Una obra estimulante, inspirada en el arte de la magia, para afinar la mirada, cultivar la atención plena y redescubrir el asombro en la era de la distracción.
¿Y si el problema no fuera la falta de tiempo sino la forma de mirar?
Todos nacemos con sentido del asombro, pero la rutina y la prisa lo adormecen. Poco a poco la alegría se apaga, la curiosidad se encoge y el deseo de conectar con los demás se va diluyendo. El arte de la magia, con su virtud para revelar lo invisible, es una herramienta extraordinaria para reavivar esa capacidad, pues nos enseña a abrir bien los ojos y a detenernos en lo esencial.
Mariano Torrente —directivo, conferenciante e ilusionista— comparte una idea tan sencilla como en la elección diaria de cómo nos posicionamos y miramos la realidad se encuentra la diferencia entre vivir a medias o vivir de verdad.
Con un recorrido ágil que mezcla filosofía, ciencia y psicología, y a través de historias sorprendentes extraídas de ámbitos tan distintos como el artístico, el deportivo, el empresarial y, por supuesto, el del ilusionismo, este libro te ayuda a recuperar la atención y la curiosidad que todos llevamos dentro.
«Impactante y muy ú te recuerda que el asombro también se aprende, se entrena y transforma la manera de vivir y trabajar».
Terminé este libro con una sensación agridulce: por un lado, hay ideas que me parecen muy valiosas, por otro, el enfoque no termina de convencerme del todo.
El libro propone recuperar la capacidad de asombro y volver a fijarnos en todo eso que la rutina acaba haciendo invisible. Los gestos, las casualidades, esos momentos cotidianos que pasamos por alto sin darnos cuenta. También me gusta la reivindicación de la curiosidad y esa idea de que a veces algo puede simplemente sorprendernos y obligarnos a mirar de nuevo. En ese sentido, la magia me parece un punto de partida original y funciona muy bien como metáfora.
Entiendo que no es un libro de sociología ni pretende explicar por qué vivimos como vivimos sino ayudarnos a sacar más partido a la vida con aquello sobre lo que sí podemos actuar. Aun así, el libro tiene un tono de psicología positiva que no va conmigo. Habla de distracción, de falta de atención, de aprender del fracaso o de mantener el foco y a veces da la sensación de que demasiadas cosas terminan reduciéndose a una cuestión de actitud personal. Esa insistencia en buscar la solución en nosotros mismos hay momentos en los que me parece que simplifica demasiado las cosas.
Eso se nota especialmente en algunos de los referentes que elige: Bill Gates, Warren Buffett o Elon Musk aparecen como ejemplos de concentración, perseverancia o capacidad para aprender del fracaso. Me cuesta sacar lecciones universales de trayectorias tan excepcionales cuando apenas se tiene en cuenta de dónde partían. No porque el libro tenga que ponerse a analizar todo eso sino porque si cuentas el éxito solo a partir de decisiones y virtudes personales corres el riesgo de convertir el privilegio en mérito y dejar las circunstancias como decorado.
En cualquier caso, hay ideas sobre la atención, la curiosidad, la magia y el asombro que me han gustado bastante. Quizá donde más he conectado con el libro ha sido en esa invitación a salir un poco del piloto automático y volver a mirar con más atención lo que ya tenemos delante.