«Después de eso me di cuenta de que ya no había más razón para ser blando. Las balas son demasiado buenas para los bosquimanos. Una vez, después de que los bosquimanos mataran a un pastor de rebaños, los granjeros atraparon a uno vivo, lo ataron a una fogata y lo asaron. Hasta lo rociaron con su propia grasa. Después se lo ofrecieron a los hotentotes.»
¿Hubo alguien en Sudáfrica, en 1974, que al leer la opera prima de un tal J.M. Coetzee entreviera o sospechara lo que en los años por venir sería una de las obras literarias más lúcidas y originales que el mundo ha podido apreciar? Seguramente no, sólo divago.
Sin embargo, fuese en Johannesburgo en 1974 y sin saber nada de él, o en México en 2009 luego de conocer toda su obra, aquel que se haya acercado a Tierras de poniente habrá podido sentir con claridad los ejes principales sobre los que se desarrollaría la narrativa posterior de Coetzee: la soberbia del poder y la inconmensurable desgracia humana que de forma inevitable acarrea.
Para ser honestos, más que la prosa escueta, libre de adornos que el autor sudafricano ha ido cultivando (no sé si «perfeccionando») a últimos tiempos, yo en lo particular prefiero al primer Coetzee, el de En medio de ninguna parte, Esperando a los bárbaros y La edad de hierro, que se ocupaba todavía de la música y la poesía de sus escritos tanto como de la concisión, y que, contrario a lo que pudiera parecer, en modo alguno servía para atenuar los horrores que sus historias mostraban.
Aquí, en Tierras de poniente, aún hay anhelos de poeta. En las dos historias independientes de que está conformada la novela, se le da tanta importancia al ritmo como al contenido, esas «superficialidades líricas» de que el autor se deshará en el futuro aquí todavía se muestran con orgullo, te mecen, te acompañan, realzan la riqueza de lo narrado y hasta el mero placer de la lectura.
No sé si me estaré contradiciendo, dado que en otras ocasiones he alabado la capacidad de Coetzee para decirlo todo en muy pocas palabras, pero es que, ¿es necesariamente mejor un escrito escueto (como Hombre lento) que En medio de ninguna parte, la más «musical» de las obras de Coetzee?
Supongo que, independientemente del tema o trama de cada una, ambas tienen su valor intrínseco. En realidad, creo que a lo que me refería entonces con capacidad de concisión, no es un escrito libre de poesía sino lo opuesto a la sobreabundancia, tal y como ocurre (en ocasiones) en Carlos Fuentes o Umberto Eco, quienes sin llegar a ser malos escritores, sí llegan a acumular una enorme cantidad de paja en algunas de sus novelas.
En fin.
En el primer relato, "El proyecto Vietnam", el tema es sin duda la culpa, la forma en que un ser humano común y corriente pierde la razón al sumergirse en las entrañas de la guerra, cómo su psique se quiebra al darse cuenta de las atrocidades que ella misma ha ayudado a perpetrar, y que además, supongo, era una abierta crítica a la por entonces (1974) todavía activa campaña estadounidense en Vietnam.
En el segundo, "La narración de Jacobus Coetzee", la perspectiva cambia radicalmente. No es ya el arrepentimiento o remordimiento sino la soberbia, el orgullo y hasta inconsciencia de la crueldad en su más cruda expresión. Para el Hombre Blanco, sea bóer o británico, sólo existen sus prerrogativas y derechos, mismos que le fueron otorgados por Dios y gracias a los cuales no tienen porqué responder ante nadie de sus actos y en cambio puede juzgarlos a todos. La respuesta de los nativos a los abusos de los colonos son para éstos nada más que muestra fehaciente de su salvajismo, ingratitud y hasta carencia de alma, sin darse cuenta siquiera de la cruel inhumanidad con que ellos mismos se comportan.
Como en ninguna otra de sus novelas, en ésta Coetzee lo narra todo desde el mismo corazón del mal, no son las víctimas sino los victimarios quienes se hacen oír. El mal destruye al primero enloqueciéndolo, mientras que al otro lo reafirma y da justificación a su existencia.