enard hasta ahora solo había leído Habladlesde batallas, de reyes y de elefantes y ya entonces me quedó claro el tipo de escritor que es Mathias Énard. Aunque francés, hay en él algo profundamente cosmopolita, errante y difícil de encerrar en una tradición nacional concreta. Su literatura parece escrita desde el movimiento y el cruce de culturas más que desde una identidad fija porque leyéndolo, resulta casi imposible reconocer una procedencia exclusiva: podría ser un escritor español por su relación con el Mediterráneo, alemán por su diálogo constante con la tradición centroeuropea, o incluso un autor árabe por la naturalidad con la que incorpora Oriente Próximo y el mundo islámico a su imaginario literario.
"En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mi... Así comienza Los anillos de Saturno, de WG Sebald, con movimiento".
Esa condición fronteriza, alcanza en Melancolía de los confines; Norte una nueva intensidad. La diferencia es que ahora la ficción prácticamente desaparece y queda al descubierto el mecanismo mismo de la reflexión. Énard ya no construye una historia para pensar el mundo, sino que convierte el propio pensamiento —sus lecturas, paseos, amistades, recuerdos y asociaciones— en la materia del libro. El resultado es un texto contemplativo, melancólico y profundamente europeo, donde la influencia de Los anillos de Saturno se percibe en la estructura de la memoria errante y la de Robert Walser en esa ética del caminante que encuentra en el paseo una forma de conocimiento. Entre ambos polos, Énard compone una obra que confirma algo que ya intuía en la primera vez que me acerqué a él: que pertenece a esa rara categoría de escritores cuya verdadera patria no es un país, sino el movimiento de ideas, lenguas e historias a través del mundo. Aquí abandona explícitamente la novela para acercarse a una forma híbrida de ensayo, autobiografía, diario de caminata y meditación literaria. Es, además, el primer volumen de un proyecto en cuatro direcciones cardinales. Aquí el paseo físico por un territorio se convierte en un viaje mental donde la memoria, la historia y la literatura se entrelazan continuamente. Como en Los anillos de Saturno o Austerlitz, el desplazamiento por una ciudad —en este caso Berlín— sirve para conectar tiempos históricos, amistades, pérdidas y referencias culturales dispersas. La caminata nocturna es menos un recorrido urbano que una deriva de la conciencia. En Norte, caminar por Berlín produce asociaciones libres, recuerdos y encuentros textuales de una manera muy walseriana. La ciudad no aparece como un objeto a describir sistemáticamente, sino como una superficie que desencadena pensamientos. El movimiento físico genera movimiento intelectual. Norte es, así, un libro intensamente europeo, no tanto por los lugares que recorre como por la tradición intelectual con la que dialoga: una tradición que entiende el viaje como una forma de pensamiento.
“de pronto recordé que fue E. quién, quince años antes, me descubierto la obra de WG Sebald, justo después de la muerte brutal de este último en un accidente de automóvil como consecuencia de un ataque al corazón, cerca de Norwich. E. me había guiado durante mi largo camino hacia la literatura alemana...”
Norte adopta la forma de un paseo por Berlín durante una visita a una amiga enferma, E. Sin embargo, muy pronto queda claro que el verdadero recorrido no es únicamente geográfico (“ yo, como ellos, caminando sin rumbo por un Berlín marcado por las cicatrices de la destrucción, también busco una luz, un sueño paradójico, una teriaca para mí alma y la de los demás”). Como ocurre en Sebald, cada calle, cada edificio o cada encuentro desencadena una deriva hacia otras capas de la ciudad: su historia, su literatura, su filosofía y sus heridas. El Berlín que recorre Énard es simultáneamente físico y mental, una ciudad hecha tanto de avenidas y parques como de libros, recuerdos y fantasmas. A medida que avanza la caminata aparecen filósofos, novelistas, artistas y poetas que han contribuido a construir la identidad cultural de la ciudad y de Europa. Por sus páginas desfilan figuras tan diversas como Theodor Fontane o Käthe Kollwitz, junto a escritores árabes, pensadores contemporáneos y amigos del propio autor. La ciudad se convierte así en una inmensa red de correspondencias y conexiones donde las épocas dialogan entre sí y donde la cultura aparece como una forma de resistencia frente al olvido.
“Fontane es charlar. Es conversar. Theodor Fontane no describe la situación política: pone a hablar a un grupo de amigos y cada cual se expresa según la clase que representa. Las mujeres, de todas las edades y condiciones, son siempre buenas conversadoras.”
Entre todas esas presencias destaca especialmente Georg Büchner y, más concretamente, su breve obra Lenz. El texto emerge como una suerte de leitmotiv que acompaña la deriva berlinesa de Énard. El hallazgo casual de un ejemplar en la célebre librería berlinesa que lleva el nombre de Büchner actúa como un punto de condensación de muchos de los temas del libro: el vagabundeo, la fragilidad mental, la relación entre paisaje y conciencia, y la literatura entendida como una conversación ininterrumpida a través del tiempo. No es casual que Lenz, relato de un hombre que camina al borde del abismo psicológico, reaparezca una y otra vez en una obra donde el paseo se convierte también en una exploración de la vulnerabilidad, la memoria y la pérdida, de alguna forma Enard nos viene a decir que todo está conectado y Sebald y su comienzo en Los Anillos de Saurno estará profundamente conectado a Lenz de Büchner. Más que un ensayo sobre Berlín, Norte acaba siendo una meditación sobre cómo los libros y las ciudades se leen mutuamente, y sobre la manera en que una caminata puede contener siglos de historia cultural.
“Tal vez las amistades mas profundas eran las amistades entre lectores, incluyendo a los escritores, por lo menos aquellos con quienes yo me relaciono, que ante todo son lectores, amantes de la literatura.”
Por eso adquieren una resonancia especial estas palabras del propio Énard: "Cuántas veces no se habrá escrito:<>. De todas las razones para iniciar un viaje, el final de un amor, el agotamiento de una pasión, es quizá la más poderosa; lo mismo que la locura que te asalta repentinamente en medio del dolor.” La frase podría referirse a Lenz de Büchner, pero también al conjunto de Melancolía de los confines:Norte. Porque el libro entero está atravesado por esa intuición: caminamos porque hemos perdido algo, porque buscamos algo o porque todavía no sabemos nombrar aquello que nos falta. Berlín se convierte así en mucho más que un escenario; es el espacio donde la memoria, la literatura y la experiencia personal se encuentran para intentar dar forma a esa ausencia.
“A fin de cuentas, si te sientes decepcionado por un mago que se disponía a enseñarte fantasmas, es porque un poquito en los fantasmas sí que crees...”
Pero reducir Norte a una caminata literaria por Berlín sería quedarse solo con una parte del libro. Entre los filósofos, los novelistas, los artistas y los recuerdos personales aparecen también historias de amistad y de amor que terminan constituyendo una corriente subterránea del relato. La visita a una amiga enferma es, de hecho, el punto de partida de toda la deriva, que nos quiere recordar que detrás de la erudición de Énard siempre hay un impulso afectivo y que Norte es ante todo y sobre todo, un libro atravesado por el amor, la amistad y las conexiones que establecemos. En uno de los momentos más hermosos del libro, el autor recuerda una carta que Martin Heidegger escribió a Hannah Arendt en 1925:
“Me vino a la memoria una carta que le escribió Martín Heidegger a Hannah Arendt en 1925: «El martes me hablaste de un modo muy distinto a como lo habías hecho antes. Esa seguridad en ti misma y, al mismo tiempo, ese claro y libre pertenecerme».”
La cita aparece como una de tantas estaciones en el recorrido, pero resulta reveladora de la sensibilidad de Énard, que acaba convirtiendo cualquier hallazgo cultural en una reflexión íntima. Porque incluso cuando habla de filosofía, de historia o de literatura, lo que parece interesarle es la huella humana que permanece en ellas: los vínculos, las pasiones, las pérdidas y los encuentros. En Norte, la cultura nunca es una abstracción; siempre está encarnada en vidas concretas, en afectos que sobreviven al tiempo y en palabras que, décadas después, siguen conservando intacta su capacidad de conmover.
El estilo de Mathias Énard se caracteriza por una combinación poco frecuente de erudición, movimiento continuo y sensibilidad narrativa. Es un escritor que parece pensar escribiendo y escribir mientras viaja. Sus textos rara vez avanzan mediante una trama convencional; progresan más bien por asociaciones, digresiones, recuerdos, referencias culturales y conexiones inesperadas entre lugares, épocas y lenguas. En su erudición no hay exhibición. En Énard, una referencia a un poeta persa, un filósofo alemán o un viajero del siglo XIX aparece con la misma naturalidad con la que otro novelista describiría una conversación o un paisaje. La erudición está integrada en la respiración misma del texto. Tanto en Habladles de batallas… como en este Norte, la voz de Enard es reflexiva, melancólica, muy curiosa y siempre abierta al mundo. Su melancolía no tiene el típico componente sentimental, sino que es una melancolía conocedora de que las vidas humanas son itinerantes y transitorias. Sin embargo, frente a esa conciencia de pérdida, sus libros proponen una forma de resistencia: la lectura, la memoria, el viaje y la conversación entre épocas. Quizá la mejor manera de definir a Énard sea decir que es un escritor de conexiones. Allí donde otros ven fronteras —entre Oriente y Occidente, entre pasado y presente, entre ensayo y novela, entre viaje y reflexión— él encuentra siempre puentes. Y esa capacidad para enlazar mundos distintos es lo que da a su obra esa sensación tan singular de amplitud intelectual y libertad. De hecho, leyendo Melancolía de los confines. Norte, uno tiene a veces la impresión de encontrarse ante una versión caminante y mediterránea de Markson. Como si las constelaciones intelectuales de "La amante de Wittgenstein" o "Esto no es una novela" hubieran abandonado el encierro de la biblioteca para recorrer las calles de Berlín junto a los fantasmas de Walser y Sebald. La comparación resulta especialmente pertinente porque el verdadero protagonista de Norte no parece ser ni Énard ni la propia ciudad, sino una conciencia lectora que avanza por el mundo acompañada por las voces de quienes la precedieron. Sospecho que Mathias Enard se esté convirtiendo en una debilidad…
“Narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje, despedazar el mundo para ofrecéselo a unos dioses silenciosos, como el humo de los muslos de cabra de los sacrificios aqueos: la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó, para siempre."
Enard ha escrito un libro maravilloso en el que se entrelazan varias ideas, pero que todas convergen en una concepción personal de lo que significa la literatura.
El texto surge de una herida. Su amiga E. -sólo conocemos la inicial de su nombre- ha tenido un accidente cerebral. Está ingresada en un hospital a las afueras de Berlín y Mathias Enard ha ido a visitarla. Todo lo que rememorará tras despedirse de E. será lo que dé forma a este libro. Desde Beelitz, que es donde se encuentra hospitalizada E., dialogará consigo mismo e irá entrelazando diferentes temas que configurarán el mapa de la melancolía y que, a su vez, completará una posible visión de lo literario. Bien es cierto que Enard forma parte de esa terna de escritores franceses que conversan con el detalle, que te hunden en esa grieta de lo poético, pero que no sabes muy bien adónde te están llevando. Yo los llamo escritores de estilo “¿se me entiende?”, cuyo hilo va desovillándose, tú no puedes apartarte, pero no entiendes la lógica del momento en un primer momento.
Enard recorre Berlín con las palabras. Enard se convierte en un paseante de la melancolía, cuya erudición exige tu resuello un paso siempre por detrás de él. La literatura para Enard es frontera de algo que fue y Berlín es pertinaz en su melancolía. Berlín tiene el rostro de Marilyn Monroe. La literatura tiene el rostro de la pérdida en Marilyn Monroe. Impresiona la capacidad de creación que tiene Enard para ir enlazando en forma de cascada temas y temas. Recorrer Berlín a finales de otoño es caminar por el asedio a Stalingrado. Sebald, mencionado en contadas ocasiones, es el acompañante fiel por las páginas de este libro, lo cual me anima a leer sus ensayos recién publicados. De Sebald saltaremos a la hipnosis y de esta disolución del yo llegaremos a la melancolía. Berlín, por muy moderno y futurista que sea ahora, son ruinas. Del mismo modo que ese aforismo afirma que no existirá poesía tras Auschwitz, tampoco gozo tras el bombardeo y destrucción de Berlín.
Sorprende el ejercicio metamórfico que gesta Enard en “Norte”, primer volumen de “Melancolía de los confines”, porque donde en un principio conversa consigo mismo -aunque, más bien, es con ese lector imaginario- sobre gastronomía, en verdad estamos ante una creación literaria. Donde se cartografía Berlín y creemos que estamos ante un ensayo sobre geografía, volvemos a la literatura. Si nos detalla el origen y armazón de algunos de sus edificios, no estamos ante un tratado arquitectónico, sino literario. Lo mismo sucede con la botánica, medicina o el paisajismo. Si viajamos a la región de Champaña, no hay una intención exclusivamente etílica, sino espiritual. Visitaremos el convento de Claraval. Convento ayer; centro de reclusión nazi después. Y todo se fusiona. Enard se convierte en un ilusionista de la palabra, como lo fue Berlín -otra ilusión- y como lo fue Marilyn -otra- del deseo.
Este caminante que es Enard nos dice en la página 115 que “narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje […], la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó”. Berlín son esos rescoldos. El siglo XX son esas últimas esquirlas de carbón incandescente y Enard nos hace de cicerone por un Berlín frío y huraño, pero que huele aún a cenizas y a calcinación.
Hemos hablado de Sebald, pero este deambular también tiene algo de mito. Es odiseico. Tanto Joyce como Enard convierten el desplazamiento físico en una forma de pensamiento. Mathias Enard utiliza las calles de Berlín como una red de túneles que comunican épocas, geografías y tradiciones culturales distintas. Si Dublin es un microcosmos del mundo, Berlín es un cruce de caminos de la cultura europea y de sus fantasmas históricos. Si pasear por Berlín se convierte en una epopeya moderna, Enard convierte Berlín en una elegía cultural europea. Aquello que no cabe en el mapa es este libro. Enard abandona su disfraz de paseante para identificarse con la figura de lector. Las calles, los edificios y esquinas son, según la mirada, vidas, lenguas, libros… Afortunadamente este texto es el primero de una futura tetralogía cardinal. ¿Viajaremos al sur en el próximo?
Ammiro molto Mathias Enard e ho amato tanto “Bussola”, “Zona” e “Il banchetto annuale della confraternita dei becchini”. Questo libro è qualcosa di diverso, programmaticamente sebaldiano nel modus operandi e nell’andamento, sempre molto colto e interessante, ma meno imprevedibile degli altri. Comunque una buona lettura.
DNF — c’était une tentative pour moi, échec total: je pense que le format n’est vraiment pas fait pour moi, on apprend plein de choses en suivant le fil des pensées de l’auteur, mais j’ai surtout l’impression d’une série d’anecdotes ou de récits historiques qui ne me passionnent vraiment pas.
Credo che di Enard potrei anche leggere un libro di ricette. Se poi scrive di viaggio prendendo sotto braccio Sebald come nume tutelare io soccombo, mi arrendo, mi faccio portare dove vuole.
In questo libro di una quadrilogia che esplorerà i punti cardinali (e io, innamorato dei libri che intrecciano storia, storie e geografia sono già fregato) partiamo da Berlino, avendo come Bussola di questa Zona di mondo un dolore, un inverno, una attesa. Passano sullo sfondo le storie personali di Enard, vere o immaginate che siano, squarci della grande storia, pezzi di città, scrittori contemporanei e passati, artisti, piccoli artigiani pure più di una digestione. Con quello stile inconfondibile che è sempre assieme altissimo e rasoterra, semplice e complesso.
Se smettessi di ordinare la libreria per casa editrice, questo finirebbe tra il Mediterraneo di Matvejevic e Gli Anelli di Saturno del già citato. A fianco, malinconico e depresso, il povero Tesson, appena letto, che a fianco di questo fa la figura di un esercizio di un corso di scrittura creativa per adolescenti ingrifati e casalinghe incattivite, con il suo esotismo da rivista di terz'ordine.
Após o romance "Déserter" (uma experiência no domínio da ficção mais convencional, na minha opinião, pouco conseguida), Enard volta a um registo que lhe é mais característico: o das deambulações e divagações eruditas. Infelizmente sem grande sucesso. Em termos gerais, o livro (não me atrevo a considerá-lo um romance) é bastante desequilibrado; talvez ressentindo-se do facto ser uma compilação de textos dispersos com poucas conexões entre si, tem partes que são francamente interessantes (a primeira, por exemplo sobre a batalha de Estalingrado) e outras que, na minha perspectiva, carecem de interesse maior e são manifestações quase absurdas de erudição (lamentavelmente a maioria das restantes...). Além disso é notória a ausência de um verdadeiro fio condutor. O que de parecido existe é muito esbatido e claramente incapaz de dar a necessária coerência à narrativa. Trata-se indubitavelmente de um texto muito pessoal e fiquei surpreendido ao deparar com algumas manifestas ingenuidades de Enard e com insuspeitadas posições maximalistas da sua parte. Uma curiosidade: embora o livro esteja focado nas vivências do A. no norte da Europa (esqueçamos as derivações pelas culturas persa e árabe) termina em Lisboa com Enard a atravessar o Tejo para ir a Cacilhas na esteira de Antonio Tabucchi e sob os os auspícios de Fernando Pessoa para "eventualmente" poder encontrar-se com o poeta espanhol josé Manuel Fajardo que aqui vive
J’ai adoré Mélancolie des confins. Je découvre Mathias Enard avec ce titre, le premier de quatre volumes dédiés aux lieux de sa vie. Pour ceux qui aiment les livres ville, déjà, ça fonctionne. Et pour ceux qui connaissent et aiment Berlin, c’est une mine d’or. Savant, Enard décortique la ville, les hôpitaux désaffectés, Tempelhof, les châteaux d’eau, les rues et les rades ou s’engouffre le vent, en livrant un récit d’amitié très intime.
« Tout récit est une affaire de mouvement, de frontière et de mouvement. D’amour aussi. Combien de fois a-t-on écrit : « déchiré par le chagrin, il laissa derrière lui celle qu’il aimait, et s’en alla par les chemins. » De toutes les raisons pour débuter un voyage, la fin d’un amour, l’épuisement d’une passion sont peut être les plus puissantes. »
Un livre vraiment original, très érudit, une écriture raffinée. On part avec l'auteur dans une promenade littéraire ou plus largement culturelle, au gré de son humeur souvent ténébreuse durant un automne berlinois dans cette ville où je garde tellement de souvenirs.
Essere uno dei migliori autori europei dei nostri giorni ti mette nella condizione di doverti riconfermare, di continuare, libro dopo libro, a produrre storie di alta qualità. Énard, da oltre vent’anni, esplorando le varie forme del romanzo si è conquistato una posizione di privilegio nella partita delle grandi eccellenze. Ma ora qualcosa è cambiato.
Con «Malinconia dei confini» (Edizioni E/O) torna Mathias Énard con un progetto ambizioso: quattro libri dedicati al concetto di confine, di frontiera, di limite. Una tetralogia con l’intento di seguire il connubio tra letteratura e vita, attraversando i quattro punti cardinali della nostra contemporaneità.
Per Énard la letteratura è – da sempre – sinonimo di presente, per lui che con il suo ultimo «Disertare» aveva nuovamente dato sfogo al suo carattere ibrido, guardando al rinnovato clima di guerra e al suo rapporto con il nostro sguardo. Sia un romanzo ad ambientazione mediorientale, una storia di viaggio smaccatamente russa, un testo in cui la poesia entra e ci racconta di emozioni e sentimenti di grandi uomini del passato, Énard non si è mai fossilizzato sulla forma. Mai però avevo imboccato la strada di uno dei generi d’eccellenza del panorama francese: l’autofiction.
Si parte dal Nord, da un autunno berlinese, lo si fa con una malinconia già annunciata dal titolo e dal luogo. Quella Germania definita come il paese dei racconti crudeli e delle insidie della notte, lo sfondo ideale per inserire una prima voce narrante grazie alla quale interrogarsi sul concetto di cancellazione. Nei prossimi anni seguiranno un’estate nella penisola iberica (Sud), una primavera tutta balcanica (Est), fino ad avvicinarci al temibile inverno americano (Ovest) che continua a indirizzare l’assetto geopolitico.
Il racconto vede Mathias recarsi in un ospedale fuori dalle porte di Berlino, la città divisiva per antonomasia, quella dell’ex-muro, quella rappresentativa di un’Europa spaccata. Una delle sue più care amiche è ricoverata e le condizioni sono molto preoccupanti. Il viaggio è lineare, spoglio: dall’ospedale – andata e ritorno – fino alla città, verso una libreria, con tanto di pausetta alcolica per aiutare la flânerie, la passeggiata della tradizione francese atta a perdersi per riscoprire, per afferrare la meraviglia che ci circonda. Siamo però in una città particolare, avvolti da ricordi d’amicizia e sinistre sensazioni, immersi nella pioggia e in quel complesso romanticismo tedesco tutto da analizzare. Come i soldati tedeschi siamo condannati a passare senza lasciare il segno, l’oblio e la sparizione sembrano i primi antagonisti e “solo la letteratura, nel suo caleidoscopio di possibili, può considerarli per quello che sono, dei corpi scomparsi, delle figure mostruose, dei legami perduti con il passato”.