Los trece relatos que componen Todo queda en familia, primer libro de cuentos de Alberto de Belaunde, revelan una mirada obsesionada con traspasar las múltiples capas y contradicciones de las relaciones humanas. Con el humor como principal herramienta, pero también desde la oralidad y la omisión sugerente, el autor teje un puñado de historias sembradas de emociones violentas y frustraciones encubiertas donde la familia se revela como espacio capaz de ofrecer refugio, lugar de fractura y, al mismo tiempo, conjunto abierto a composiciones plurales. Lo familiar sostiene así la trama de este universo, equilibrado sobre una premisa: que toda familia es, en el fondo, una original colección de freaks.
He tenido la suerte de conocer estos textos desde su primera versión, mucho antes de que el libro existiera como tal. Ahora tengo la suerte de poder leerlos, reunidos y en una cuidada edición. De ellos, puedo decir que merecen ser leídos, que le deparan muchas sorpresas a sus lectores y que, además, por ser los primeros, anuncian una obra construida con la paciencia y la lucidez de quien ha venido a quedarse. Del autor, porque lo conozco, puedo decir que es vargasllosiano por su incansable disciplina, ribeyriano por su atención a los desamparados y bryceano por su oralidad desbordante. ¿Exagero? Léanlo y me cuentan.
Cuando uno conoce la voz del autor, se ve tentado a considerarla como regla para medir su obra, a buscarla en las frases, a olfatearla entre las líneas, y desde allí construir una crítica. Pero si algo me gustó de estas historias es cómo De Belaunde ha logrado imprimir tan bien a cada protagonista de una voz redonda, propia e irrepetible. Hay una profundidad en cada una de sus historias perceptible en todo lo que ha dejado de contarse, y es ese el verdadero reto del cuento corto que el autor ha largamente superado.
Esa hondura ocurre, además, en premisas tan lejanas entre sí como podrían estar un misterio estilo Oates de una casi crónica Lemebeliana. Y, en todo ese espectro, el autor se mueve con absoluta soltura, utilizando referencias propias pero sin forzarlas.
Es evidente también el pulido y repulido casi obsesivo del autor en cada cuento. Mis historias favoritas, sin ningún orden en particular: Madán Grimelda, La Reina del Atlantis, La Casa de la Familia Wagner.
Dicho lo realmente saltante y positivo de la obra, ya me permito volver con calma al enunciado con el que empezaba esta reseña para desarrollarlo por el mero gusto de hacerlo. Hay un marco temporal desde el que se cuentan todas las historias: transversal al texto hay referencias temporales (marcarias, anecdotarias, fórmulas verbales) que apuntan a una adultez en los noventas -ajena a Alberto que es millenial raspando- como punto de enunciación por defecto, incluso cuando la historia no se circunscribe a esa temporalidad. En ese desfase generacional navegado con tanta naturalidad reside la firma palpable del Autor.
Breves relatos que desde la inocencia infantil o el desconcierto juvenil esconden la extrañeza (casi) permanente frente a nuestra propia familia. Buen primer libro.