Charles Rainier, el heredero de una rica estirpe industrial al que daban por muerto en la Gran Guerra, se despierta bajo la lluvia en un banco de un parque de Liverpool sin ningún recuerdo desde que, tres años atrás, perdió la consciencia en el barro de las trincheras. A partir de ese momento, Charles tendrá que aprender a convivir con esa laguna en la memoria que cuestiona su propia historia e identidad mientras busca su lugar en un mundo que parece abocado a una nueva guerra mundial.
Publicada en 1941 y adaptada con gran éxito al cine, Los caminos del azar sigue los pasos de un hombre sin pasado que, no obstante, reconoce el eco del horror hacia el que se vuelve a precipitar la Inglaterra de entreguerras. Con una prosa elegante, sensible, envolvente y adictiva, Hilton explora en esta joya olvidada de la literatura, la resistencia del amor y la identidad contra el tiempo, el recuerdo y las adversidades.
James Hilton was an English novelist and screenwriter. He is best remembered for his novels Lost Horizon, Goodbye, Mr. Chips and Random Harvest, as well as co-writing screenplays for the films Camille (1936) and Mrs. Miniver (1942), the latter earning him an Academy Award.
«Los caminos del azar» es la historia de una pausa entre dos guerras mundiales, donde un Gatsby amnésico busca la identidad perdida en los paraderos desconocidos de su propia memoria.
La novela arranca en un tren hacia Londres el día del Armisticio, con el silencio incómodo entre dos personas que se escrutan, se tantean y acaban congraciándose gracias a un café derramado. «¿Sabe si hay un lago entre dos picos, un lago bastante pequeño?» le pregunta Charles Rainier a nuestro narrador, pero la respuesta no es un punto geográfico entre la maleza del bosque, sino un periodo de tiempo olvidado tras recibir un obús en las trincheras de la Gran Guerra.
Al igual que el Jay Gatsby de Fitzgerald, Charles Rainier es un caballero inglés rico, apuesto, agudo, algo bohemio y parco en modales, aunque siempre seductor. Desde su mansión en Stourton observa impertérrito cómo Margaret, su devota mujer, organiza fiestas burguesas para cumplir con las convenciones sociales, mientras su mirada recae en la luz verde al otro extremo del muelle: ¿qué ocurrió durante los tres años que separan el proyectil de aquel banco de Liverpool donde despierta?
La amnesia no solo es una nube gris en un cielo azul, sino que configura toda la estructura de la novela en cinco actos. Jugando entre pasado y presente, el lector se mimetiza y parapeta bajo la mirada de Harrison, un joven aspirante a escritor que, tras el breve encuentro en el tren, es contratado como secretario personal de Charles para ayudarle a purgar sus lagunas mentales. De esta forma, James Hilton toma la decisión más brillante de la novela: elegir un narrador cercano, discreto y curioso que ayuda a dosificar el misterio, pero que al mismo tiempo proporciona la empatía suficiente para que el lector también sienta esa quemazón en la cabeza, esa aguja que, página a página y conversación a conversación, se va introduciendo en la espina dorsal impidiéndole dormir a pierna suelta.
La identidad, como refugio moral frente a la barbarie, es el gran tema del libro. La gente es quien no dice ser, sí, pero también lo que no recuerda haber sido. Los tres años en blanco no le impiden a Charles consolidarse como el jerarca piadoso, intelectual y sofisticado que se espera que sea, aunque él solo aspira a comprender su pasado para controlar un presente que deviene negro. Porque en esta Inglaterra de entreguerras el futuro es sangre, la historia es cíclica y el horror tenderá a repetirse por mucho que se levante la voz en conversaciones de sobremesa. El ambiente prebélico impregna cada hoja del presente, pero cuando se retratan los horrores del pasado, estos resultan palpables y directos, y sus consecuencias llegan hasta el 1 de septiembre de 1939, día en que estalla la Segunda Guerra Mundial y finaliza el libro. Identidad e historia, historia e identidad se revuelcan, se conjugan, se relacionan, se interpelan, estableciendo un diálogo entre lo más pequeño e íntimo del individuo y la grandilocuencia colectiva que implica el levantamiento de las naciones en armas.
Gracias a su compleja estructura, la prosa de Hilton fluye directa y concisa, como un hilo de agua por un cauce narrativo predeterminado. Los espacios en blanco de su esqueleto le permiten divagar sobre las grandes cuestiones vitales —amor, culpabilidad, azar, justicia y pecado— sin caer en los excesos del melodrama. La ironía británica, ácida en su sensibilidad, vertebra el relato en busca de imágenes pictóricas, ecos entre las elipsis temporales que resuenen a lo largo de sus páginas. La lluvia sobre el periódico, parroquias abandonadas, el humo de un tren o compañías de teatro itinerantes conforman un retrato de la identidad que, por arquitectura y obsesiones, podría haber firmado Paul Auster. Y, sin embargo, por ambientación y estilo, remite inevitablemente a Charles Dickens, de quien hereda las tramas de orígenes inciertos y unos personajes con el vicio y la virtud a flor de piel.
Si en literatura el tiempo imparte justicia, «Los caminos del azar» será recordado como un clásico ahora que Trotalibros Editorial nos ha citado como testigos. Accesible, atemporal, emocionante, con una prosa ligera que nos envuelve en el misterio, pero siempre avanza hacia su resolución. Una resolución que cierra el círculo de ecos con una elegancia tan pura y sorprendente que obliga a releer toda la novela desde el principio con otros ojos. Cuando la nube gris desaparece y el cielo recupera su azul, entre dos picos emerge la figura de Charles, flotando en un pequeño lago, con un cigarrillo encendido en la mano. Nunca un abrazo había transmitido tanta fragilidad y ternura como el de dos identidades que, tras décadas de silencio y espera bajo el yugo de la amnesia, al fin se reconocen. Es un final sublime porque encuentra belleza en la tristeza del sacrificio, aunque su felicidad nazca en los albores del eterno retorno al horror de una nueva guerra. La obra termina, la pausa acaba y, mientras Charles recuerda, el lector sonríe al cerrar un clásico.