DOCE AÑOS. UN VESTUARIO VACÍO. UNA BOFETADA EN LA CARA.
El vestuario del colegio estaba helado. El rostro de Will ardió con el impacto, rojo de vergüenza, pero no retrocedió ni un milímetro. Se limpió la comisura de la boca, miró a los ojos al chico que lo odiaba y soltó la promesa más fría que un niño de doce años podría
—Si me vuelves a tocar, juro que acabo contigo.
Will creció, se convirtió en la élite, el tipo intocable del hockey. Eric creció, se convirtió en el problema, el tipo que juega sucio.
Creyeron que se había acabado. No había acabado.
Ahora, en la pista profesional, la única regla es la violencia. Eric volvió más grande, más rápido y con una mirada hambrienta que dice que no ha olvidado nada. Will siente su armadura perfecta agrietarse.
Cada impacto en el vidrio es personal. Cada mirada dura demasiado tiempo. Lo que era odio se volvió una obsesión sucia, eléctrica y peligrosa.
WILL JURÓ QUE ERIC NUNCA MÁS LO TOCARÍA. ¿PERO QUÉ PASA CUANDO EN LO ÚNICO QUE CONSIGUE PENSAR ES EN ROMPER SU PROPIA REGLA? 🔥🔥🔥