Hay lugares donde amor y dinero comparten el mismo perfume.
Dicen que en Isan nacen las mujeres más bellas de Tailandia, pero también las más mentirosas. Tal vez la belleza lleve consigo una condena. Es el tipo de lugar donde las almas nacen viejas.
La vida de la joven Nana da un vuelco el día que su padre muere en la quema ritual de rastrojos que, todos los años, tiñe de humo los cielos. En este paisaje casi místico, donde la purga y el renacimiento son inseparables, se decide quién va a ser.
A los dieciséis años, Nana hace lo que muchas otras chicas de abandona la aldea y pone rumbo a Bangkok, esa metáfora de la modernidad apocalíptica, un lugar donde los neones ahogan las estrellas y las calles transpiran desesperanza.
En Soi Cowboy, uno de los mayores centros del vicio de Asia, Nana se adentra en un universo donde la dignidad es un lujo inalcanzable y las miserias humanas se despliegan con brutal sinceridad. En este entorno, su vida se cruza con la de personajes hombres rotos, mujeres endurecidas, mendigos generosos, ladyboys desencantadas, traficantes de sueños baratos. Nana, sin embargo, no es una víctima; es una superviviente.
Cuando un embarazo inesperado pone fin a su carrera, la vida de Nana toma un giro aún más descarnado. La maternidad, lejos de ser una redención, la sumerge en la incertidumbre, en la lucha casi animal por una supervivencia que ya no es sólo suya.
Es un empresario, escritor y viajero español, conocido por haber dado la vuelta al mundo en moto y haber protagonizado proyectos que conjugan el viaje de aventura y la acción social.
«Dios no entra a Soi Cow-boy, se queda en la acera tocando una balada».
Esta es la historia de Nana, desde su tierna infancia en los campos de Isan, hasta su supervivencia en las letales calles de Bangkok. Una historia cruda y bella, triste y hermosa.
Ha sido un verdadero placer acompañarla en este viaje, aprender de los Ecos y las luciérnagas, de los silencios y los pequeños gestos, de una cultura que, en pequeños detalles, casi puedo ver reflejada en la mía propia; la Cara, la Ambición... El momento desgarrador del autobús alejándose con los desesperados gritos de Krarok y su nombre acompañándole en los primeros momentos antes de empezar a perderse para siempre.
Te muestra momentos muy duros, que me hacían querer cerrar el libro un rato y volver cuando estuviera preparada. Y, aun así, me veía incapaz de apartarme: seguía atrapada en la vida de Nana, observando muda entre las sombras, sintiendo el calor de las calles de neón y aprendiendo poco a poco con ella.
Empecé este libro con muchas ganas. Me cae muy bien Fabián C. Barrio, sigo sus vídeos desde hace tiempo y creo que tiene una capacidad extraordinaria para comunicar. Siempre me ha parecido una persona culta, con una gran facilidad de palabra y con una curiosidad intelectual poco común. Además, sabía por alguna entrevista que esta novela era un proyecto especialmente importante para él, una apuesta narrativa que le hacía mucha ilusión sacar adelante. Por eso me acerqué a ella con bastante predisposición a que me gustara.
De entrada, el punto de partida ya me generaba ciertas dudas. Me costaba imaginar que alguien con una mirada tan marcadamente occidental y tan moldeada por unos referentes culturales europeos pudiera meterse con naturalidad en la voz de una prostituta de origen rural en Tailandia. Aun así, decidí concederle el beneficio de la duda y dejar que el libro me convenciera por sí solo.
No lo consiguió.
Mi principal problema es que la novela me resulta profundamente impostada. Hay un abuso constante de recursos líricos, de repeticiones, de metáforas y de imágenes que parecen reclamar una trascendencia que rara vez terminan alcanzando. En ocasiones introduce palabras deliberadamente crudas, como «coño» o «follar», como si el contraste por sí mismo generara una fuerza poética especial, pero en mi caso el efecto es el contrario: me resulta artificioso y, a ratos, incluso un poco adolescente.
También me cuesta creer casi todas las relaciones personales que construye la novela. No termino de creerme a Nana, ni su evolución, ni muchos de los vínculos que establece con quienes la rodean. La sucesión de personajes y situaciones, la amante española, el amante judío, el episodio de la pistola, acaba transmitiéndome una sensación de inverosimilitud constante. Quizá todo esté inspirado en hechos reales, no lo sé, pero mientras leía nunca conseguí suspender la incredulidad.
Da la impresión de querer dialogar con cierta tradición de novelas como El amante de Marguerite Duras, pero el resultado, al menos para mí, es fallido. Más bien me ha parecido un texto muy consciente de sí mismo, muy pendiente de sonar literario, y precisamente por eso menos convincente.
Sintiéndolo mucho, porque realmente quería que me gustara y porque aprecio a su autor, para mí el libro suspende.
La historia de La balada de Soi Cowboy es tan antigua como la de la humanidad: nada nuevo, ni siquiera el enfoque es original. Tantas de estas, troyanas, medievales, decimonónicas, de Corín Tellado, de serial turco o venezolano y así hasta aquellas memorias de geishas, que tantas novelas y películas inspiraron. La que nos ocupa es una más de lo mismo. El tema es el putaísmo y el bucle eterno: las razones por las que una mujer cae en él y las inercias sociales y personales que no le permiten salir de él; en este caso, como en todos, la ambición, las molicies y los engaños del lujo, el dinero, las drogas; la falta de personalidad básicamente. Lo de siempre. Pero no hay que engañarse: nadie es inocente, cada cual es responsable de lo que hace con su vida, y nadie tiene derecho a juzgarlo, tampoco a contemplarlo desde el morbo obsceno, síntoma siempre de desvío o enfermedad, porque peca la puta y el putero, pero sobre todo —es el caso que nos ocupa— el merodeador pornográfico.
· Biografías graves, tantas como mujeres. Épocas, todos los tiempos; escenarios, el globo entero. Esta nos lleva a Bangkok, Tailandia, un destino turístico, como Venecia o París, pero ilustre como Cuba por el exotismo de su putiferio nacional. Vale. De estos cimientos viejos, Fabián C. Barrio nos narra con esmero cirujánico el curriculum profesional/vital de Nana, una muchacha de personalidad plana que no destaca por nada; no tiene, por no tener, ni diálogos ni opinión, tampoco rabia o conformidad. Entonces, se preguntará usted, a qué el lanzamiento mundial, la publicidad obsesiva, las excelentes críticas y las calificaciones sobresalientes. Y yo no le sé responder; o tal vez sí, pero se lo evito.
· Le diré, sin embargo, que la lectura de esto me ha aburrido sobremanera. Que el estilo de Barrios es tan artificioso como vacuo: contrasta cierto gusto fraseológico y casi poético con obscenidades y groserías que persiguen, más que impacto, un escándalo fácil que, a estas alturas, resulta un ardid muy ingenuo y, sí, aún efectivo. El artificio se monta en un presente riguroso y haciendo uso directo de la segunda persona. La voz narradora se posiciona en el pedestal altivo del "yo" omnisciente y, desde esa altura, recalcar a un "tú" muy pacato circunstancias de sobra conocidas. El decurso de la trama es tremendamente, abusivamente, descriptivo. Descripciones interminables, detalles exhaustivos adornados de metáforas e imágenes más chocantes que ingeniosas y casi siempre forzadas. A esto me refiero con artificioso: a una manera de escribir manierista con total desprecio por la profundidad o la psicología de los personajes en general y de la protagonista en particular, como dije, una muchacha de una pobreza emocional descomunal que, a pesar de tanta vida, no evoluciona.
Que vaya por delante que soy muy fan de Fabian C. Barrio, suscriptor fiel de su canal y de sus ensayos. Esto ha sido decisivo a la hora de decidirme a leer su novela más mediática hasta la fecha pero no hasta el punto de nublarme el juicio una vez acabada.
Es una lectura rápida pero difícil, esto novela parece que se huele más que se imagina. Fabian demuestra un desmesurado conocimiento de la cultura Thai y de su icónica Bangkok pero más allá de eso no termino de entender muy bien hacia donde nos ha querido llevar con esta historia. Los primeros capítulos atrapan, la historia de Nana una pueblerina de campos de arroz que se ve abocada a la prostitución en la gran ciudad. Una historia 1000 veces repetida, que hasta en nuestra memoria occidental parece cercana por tópica. Recorremos las calles de la mano de Nana, descubriendo las maravillas y miserias que la esperan pero a partir de mitad de la novela las cosas se tuercen, aparece el esoterismo, la religión, lo sobrenatural, algo así como un realismo mágico oriental que en mi opinión no le sienta nada bien y es lo que termina por sacarme de la historia y lo que hace que termine el libro preguntándome que he leído y porqué.
La prosa de Fabian alcanza buenos niveles y su descriptiva al principio es poderosa pero luego se torna recurrente y demasiado adjetivada, vuelve al recurso del olor una y otra vez, tanto que hastía. Te gustará si te atrae conocer Bangkok desde otro prisma, el mundo de los prostitutas tailandesas y las reencarnaciones, sino puedes prescindir fácilmente de él.
No desistiré de volver a leer a Fabián en este formato más narrativo pero en este escenario he visto su escritura forzada y demasiado edulcorada, poco natural a lo que nos tiene acostumbrado en sus diatribas sobre filósofos o sobre el estado del mundo.
Me esperaba algo mejor habiendo leído los otros libros de Fabián, por eso me ha decepcionado. Como lectura ligera para leer en la playa no está mal, pero como novela que se tiene para matar el tiempo, y que no importa si se tiene que dejar para hacer otra cosa.
La historia me ha parecido predecible, y el recurso de los "ecos" una forma facilona de introducir el fondo de personajes. Además, que siento que no encaja meter elementos "fantásticos" en una novela que quitando eso es realista.
Por otro lado, las expresiones de temas sexuales las he encontrado zafias y repetitivas. Quizás fuera la intención, pero parece que lo hubiera escrito alguien que no tuviera más recursos literarios. Se pueden decir las mismas cosas de otras formas.
No me arrepiento de haberla comprado, ya que es entretenida como lectura ligera, pero nada más.