En los cuentos que conforman El blues del fin del mundo, libro aparecido tras un silencio literario de seis años, Keret crea sus habituales realidades que discurren al margen de la nuestra, en las que incluso situaciones que parecerían existir únicamente en su prodigiosa imaginación, nos permiten empatizar plenamente con los dilemas humanos y situaciones que enfrentan sus personajes, con quienes experimentamos una profunda intimidad, como si los conociéramos de toda la vida. Así sucede con la chica a quien su pareja le regala, por sus cincuenta años, un asteroide con su nombre, sólo para descubrir que pronto impactará contra la Tierra; o con una novedosa tecnología para viajar en el tiempo, cuya principal ventaja es, en realidad, que ofrece a quienes la utilizan la posibilidad de adelgazar hasta el grado de permitirle a alguno caminar sobre el agua; o con un anciano que se propone reencarnar para poder estar de nuevo con su compañera de toda la vida, que al parecer tan sólo lo consigue como una furibunda ardilla, empeñada en impedir las nuevas nupcias de su antigua amada
Los cuentos de Keret tienen preocupaciones por las relaciones que establecemos entre nosotros a partir de la mediación tecnológica, de nuestras disfunciones emocionales y de subjetividades a veces poco empáticas para confrontarnos. En “El blues del fin del mundo” su acidez y su ironía no es menor y no ceja en señalar la incapacidad que poseemos por resolver nuestros conflictos con la complejidad que ello conlleva. Es divertido leer a un autor cuya trayectoria se caracteriza por visitar diferentes géneros como lo fantástico, la ciencia ficción y el naturalismo abrevando de actuales temas de interés en relación a la IA o a la simulación virtual. Es un escritor ejemplar al que hay que ponerle atención.
Relatos de ciencia ficción y humor que entretienen, divierten. Quizás te hagan reflexionar un poco en torno a cómo la tecnología puede afectarnos como seres humanos. Todo con una buena pisca de humor negro.
Un autor que reniega del sionismo no así de su tradición judía, que se plasma en sus relatos y quizás los tiempos no nos permiten hacer la mejor distinción posible. Pero al menos podrás pasar un momento agradable con sus cuentos y relatos.
Advertencia que escribe de temas bien al borde de poder afectar la sensibilidad de algunas y algunos, como el cuento sobre un femicidio.
Mas puedes hacerte tu propia idea como lectora o lector.
Etgar KERET vuelve a demostrar, en "El blues del fin del mundo por qué es uno de los grandes maestros del relato breve contemporáneo. Sus cuentos parten de situaciones absurdas, disparatadas o francamente inverosímiles, pero casi siempre desembocan en algo profundamente humano: la soledad, el desconcierto, la fragilidad de los vínculos, la tristeza que se esconde detrás del humor. KERET tiene un talento rarísimo para hacer que uno sonría y, casi en la misma frase, sienta un pequeño golpe en el pecho.
Como en otros libros suyos, aquí conviven la imaginación desbordada, el humor negro y una melancolía muy particular. Me gustaron especialmente “Un mundo sin palos de selfi”, “Punto de no retorno”, “Autocorrección”, “Perro por perro” y “Oso polar”, cuentos en los que se aprecia muy bien esa capacidad suya de convertir una premisa extravagante en una historia con resonancia emocional. KERET nunca parece esforzarse por “decir algo importante” y, sin embargo, lo logra con una naturalidad admirable.
Lo que más disfruto de su literatura es justamente eso: no pontifica, no explica de más, no busca solemnidad. Sus relatos son breves, ágiles y extraños, pero dejan ecos. En pocas páginas puede crear un mundo torcido, tierno, inquietante y muy reconocible. El blues del fin del mundo no decepciona: es otro muy buen libro de un autor que parece entender, como pocos, la lógica absurda de la vida moderna.
Maridaje musical Álbum: Ajarayt Jayamim (Después de los Días) Artista: Apocalypse Tipo de maridaje: Apocalipsis cotidiano, absurdo y procedencia cultural Por qué: El título del álbum y el nombre del grupo sugieren un mundo contemplado tras su derrumbe, pero desde una sensibilidad israelí cercana al territorio cultural de Keret. Como en sus relatos, presenta el fin no necesariamente como una explosión monumental, sino como una condición cotidiana en la que lo extraño, lo melancólico y lo absurdo aprenden a convivir.