Los poemas y los dibujos de La voz de las Cosas gritan ausencia. Cada frase y cada trazo son caminos que reclaman o evocan la presencia de quien no está. Los objetos, tercos en su permanencia, sobreviven a las manos que los habitaron y guardan en silencio una memoria que no les pertenece del todo. Y solo queda lo que fue, diluyéndose lentamente en el territorio frágil del recuerdo.