«Desde pequeño aprendí a asociar el frío con la carne, la carne con lo que estaba escondido».
Despiece es una inmersión en la memoria de Vicente, un hombre que fue violado durante años por su profesor de Educación Física cuando era un niño. El agresor fue condenado a casi doscientos años de cárcel por delitos de violencia sexual contra otros alumnos del centro. Entre ellos no estaba é Vicente tardó más de dos décadas en compartir su experiencia. Para entonces el delito había prescrito.
Narrada en primera persona, Despiece ahonda en el recuerdo de aquella época en la Valencia de comienzos de los noventa desde el punto de vista de Vicentí la relación con sus padres carniceros y con su hermana mayor, la vida en el colegio con sus compañeros y profesores, la búsqueda de afecto, el despertar del deseo, la vergüenza y el miedo.
Pero revisitar el pasado es también una forma de reescribir el presente. Vicente, ya adulto, al fin se atreve a buscar respuestas. ¿Cómo respondió el sistema judicial? ¿Qué responsabilidad tuvo el colegio? ¿Es posible que alguien supiera lo que estaba ocurriendo? En medio de la exploración de la memoria, un ¿cómo se sobrevive a una carnicería?
«Con una prosa poética y descarnada, Vicente Ferrer no solo escribe sobre la herida que destrozó su infancia y la de sus compañeros de colegio, sino también sobre la tensión entre la vergüenza y la justicia, la complejidad de la memoria, las paradojas del tiempo. Una novela corta, pero de largo aliento, que tras la lectura se te queda reverberando en las entrañas» (Jorge Carrión)
«A Vicente Ferrer no le tiembla el pulso. Escribe como quien despieza el es capaz de transformar la herida abierta en literatura» (Belén López Peiró)
Un debut literario que construye una historia donde la memoria y los espejos nos ayudan a descubrir un pasado cargado de oscuridad.
La auto-ficción se utiliza como herramienta vehicular de un hecho traumático pero no se recrea en el dolor; sino que trata de entender todo lo que lo rodea.
Bellas metáforas y juegos literarios nos acompañan por la vida del protagonista, que está atravesada por la carne (que se pudre, se elige y se despieza) y a partir de saltos temporales entendemos qué ha sucedido y cómo eso ha marcado su forma de ver el mundo.
La voz narrativa es observadora, paciente, nos construye atmósferas de infancia con esa nostalgia y encanto; también emplea la crudeza cuando es necesaria y contrasta muy bien con la perversión de la adultez.
En definitiva, un ejercicio de valentía y exploración de la identidad desde una narrativa que no se detiene y que permite sanar las heridas de un alma —a pesar de todo— todavía llena de esperanza y belleza.
Un libro muy valiente, tan duro que me ha costado terminarlo, tan duro que no entiendo cómo ha podido ser escrito. Ojalá llegue a mucha gente, la sociedad esté más atenta, y no vuelvan a escribirse jamás historias como estas.
«Entendieron que aquello que creemos nuestro puede desaparecer en cualquier momento».
A pesar de ser una persona que tiende a boicotear su propio bienestar (¡ya no tanto!), quizás por la extraña manía de creer que no merezco tanta suerte, a menudo llego a la conclusión de que, en efecto, he tenido y tengo mucha suerte. Una familia que me apoya, un novio que me cuida, unas amistades que me protegen, un trabajo que no odio. Soy consciente (casi) siempre, por supuesto lo soy, pero, en días como estos, cuando leo una historia como la de Vicente Ferrer, me convenzo incluso más.
Esta historia de tragedia, basada en hechos reales, es, por encima de todas las cosas, conmovedora. No por los hechos, que ya serían suficiente motivo, sino por la forma en que se cuenta. La sutileza, los pequeños detalles, está presente en todo el texto. En uno de este tipo, cabría esperar toda clase de gritos, de exaltaciones; cabría hacerlo porque es lo normal. Sin embargo, el autor, años después de lo ocurrido, se enfrenta a él con cierta distancia —toda la que es posible siendo víctima— y aparece, repito, la sutileza.
La sutileza para hacer analogías entre la matanza de un cerdo y las consecuencias de una violación. Para contar la desgracia con todo flujo de detalles y, no obstante, no rozar lo explicito. La sutileza para hablar de los hombres, no las mujeres, y su poder. Para acusar, señalar, condenar, quién sabe qué más, y, no obstante, no alzar el hacha de guerra. La sutileza para llevar a quien lee en un viaje en el tiempo y, en el camino, sanar.
«Despiece» está escrito como se escriben los libros que siempre me atrapan: con un hilo conductor del que tirar y tirar y tirar y tirar hasta llegar al final —en la vida real, la historia sigue—. Entre el comienzo y el cierre, toda clase de emociones. El amor de unos padres que lo hacen lo mejor que pueden. La maldad de un profesor que daña a quien debe cuidar. La confusión de un niño que no entiende el mundo que lo rodea. La protección de una hermana que mueve cielo y tierra. Toda clase de emociones.
Por eso, cuando llega el final, porque debe llegar, se tiene la sensación de que algo se ha perdido. El qué, no lo sé. Preguntas, muchas. ¿Cómo separarse de la historia, que no es ficción? ¿Cómo hacer borrón y cuenta nueva, preparando el terreno para la próxima lectura? ¿Qué escribir sobre el libro justo después de leer unos agradecimientos que ponen la piel de gallina —primera vez que me ocurre—? Sin respuestas, cierro, convencido de que no importa todo lo que piense. No haré, no habrá, justicia.
Tengo el olor a sangre fresca todavía adherido a las fosas nasales; cierro los ojos y veo animales colgando bocabajo de un gancho, a un niño delgado y muerto de miedo en el centro de la sala de despiece.
No sé por dónde comenzar; tengo demasiado que decir y, sin embargo, las palabras no me quieren salir del cuerpo. Tenía unas enormes expectativas con esta obra desde que se anunció; suelo confiar mucho en las apuestas de Dos Bigotes y, la verdad, nunca me decepcionan. Esta vez tampoco ha sido el caso. El debut de Vicente Ferrer es de un impacto brutal, inolvidable y de esos que vaticinan una prolífica producción. Tengo que volver a tragar saliva. Desde que lo terminé no he dejado de pensar en todo lo que rodea a esta historia. Soy docente, llevo más de ocho años trabajando con niños y niñas, he visto y he oído de todo, desde un lado y desde el otro, casos parecidos que me han tocado de cerca, otros que casi me han rozado, indicios que un día percibes, que se te meten en la cabeza, la horrible sensación de no saber cómo actuar. Puede que me lo haya llevado a lo personal, que me haya afectado la historia porque he acogido al pequeño Vicente de esta autoficción como mi propio alumno, uno al que he fallado.
Algo de lo que siempre disfruto cuando cojo una obra nueva y decido leerla, es de la sorpresa, de que me venzan las expectativas. Tras leer la sinopsis esperaba una obra muy visceral, muy traumática, ligeramente oscura, un relato cargado de dolor, de culpa, de fragilidad, de odio. No es que eso no esté presente, puede que sí, pero Vicente lo engalana con una prosa llena de dulzura, de esperanza, de supervivencia, de resiliencia. El dolor y el trauma, no desaparecen, pero se humanizan, se apegan a una infancia que, pese a ello, no dejó de existir.
Aunque no está estructurada de esta forma, creo que la novela tiene tres grandes bloques, más allá de la división temporal entre el presente y el pasado, entre la adultez y la niñez. Creo que el relato comienza, pese a poner en relieve el mediatico caso de abusos, con un tono muy blanco, muy dulce, en el que se presenta a Vicente desde un punto de vista muy costumbrista, muy cercano a lo bucólico, donde la inocencia pueril, las relaciones familiares, el contexto social y cultural de la costa valenciana, y las cuestiones de clases están muy presentes y se plasman en el papel como un nítido recuerdo de niñez, como la plasmación a trazos de los recuerdos de esa etapa vital, sin máculas. Pese a ello, hay un detalle muy inteligente por parte del autor, pues es aquí cuando comienza a emplear esa conexión entre la carne como alimento y la carne como deseo; lo hace de una forma muy sibilina, con la propia maduración hormonal de un preadolescente, con el contexto desenfadado de las infancias y adolescencias premilenials, y empelando referencias tanto de la cultura popular, como del día a día, que crean una preciosa intimidad familiar, un espacio seguro que parece querer poner un velo sobre los ojos que no permite al lector vaticinar lo cruel del relato que está por venir.
Luego hay una especie de interludio, una segunda parte, tal vez la más intrincada, en la que el discurso empieza a manejar ciertas sombras, donde Ferrer vuelve a demostrar su elegancia a la hora de mostrar sin mostrar; escenas tan bien manejadas que te dejan con el aliento contenido, un telón que no termina de caer y que sirve como preludio para un final impactante. Es aquí donde vemos como la infancia del protagonista comienza a agrietarse, donde el discurso parece envejecer, hacerse adulto de repente, donde los párrafos se tensan y, aunque no terminan de borrar la dulzura y la inocencia inicial, las recubren con un manto tétrico, perverso. No sé si es culpa de mi sugestión, pero he percibido en algunos pasajes, llamadas de atención, de auxilio del protagonista, movimientos tímidos que pedían atención, una cuerda de huida. Vicentín es un niño inteligente, que sabe de sobre lo que está pasando, que entiende y no entiende lo que pasa, pero que, aunque el discurso muestre una prosa pausada y segura, lleva consigo todo el miedo de un niño que, por mucho que su voz salga de la mano de su yo adulto, no deja de serlo en ningún momento.
El final de esta historia llega un momento en el que se acelera, en el que es un balón tirado por un barranco de salientes afilados. La figura del abusador se hace aquí gigantesca, aparece con la firmeza de un titán y la confianza propia de un depravado que cree tenerlo todo bajo control. Es aquí donde he tenido que pausar varias veces la lectura; escenas que no podía leer, que me sorprende que estén escritas con esa crudeza, sin dejar nada a la imaginación, con una entereza y una visceralidad absoluta. Tanto es así que me he llegado a sentir ¨cómplice" de lo que estaba ocurriendo en ese gimnasio, como si no debiera haber visto (o leído) lo que había ocurrido. No logró entender de dónde ha sacado Ferrer la entereza para escribir este final sin dejarse llevar por la rabia, por el dolor, por el deseo natural y merecido de venganza. Casi parecía que el relato se iba a quedar en un "juego para la imaginación", pero cuando han llegado esas escenas, casi hubiera preferido no tener que leerlas. Aunque ahora agradezco haberlo hecho. El silencio ni cura, ni salva, ni repara, ni ofrece justicia. El sadismo estructural siempre presente.
"Despiece" es una novela que es imposible que te deje indiferente, un debut que parece la obra final a toda una vida, una autoficción llevada al extremo, que Ferrer resuelve con maestría, con pedagogía y con un profundo valor sentimental, emocional y evocativo. No me gustaría, pues creo que no lo merece, que el mensaje fuese que estamos ante una novela dura, para un público muy específico, no apta para lectores sensible, pues no lo es. Por encima de una historia que es difícil aceptar y digerir, frente a esa ominosa realidad, hay un mensaje realmente bello, un regalo, una caricia atemporal entre los espejos que reflejan a una misma persona en diferentes etapas de su vida. Un relato de salvación, de regeneración, de justicia, que pone en relieve una de las grandes lacras del sistema educativo español (algo que parece propio de otro tiempo, pero que sorprendería a muchos por su oscura realidad y latente actualidad), pero que también dignifica a la infancia obrera, a las relaciones familiares (que no siempre tienen que ser turbulentas y aciagas), a la nostalgia y a la aceptación del daño. Pd: para los que nos gusta encontrarle un equiparable, tiene tintes de La Mala Educación de Almodóvar.
Reseña: Despiece, de Vicente Ferrer Abordar una obra como Despiece exige, ante todo, un profundo respeto. Estamos ante el testimonio de una experiencia de abuso infantil; una realidad durísima que Vicente Ferrer decide transformar en novela. Y es precisamente en lo literario lo que no me ha convencido a mí (y lo único que reseñaré)
Me parece que la novela tiene una ligereza que no hace justicia a lo que narra. Una parte inicial con buen ritmo, pero sin nada que le haga brillar en el mar de novelas contemporáneas. Hay buenos momentos pero están diluidos.
Cuando el libro entra en lo que se lee en la contraportada, lo hace al principio con cuidado y sensibilidad. Una frase es suficiente para disparar todo el terror de la situación. Pero entonces ocurre lo que temía: una escena que se alarga demasiadas líneas y que deja con muy mal cuerpo, obligándome a cerrar el libro. No pude evitar preguntarme: “¿Era necesario? ¿Cuál era el propósito?”.
Cuando continué, la novela se pliega rápidamente y, casi sin darte cuenta, ya estás en los agradecimientos. Me he quedado con ganas de mucho más: de ver cómo crece ese niño, cómo le afecta el trauma en sus relaciones personales o cómo fue el proceso del juicio para la familia, por poner algunos ejemplos.
Aunque valoro mucho la valentía de Vicente Ferrer al poner su historia sobre el papel, en mi opinión, como novela me ha dejado una sensación de falta de sustancia que desmerece a lo necesario del testimonio. Lo siento.
Con una prosa cuidadísima y poética, Vicente consigue narrar la memoria de una infancia marcada por los abusos que sufrieron tanto él como otros compañeros a manos del profesor de gimnasia de un colegio muy prestigioso de Valencia en los años 90. La infancia, la violencia, el deseo, la homofobia, la familia; todo mezclado en el cuerpo de un niño indefenso que solo quiere sobrevivir. Esta novela es reabrir una herida de la que siempre huyó, para reencontrarse con ese niño abandonado pero querido, y abrazarlo. ¿Cómo se sobrevive a una carnicería? No tengo ni idea Vicente, solo sé que hay personas como tú que consiguen hacerlo escribiendo algo muy pero que muy bonito.
Consigue narrar algo muy duro de una manera sutil, la voz narrativa es nostalgica pero cruda. Mientras leia la novela habia algo que se me quedaba pegado, y creo que es la empatia que Vicente logra activar al leer esta historia. Aún procesando todo lo que cuenta sin contar.