Resulta que una persona intento venderme, en algún momento, que un tipo que habla de caca viene a salvar la literatura nacional.Bueno, que se yo. Si un libro como "El fiord" me parece espantoso y creo que buenos escritores como Perlongher no pueden controlar la escatología y la crueldad en sus cuentos y poco me interesan los movimientos intestinales de nadie...por qué me va a gustar esto?
No me extraña en absoluto que sean los hombres (ja) quienes se aferran a Fárres en busqueda de un hijo díscolo al cual venerar. Las prácticas homosexuales (de palabra, por favor) en los mundillos literarios locales son moneda corriente. Como no van a caer rendidos ante un tipo que te cuenta como dilatarte correctamente una y otra vez?
Lo más curioso es lo siguiente, el link a la prosa de Bolaño que me prometieron. La gente esta mal. El libro de Farrés: también
Las novelas de Farrés parecen ser corolarios gore de teoremas narrativos sobre los límites del lenguaje. O bien el lenguaje se expande hasta reemplazar al mundo, o bien se contrae hasta subsumirse en el mundo. Este movimiento tiene infinitas propiedades. El Reglamento es una variante de expansión, algo así como una institucionalización del poder del lenguaje. Como todo poder, su lógica interna es de expansión ilimitada. Cualquier regulación tiende a ser una regulación con aspiración universal. Todo reglamento opera según una lógica voraz que aspira a ser la mente divina. La forma que da forma al mundo, que lo crea, lo contiene. Es anal retentivo en jerga freudiana. Porque es puro límite artificial. Es algo forzado, perverso. Es tan exigente que no puede sostenerse en el tiempo, su colapso es necesario. Por ser un dispositivo de voluntad suprahistórica resulta que no resiste su condición histórica. La desborda. Es estructuralmente inviable. Las ilusiones expansivas tienden a tomar la forma de reglas. La literatura está incluida, aunque combine reglas internas con reglas externas. El lenguaje expansivo en algún momento busca ser un reglamento del mundo. Pero la materia del mundo no puede moldearse por su exuberancia, su desmesura sobrehumana, su lujuria ilimitada. La soberbia de la variante expansiva colapsa por fatiga en contracción masiva del lenguaje. Entonces el lenguaje se vuelve irrelevante, antigramatical, violencia vacía, realidad definitiva sin mediación humana. Lo humano se disuelve en el mundo. Este movimiento también parece ser anal, pero la dicotomía de retención o expulsión desaparece en la contracción. Todo desaparece. Queda sólo el mundo sin lenguaje que es ajeno a lo humano. La exploración filosófica de Farrés en esta ocasión es una meditación sobre lo posible. En expansión todo es posible, se puede regular todo de infinitas maneras posibles. El conjunto de los posibles reglamentos con los que se quiera dar forma al mundo es infinito. Aparece la dimensión política, el poder vuelve a mostrarse en cameos intermitentes. Pero es un poder ilusorio porque la materia del mundo sólo simula forma. En Farrés no la tiene. El caos del mundo hace que cualquier reglamento sea espurio. Una crueldad idiota. Todo es posible, pero espurio. Por el otro polo, la retracción de la ficción regulatoria hace que nada sea posible. Sin representación el mundo se vuelve absoluto, imperturbable, inalcanzable. Ni la muerte es muerte, ni la vida es vida. El gore de lo imposible. Todos mueren, pero nadie muere, a la vez nadie está vivo. Lo humano se disuelve cuando no hay mediación. O todo se vuelve posible por ilusorio, o todo se vuelve imposible por inaccesible. O el reglamento impera hasta que el poder todo lo aplaste, o el reglamento desaparece hasta dejar un horror definitivo en la textura de una realidad abominable. Proyección o refracción. El Reglamento explora los caminos del fiord, del frasquito, del maldito perverso, del horror universal. Es literatura que estudia sus límites desde adentro. Son límites que operan en toda literatura, aunque no se vean. Lo raro farriano es acercarse a esos bordes. El reglamento es esquizo y escato, coprófago y caníbal, giallo y slasher, bluff y snuff, morbo y porno, suicida y barroco, thrash y trash. Va todavía más allá de lo errie, de lo unheimlich, porque el horror del doble es sólo una fase del horror, quizás la inicial. El horror en El Reglamento es final. La carga narrativa está en estofas infernales, no tanto en el estilo, aunque por momentos modula ritmos hipnóticos. Algunas geometrías de Georgie. Hay cruces estéticos eclécticos peripatéticos. Hay momentos indolentes por gerundiosos y momentos inspirados por parodiados. Hay fugaces Borges, abundantes Lamborghinis, caóticos aires de la más sedosa narrativa contemporánea. Es teorema porque asume axiomas y reglas para derivar tautologías. Importan las propiedades asociadas, sus corolarios, dendritas formales de estructuras infernales. El horror paso a paso. La fatalidad opera en cada frase. Por eso hay anticipación. Porque la narración está obligada a cumplir reglas internas. Pero no fluye el tiempo farriano, todo es simultáneo. La narración se vuelve imposible porque exige devenir. Es bucle formal que se anula en el retorno. Así está enunciado, como una respuesta a un encargo. Una respuesta que dice que la respuesta es imposible. El Reglamento es su propio reglamento.