Después de un almuerzo, el protagonista de esta historia, un joven escritor, ve por primera vez una película del cineasta surcoreano Hong Sang-soo. Lo que en principio podría parecer un hecho insignificante va a convertirse en un hito clave en su vida: no dejará nunca de ver cada una de estas películas mínimas y melancólicas con un extraño fanatismo en el que le cuesta reconocerse porque, insólitamente, suele aburrirse frente a la pantalla. A medida que el tiempo pasa, un singular paralelismo se va construyendo entre ambos: Hong necesita un trabajo que le permita financiar sus películas, nuestro protagonista sueña con un espacio para escribir. Es que el problema siempre es el dinero, repite el narrador. Por eso, en el arte, hay que trabajar con la escasez, el no tener, la brevedad, que se transforman en una estética y una ética. Gonzalo Maier, una de las voces más originales de la literatura chilena contemporánea, indaga sobre el deseo de crear y las frustraciones del camino artístico. ¿Se puede vivir del arte? O, mejor, ¿se puede vivir en el arte? El cine de Hong funciona como un lugar de proyección del deseo del narrador. Alguien que trata continuamente de torcerle la mano a la vida, de colar belleza en lo cotidiano.
"Y todas, más o menos tratan de lo mismo: de cineastas con poca suerte y de amores frustrados. De alguien que llega a una ciudad y busca un lugar. De una borrachera que, si se escarba un poco, esconde una verdad, muchas veces la nada, el vacío absoluto..."
A veces pienso que el cine de Hong Sang-soo se parece menos a una filmografía y más a un diario que alguien ha ido escribiendo sin prisa durante años. No tanto porque cuente siempre lo mismo, sino porque cada película parece una variación mínima de una vida que avanza: encuentros, conversaciones, alcohol, dudas, repeticiones, ausencias y amores. Con el tiempo, su cine se ha ido despojando de todo lo accesorio, como si cada obra fuera una anotación más breve, más íntima, más consciente de sí misma. Tal vez más autobiográfica, o al menos más cerca de esa sensación de estar viendo algo que no pretende ocultar su origen en la experiencia personal.
Leyendo Hong de Gonzalo Maier, esa intuición se vuelve más clara. Pero no porque el libro explique a Hong, sino porque lo acompaña. Maier no escribe tanto sobre su cine como desde su cine, como si hubiera encontrado en esas películas una forma de ordenar su propia vida. El libro también se siente como un diario: fragmentario, cercano, atravesado por recuerdos y pequeñas obsesiones.
Quizás por eso me resulta tan reconocible esa experiencia que describe. Yo también vi casi todas las películas de Hong en casa, en archivos descargados, en pantallas pequeñas, lejos de cualquier sala de cine. Nunca fue un cine accesible, ni programado, ni compartido en comunidad. Más bien algo que ocurría en la intimidad, como un secreto. Y tal vez por eso mismo encajaba tan bien: porque sus películas parecen hechas para ese espacio reducido, para esa atención dispersa pero constante, para ese modo casi doméstico de mirar.
Ser “una chica de provincias” también significa eso: que el acceso al cine no siempre pasa por salas, festivales o estrenos, sino por búsquedas, descargas, encuentros azarosos. Y en ese contexto, el cine de Hong no pierde, sino que gana algo. Se vuelve más cercano, más cotidiano, casi como si uno también estuviera escribiendo —sin saberlo— su propio diario al verlo.
Lo que hace Maier es intentar tomar esa experiencia y devolverla y transformarla a breves retazos de su . vida Su libro no es solo sobre Hong, sino sobre lo que pasa cuando una obra se instala en la vida de alguien y empieza a dialogar con ella y en esto me he sentido muy identificada porque a mí también me acompaña Hong desde sus inicios, primero con una película al año y ahora haciendo casi tres del tirón rizando el rizo de llevar su obra a la esencia. Hay algo muy honesto en ese gesto: no intentar analizar desde fuera, sino dejar que las películas se filtren en la memoria, en las rutinas, en la forma de mirar el mundo.
Y sin embargo, quizá por eso mismo, me ha sabido a poco este relato de Maier. Como si esa cercanía, esa afinidad tan bien captada, se quedara en la superficie de algo que podría haberse estirado más, arriesgado más, profundizado más, me deja la sensación de que podría haber ido un poco más lejos, pero decide quedarse en ese lugar cómodo, reconocible, casi suspendido.
Al final, tanto el cine de Hong como el libro de Maier parecen moverse en ese mismo territorio: el de las pequeñas variaciones de lo cotidiano, el de las repeticiones que nunca son idénticas, el de una vida que se escribe —y se reescribe— a través de imágenes y palabras. Todo en forma de diario, casi lo que pretende también este blog.
Y creando asociaciones, este texto de Maier me ha recordado a otro muy parecido, Suite for Barbara Loden de Nathalie Léger; y a la experiencia que supone mezclar tu experiencia vital con ciertas películas que forman parte de tu propia vida. También hay una cita aquí que me ha llevado a Leica Format de Dasa Drndic, porque en el cine de Hong el espacio físico es importante y porque Maier con esta cita me lo ha recordado...
"Alguien de viaje, lejos de casa Un callejón. Ojos efervescentes de tanto soju. Vergüenza ajena. Esquinas, un montón de esquinas, demasiadas esquinas: por ahí aparecen y desaparecen los personajes. Se encuentran y deciden algo. Todos se van, pero la ciudad y sus esquinas se quedan donde mismo, esperando que vuelvan ellos u otros."
A partir de su fanatismo por Hong San Soo, Maier construye un paralelismo entre la poética del cineasta, su forma de enfrentarse a la creación, y la literatura. El narrador predica -casi podría decirse así-, con mucho mimo, las bondades de vivir no para, no por, sino en el arte: la belleza de la repetición, lo lindo del error, la alegría de la improvisación fuera de toda lógica industrial. En palabras de Elías Siminiani, otro cineasta, el placer de guiarse por la estética de lo disponible.
En el desarrollo del texto asistimos a varias repeticiones, muy tiernas, el recuerdo de un enamoramiento -tal vez propiciado por el mismísimo Hong-, varios apuntes finísimos sobre la academia, la precariedad del escritor contemporáneo o la amistad.
En definitiva, un libro inteligentísimo, consciente de dónde se enmarca y un auténtico salvavidas para aquellos que disfrutamos lo menor casi como un gesto punk: 84 paginitas.