Todo empieza con una deportación. Al Baldor, que vive desde hace años en el Otro Lado, lo expulsan al limbo de los sin papeles por un enmarañado y absurdo conflicto burocrático. Obligado a enfrentarse al Origen que abandonó, regresa al lugar donde nació y atraviesa, junto a tres migrantes indocumentados, los espacios devastados del desierto y de la Sierra Madre. Tras la muerte del Genízaro, uno de sus compañeros de viaje, el grupo se extravía en un laberinto de pueblos con nombres extranjeros, mientras lucha por no sucumbir al desarraigo y a la desaparición.
En El paisaje es un grito, la tercera novela de Eduardo Ruiz Sosa, convergen la migración, los fantasmas del pasado y del futuro, la identidad que se tambalea y los paisajes arrasados por la violencia y la ambición. Por sus páginas transitan fábricas en la frontera, cementerios, ruinas, minas devastadas por empresas extractivas, territorios marcados por el narcotráfico y el trabajo precario, así como la historia delirante de un hombre que intentó fundar veintitrés ciudades llamadas París. Una novela desbordante que explora las tentativas de recomponer lo que queda de nosotros tras los derrumbes de lo colectivo y lo íntimo.
Esta novela es prácticamente imposible de reseñar, la terminé hace varios días y sigo dándole vueltas. Encarna casi perfectamente lo que más busco al escoger mis lecturas, y también incluye aspectos que pueden cansarme cuando una obra se vuelve demasiado abstracta.
La primera parte me ha atrapado por completo, creo que la leí en un par de días, es un torrente narrativo intenso, te hace entrar en su mundo de imaginación simbólica y a la vez realista con una voz muy original que construye una estructura propia para una historia que vive en la narración, es muy orgánica, se unen lo político, lo emocional y lo simbólico con el paisaje y la memoria.
Los cuatro amigos en su huida hacia adelante "querían seguir adelante porque uno cree que allá lejos hay más, que se puede ser diferente, que algo por dentro le cambia al cuerpo o al ánima en lo distante, que nadie va a reconocernos el pasado…, pero sabiendo que habiéndose ido ya no importa tanto el hasta dónde, “...a veces, cuando uno se va del Origen tiene que aceptar que nunca va a llegar a ningún lugar, que todo es puro tránsito...", y ya no podrán formar parte ni del origen ni del destino, "...ya nomás la certeza de que, al irse del Origen, uno siempre siente que está donde no debe...”, siendo imposible seguir siendo la misma persona que se fue, cada opción de camino genera un futuro distinto, y nunca se sigue siendo el mismo, el camino de uno a otro lado te moldea, “las cosas vivas no se están quietas, Baldor, y lo que yo recuerdo ya dejó de ser y existe un futuro, en mi pasado, donde nunca estuve, ¿entiendes?”, y el muerto hablando a través de los recuerdos del vivo, y ellos tratando de encontrar su origen para enterrarlo, para darle un final en su inicio, que a su vez es inicio de la novela, …”y no son lo mismo, vato, pero quítale tú esa entraña de que hay una memoria que se esconde, de que la historia debe tener cuerpo cuando ya ninguna otra cosa se sostiene, Baldor, no resucita completo lo que regresa”.
La segunda mitad parece más nítida, con más cohesión narrativa, personajes concretos y pasajes reconocibles, sin embargo me ha gustado menos, se diluye el desconcierto inicial en una acumulación simbólica que corre el riesgo de parecer más conceptual que emocional, me ha sacado un poco de la inmersión inicial. Es una novela colectiva, de conciencia compartida, hay una dimensión casi teatral, como una red de voces, muy clara ya en la segunda parte, como un mosaico de testimonios, ecos y réplicas más allá del sentido individual de cada personaje, se crea una atmósfera emocional de persistencia del trauma, "pura corrosión, se endurecen los elementos aquí, a ras de suelo todo, uno no sabe si pisa una tumba o nomás la superficie, se camina con los pies apretados, como para que no le entre a uno nada por ahí..."
El estilo es totalmente coherente con la voz propia y la lógica interna de la novela, fronteriza entre pieza dramática, novela coral, testimonios, con un lenguaje poético, fracturado y obsesivo a modo de eco y reverberaciones que reconstruyen la memoria. De lirismo áspero, repleto de imágenes bellas e incómodas, y con un ritmo hipnótico, a veces alucinatorio, mas siempre coherente con la propia historia en sus temáticas de migración, territorio, camino, memoria, lenguaje, herida propia e histórica… El valor de cada persona por sí misma y la ausencia de ese valor cuando deja de formar parte de la historia oficial.
Esa mezcla de lirismo y novela coral, de violencia y ruptura sintáctica, hace que la narración tenga una voz verdaderamente propia al servicio de la historia, “es más fácil de entender la vida cuando hay un cuento”. Y eso es lo que más destacaría, su autenticidad expresiva real, su densidad simbólica hacia las personas migrantes en un camino que vuelve siempre a comenzar, y su mirada personal y original integrada en la textura del lenguaje. Es una obra viva, arriesgada, singular, con alma.
“ …Lo vivo no se cultiva, no se repite ni se replica lo vivo, … ... ...y la gente que se marchaba a otra vida se quedó pensando, pero sin decirlo en voz alta por no invocar lo que no existe, Ni un grito de los animales; ... … ......su mente apenas viene llegando al lugar de donde siempre se fue.... … ...antes de las palabras hay una realidad y después de las palabras es otra la que llega traída... … ...hay gente que aprende a querer sin decir ni una palabra, o borrándolas todas para que el mundo vuelva a empezar”
La réplica como única certeza. El paisaje es un grito exige que la crítica cambie de instrumento: en lugar de explicar, hay que habitar. Eduardo Ruiz Sosa construye una novela-forma que convierte la réplica en ontología y la burocracia en violencia estética.
El paisaje es un grito es, ante todo, un problema de lectura. No en sentido peyorativo: el libro de Eduardo Ruiz Sosa funciona por osmosis, no por comprensión. Quien intente seguir la historia antes de rendirse al ritmo encontrará el texto impenetrable. Quien se deje llevar por la prosa sin puntuación, por la acumulación de nombres sin anclaje geográfico estable, por la marea de una sintaxis que no describe el desarraigo sino que lo encarna, descubrirá que el libro lo habita en lugar de que él habita el libro.
La novela arranca con una deportación. Al Baldor, que llevaba años en el Otro Lado —en Estados Unidos, el nombre nunca se dice—, lo expulsan por un error burocrático: su acta de nacimiento tiene tres años equivocados. Regresa a Sinaloa con dos compañeros y el cadáver del Genízaro en la cajuela del Valiant. Eso es todo el argumento que hay, y es suficiente para construir un sistema narrativo de una complejidad extraordinaria.
El principio que gobierna ese sistema es la réplica: Belfast, París, Praga, Luxemburgo son nombres de pueblos del desierto sinaloense. El cementerio de Culiacán contiene réplicas del Taj Mahal, del Partenón, de las Torres Gemelas, construidas por un artífice que termina siendo prestanombre del narco —las tumbas estaban vacías, los muertos pobres habían sido desalojados. El documento de nacimiento con los años equivocados es la réplica defectuosa de una identidad que nunca pudo ser exacta. El propio Baldor lleva el nombre de un poeta real: la ficción es réplica de la persona. Ruiz Sosa revela en las Anotaciones finales que los nueve títulos de los capítulos —todos entre corchetes, todos citas— proceden de La Celestina. No es un ornamento: es una declaración estructural. Como en Rojas, no hay narrador central; cada voz porta su propio mundo y avanza sin síntesis posible hacia una pregunta que ninguna puede responder sola: ¿existe todavía? La pregunta es geográfica, burocrática, amorosa y metafísica al mismo tiempo.
El capítulo más sorprendente organiza el enterramiento y desenterramiento del Genízaro en un pueblo llamado Providence según las fases del proceso de momificación faraónico: [IBU] / [CANOPOS] / [NATRÓN] / [LINO, ASERRÍN, PERFUMES] / [ESCARABEO]. El trabajador de maquiladora sin registro civil recibe la liturgia reservada a los faraones. Si la burocracia niega la existencia al que no tiene documento, la narrativa le concede la única liturgia que trasciende el documento.
El libro cierra con la figura del padre del Baldor —también llamado Elías— pescador lisiado que perdió el mar y terminó cuidando pulpos en las albercas de una fábrica abandonada. Su caminada falsa, la que lo delata ante todos como alguien que ya no está donde nació, es la coreografía exacta de toda la novela. Y la última frase antes del verso de Gonzalo Rojas es «Ni un grito de los animales» —silencio al final de un libro llamado El paisaje es un grito. Esa contradicción no se resuelve. Se habita.
No es un libro fácil de amar. Exige demasiado para el afecto fácil. Pero es un libro que, una vez habitado, resulta difícil abandonar del todo.
*Ejemplar recibido cortesía de la editorial Candaya para análisis crítico independiente.
Lo que me encanta de leer a Eduardo Ruiz Sosa es que cada libro suyo parece el mismo. Hay algo en su forma de narrar, en su poética, que hace que todas sus historias encapsulen un universo común. Y sin embargo aunque cada libro explore las mismas ideas —la migración, el peso de las ausencias, los márgenes— siempre lo hace mirándolas con otra luz. Una vez más, me ha encantado.
Recién comenzada (quién sabe por cuánto) mi era runner, y pese a mi falta de costumbre y técnica, en un par de ocasiones me he sentido alcanzando esa especie de trance en el que el cuerpo continúa avanzando, ajeno al impulso racional de detener el paso. No me ha gustado tener que recurrir al mismo piloto automático para poder concluir el libro, pero seguramente no me habría sido posible de otro modo.
Aunque deslumbrante por momentos, es desde luego, una lectura exigente. Y, como cada vez que regreso, falto de aliento, de una carrera, no termino de decidir si mereció el esfuerzo.