Bruno Guerrero, un joven marginado, asediado por la muerte desde niño, descubre las artes marciales y de la mano de estas, sumadas a su inteligencia y sagacidad, se forja un camino en el mundo del hampa. Como resultado de sus acciones termina en la cárcel, donde conoce un hombre brillante y terrible que se convierte en su maestro y protector. Juntos conducirán a los lectores en un viaje trepidante por los bajos fondos de nuestro continente.
Así que acepté mi destino sin quejas de ninguna clase. Era una confrontación, una guerra de largo aliento, y yo quería saber hasta dónde llegaría antes de que me pegaran un tiro en la nuca.
Escritor colombiano nacido en Bogotá en 1964, Mario Mendoza es uno de los autores latinoamericanos más influyentes de la actualidad.
Tras licenciarse en Letras, graduarse en Literatura Hispanoamericana y trabajar como pedagogo, Mendoza decidió iniciar su carrera literaria a partir de 1980, combinando la escritura con la docencia en literatura y la colaboración con diversos medios culturales.
Su primera novela, La ciudad de los umbrales, fue publicada en 1992. Tan sólo dos años más tarde fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Colombia por La travesía del vidente. Con otra de sus obras, Satanás, se hizo con el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral en 2002.
También destacan en su obra los libros dedicados al público infantil, en especial la saga El mensajero de Agartha.
Vivimos en una burbuja de privilegio, pero más allá de ella hay una realidad ignorada que no prestamos atención, hay personas que sufren y les toca lidiar con cosas inimaginables. No justifico, pero comprendo. Hay mecánicas y formas de operar que parecen ser la única opción.
Bueno, me considero una seguidora de Mario Mendoza, me gustan los temas que trata y su forma de escribir me hace querer leer sin parar. Este libro me gustó mucho más que sus dos anteriores, es un libro muy real y no se desvía mucho en esoterismo ni fenómenos para normales. Esta es la historia de Bruno, un niño que en medio de la violencia de su infancia termina siendo lo que le tocó ser: un violento. En medio de la violencia está un ser que busca el sentido y el amor, creo que eso es lo que más me gustó del libro, en medio de todo lo que pasa en nuestra vida, nos enamoramos y eso de alguna forma nos da un sentido diferente. En el caso de Bruno ¿qué pasa cuando te quitan de forma violentamente ese amor? Más violencia, más balas. Reflexiono de verdad desde otro punto de vista; si, muchos de los que hoy son violentos, han visto la violencia desde que nacen y un poco terminan en eso porque no han tenido otra opción. Sin embargo, es que hay gente que a pesar de la violencia y de las condiciones tan difíciles en las que viven son buenos y pelean por elegir la amabilidad, la bondad, la reciprocidad. Hoy también recuerdo una frase que dijo Mario en un podcast “deja de pensar que tú sufres, y empieza a decir que en la vida se sufre, y tú no eres el centro de ese sufrimiento”. Que buen libro y reflexión para un desbloqueo lector, como lo son -para mí- casi todos lo de Mario.
Que libro tan maravilloso: tiene cosas oscuras, duras, felices, bellas, etc.
Una historia que marca, que hace que se te quede en la mente el hecho de que nacer en cierto lado te pre-escribe, prácticamente, un destino, lo queramos o no, pero somos nosotros mismos los que lo forjamos. Y me quedo con la frase que el menciona al final, que a veces ser agua significa también ser un vendaval. Que el agua no es solo calma, sino también algo arrollador.
Terminar La hora de los lobos fue una experiencia bastante extraña para mí, porque pocas veces me había pasado algo así con un libro de Mario Mendoza: no conecté con la historia, no conecté con la mayoría de los personajes y, aun así, no podía dejar de leer.
Y creo que esa contradicción resume perfectamente lo que sentí con esta novela.
Antes que cualquier crítica, quiero dejar algo claro: Mario Mendoza me parece uno de los escritores colombianos más talentosos de nuestra literatura contemporánea. Su capacidad narrativa, su manejo del lenguaje, la facilidad con la que conecta ideas, construye atmósferas y hace fluir la lectura siguen pareciéndome admirables. Hay libros suyos que han sido profundamente importantes para mí como lectora, entre ellos Satanás, Cobro de sangre, Aquelarre, Historia de un asesino e incluso La melancolía de los feos, una novela que me hizo llorar muchísimo y que, en medio de toda su tristeza, me hizo feliz mientras la leía.
Por eso mismo esta reseña no nace desde el desprecio hacia el autor, sino desde la decepción de no haber podido conectar con una historia escrita por alguien cuya obra admiro profundamente.
Porque sí: La hora de los lobos está excelentemente escrita.
Mario tiene una prosa hipnótica. Hay algo en su manera de narrar que hace que uno siga leyendo incluso cuando la historia no termina de convencer. Sus escenas de violencia, atentados, robos y asesinatos están construidas con una fuerza impresionante. Como lectora, hubo momentos donde sentí verdadero impacto e incomodidad, sobre todo porque muchas de esas situaciones no se sienten lejanas de la realidad. Y precisamente ahí entendí algo importante: el problema nunca fue la calidad literaria del libro. El problema fue mi desconexión emocional con lo que la novela quería contar.
Mi mayor conflicto estuvo en los personajes.
Sentí que gran parte de ellos vivían desde el resentimiento absoluto, el fanatismo o la exageración emocional. Muchas veces no lograba percibir matices psicológicos reales, sino personajes que convertían una experiencia dolorosa en una razón suficiente para justificar el odio o la violencia extrema.
El ejemplo más claro para mí fue Bruno. Entiendo lo que la novela intenta construir con él: el resentimiento de clase, la humillación, la exclusión social y cómo ciertas heridas pueden deformar a una persona. Pero honestamente, me costó muchísimo creer en la manera tan radical en la que desarrolla ese odio. Que una experiencia como la de los intercolegiados termine convirtiéndose en la base de una guerra personal contra toda una clase social me pareció un salto emocional demasiado extremo. Sentí que el personaje dejaba de sentirse humano para convertirse más en una representación ideológica.
Con Moisés me ocurrió algo parecido. Más que un personaje complejo, terminé viéndolo como una representación del fanatismo religioso llevado al límite: justificar asesinatos y crímenes bajo la idea de estar “combatiendo al demonio”. Y aunque sé que este tipo de fanatismos existen en la vida real, hubo momentos donde la constante manipulación de Dios y de las Escrituras para justificar la violencia me resultó agotadora y grotesca. Esto ya me había incomodado en *Los vagabundos de Dios*, pero aquí lo sentí incluso más fuerte.
El caso de Zafiro fue quizá el que más frustración me produjo. Hubo un momento donde realmente me interesó como personaje: cuando expresó su rechazo hacia los negocios de su padre y explicó por qué quería alejarse de ese mundo. Ahí sentí pensamiento crítico, humanidad y posibilidad de evolución. Sin embargo, después de una experiencia traumática con un hombre que se sobrepasa con ella, el personaje termina regresando nuevamente al círculo criminal. Y aunque entiendo el trauma detrás de esa decisión, sentí que la novela destruyó demasiado rápido cualquier posibilidad de crecimiento diferente para ella.
Y creo que ahí entendí por qué nunca logré conectar emocionalmente con la historia: sentí que la mayoría de los personajes eran incapaces de procesar el dolor de una manera que no terminara desembocando en odio, fanatismo o violencia.
Todo era extremo.
Todos eran víctimas. Todos estaban resentidos. Todos parecían justificar sus actos desde sus heridas personales.
Y después de cierto punto, la novela empezó a cansarme emocionalmente.
Creo que lo que más me gusta de Mario Mendoza es precisamente cuando explora la introspección, la melancolía, la depresión, la soledad, lo existencial o incluso lo paranormal. Ahí sus personajes suelen sentirse profundamente humanos, incluso cuando están rotos. En libros como La melancolía de los feos, por ejemplo, hay tristeza, pero también sensibilidad. Hay dolor, pero también alma.
En La hora de los lobos sentí algo distinto: una novela dominada por la radicalización, el terrorismo, la maquinaria criminal y el resentimiento social. Y aunque reconozco el enorme trabajo narrativo detrás de eso, simplemente no es el tipo de historia con el que logro conectar emocionalmente.
La única muerte que realmente me dolió fue la de Salomé. Creo que fue el único personaje por el que sentí un cariño genuino. En medio de tanta oscuridad, todavía conservaba cierta dulzura y humanidad. En cambio, cuando ocurrió la muerte de Zafiro, incluso estando embarazada, me sorprendió mi propia reacción: no sentí tristeza. Ya estaba completamente desconectada emocionalmente de las decisiones y consecuencias de esos personajes. Más que tragedia, sentí inevitabilidad.
Y quizás eso es lo más extraño de este libro: terminé admirándolo más de lo que lo disfruté.
Porque aunque la historia no fue para mí, aunque los personajes me agotaron y aunque nunca logré empatizar realmente con ellos, no puedo negar algo: Mario Mendoza escribe de una manera espectacular. Su prosa sigue siendo poderosa, inteligente y absorbente. Y justamente por admirarlo tanto como escritor, creo que esta decepción se sintió todavía más grande.
No todos los libros de un autor tienen que hablarnos de la misma manera. A veces incluso los escritores que más amamos escriben historias con las que simplemente no logramos conectar.
Y eso fue exactamente lo que me pasó con esta historia.
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«No me conformé tampoco con lo que aprendía en el colegio, que era muy poco. Decidí investigar otros temas, leer y aprender algunas nociones de inglés. Si quería más adelante enfrentar el mundo con resolución, era preciso salir de la ignorancia».
«Cuando me dieron el trofeo y me dijeron que podía decir unas palabras, cogí el micrófono con fuerza y hablé mirando hacia el vacío: —Vengo de las tribus urbanas del sur de la ciudad. Ustedes son nuestros enemigos y un día los destruiremos. Recuérdenlo siempre».
«Moisés tenía razón: morir podía ser visto incluso como algo positivo, algo deseable».
«La orfandad total fue un sentimiento que al principio me causó un enorme vacío, como si me hubiera quedado sin bases ni apoyo. Pero poco a poco comprendí que yo debía fundar mis propias columnas para sostenerme».
«Había un detalle de mi vida que le causaba mucha curiosidad: mi relación con Salomé. Al comienzo no le quise contar nada de la transexualidad, hasta que una noche, después de preguntarme por millonésima vez qué era lo que me había enamorado tanto de ella, le confesé: —Salomé nunca pertenecería a la sociedad, siempre estaría al margen, siempre sería mal vista, como yo. —¿Por qué? —Porque era una chica trans. —¿Qué? —dijo ella abriendo los ojos de par en par. —Sí, hoy en día eso no tiene nada de raro. Mucha gente siente que nació en el cuerpo equivocado. Es más normal de lo que crees. —No, espera, espera. Estoy procesando. ¿Era un hombre y se volvió una mujer? —No, siempre fue una mujer, pero al principio estaba en un cuerpo de hombre con el que nunca se identificó».
«La mente hace mucho ruido y por eso el cuerpo es tan torpe. Deja la mente tranquila, es como si fuera una laguna en la que no hay viento. Los pensamientos son las grullas que pasan por el cielo y que se reflejan en el agua. Ahí están, pasan volando, pero el agua permanece inalterable».
«La hormona más poderosa de la naturaleza es la testosterona. En la antigüedad los hombres cruzaron montañas, aguantaron inviernos y sobrevivieron a grandes migraciones gracias a esta hormona. Por eso seguimos admirando a los tipos rudos en el cine y la televisión, porque nos recuerdan a los héroes hormonados de la antigüedad. Descubrimos que una mezcla de testosterona, cocaína y anfetaminas generaba un buen impacto en el sujeto. Lo hacía más fuerte a los dolores, más concentrado y mucho más arriesgado en el momento del combate».
«La ira en mí desapareció por completo y en su lugar empecé a sentir cierta tristeza de que ese hombre y yo tuviéramos que vernos enfrentados a una situación semejante. Pero así era la vida: un día estabas rodeado de buenos amigos y al día siguiente ellos mismos te cogían a cuchillo y te sacaban las tripas».
«Y entendí la frase de por qué hay seres que por donde pasan impiden que crezcan las semillas de las nuevas generaciones. Al acercarme a Atila había firmado sin darme cuenta una cláusula en donde aceptaba que por donde yo caminara tampoco crecería la hierba».
«Entonces, en ese abismo enorme que sentía dentro de mí, algo empezó a aflorar, una fe extraña y poderosa, un rencor sordo y profundo. Si quería ser como el agua, tenía que aprender también que a veces se transforma en cascadas, en tempestades y en torrentes que arrasan todo lo que encuentran a su paso. Eso era lo que se estaba gestando dentro de mí: una avalancha».
Este libro está lleno de una belleza oscura difícil de ignorar, y te hace reflexionar. ¿La clase social en la que nacemos nos obliga a permanecer en ella? ¿Podemos cambiar nuestro destino? ¿Podemos aceptar ser quienes somos y quienes queremos ser? ¿Podemos cambiar las cosas sin perder nuestra esencia en el camino? ¿Podemos amar y, aun así, odiar con la misma fiereza?
«Han mantenido las puertas del Reino cerradas con llave para nosotros. Pues entonces nos llegó el momento de abrirlas a las malas. ¡Entraremos al cielo a dentelladas!», así termina La Hora de los Lobos de Mario Mendoza, lo que nos plantea muchísimas preguntas y nos obliga a contestar otra tanda de ellas.
Es difícil no sentir empatía por Bruno Guerrero, no querer abrazarlo e incluso abofetearlo, según el contexto. Pero sobre todo es difícil no comprenderlo. Un hombre que se resiste a aceptar el destino que se le ha autoimpuesto, que se niega a conformarse con una vida que cree miserable y pobre. Que no quiere servir, sino que le sirvan.
No voy a escribir una reseña al uso, ya que las pocas alusiones a las que he hecho aquí dicen más de este libro de lo que yo pueda deciros de él. Eso sí, si os animáis a leerlo, disfrutadlo. Merece la pena.
Regreso nuevamente a leer a Mario Mendoza, en esta ocasión con su más reciente novela: La hora de los lobos. Aquí seguiremos a Bruno Guerrero, hijo de un sindicalista que fue asesinado cuando Bruno era pequeño. Su madre se encuentra en silla de ruedas y recibe encargos de los curas del colegio de Bruno para arreglar prendas de vestir, así es como se sostiene esta familia.
Dada esta situación, Brino encuentra una oportunidad de ganar dinero haciendo entregas de drogas en la carcel. Es así como se cruzará por primera vez con los satatines, una organización criminal que rivalizaba con la suya por el control del mercado en su territorio, y que será relevante para lo que ocurre en practicamente toda la novela, pues marcará el destino de Bruno y le provocará heridas emocionales que no tardarán muchos años en cicatrizar.
Con el pasar de las páginas veremos a Bruno crecer, y en la novela seremos testigos de diferentes momentos de su vida. Por ejemplo, él termina en la carcel por razones que no revelaré, y allí conoce a Atila, un poderoso narcotraficante decide convertirlo en su aprendiz. Es así como Bruno termina entrando de lleno en le mundo del narcotráfico.
No contaré más de la trama pues esto es lo esencial que debes conocer sobre la novela. Quisiera avanzar entonces con otros elementos de la novela que me han llamado la atención. Por ejemplo, en más de una ocasión Bruno nos recuerda que el crimen no tiene nunca un final feliz. El protagonista era conciente de que, al elegir el camino de la criminalidad para su vida, iba a estar rodeado de la muerte. Y eso es precisamente lo que vemos en la novela. No diré los nombres, pero Bruno está constantemente perdiendo a seres queridos y cercanos a él.
Si bien la historia comienza en un barrio popular de Bogotá, que es donde normalmente ocurren las novelas de Mario Mendoza, más adelante el libro nos lleva dentro de una carcel y nos muestra un mundo diferente, con reglas distintas a las del “mundo libre”, y en donde la seguridad es un lujo. Luego tendremos una tercera etapa de la novela, en donde la historia transcurre en apartamentos, casas y fincas, pues nos adentraremos en el funcionamiento de una organización criminal.
Esta división de etapas hizo que se sintiera un desarrollo mucho mayor de la historia y del protagonista. Seguimos a Bruno desde que era un pequeño niño, pasando por su adolescencia y su adultez temprana, para terminar en su adultez plena, en donde ocupa una posición más fuerte en la organización criminal. Al conocer toda la historia de Bruno, no justificamos sus decisiones, pero si entendemos el contexto que influenció esas primeras decisiones que tomó y que lo llevaron a la vida que tiene hoy en día.
Esta es una novela en la que el autor deja muy claro que el contexto en el que vive y crece un niño es esencial para predecir el futuro que tendrá. No todos tienen el mismo destino, pero no es dificil ver como ciertas situaciones terminan llevando a las personas a tomar decisiones que no son las correctas y terminan dirigiendo su vida hacia la criminalidad, más como un acto de supervivencia que por conveniencia.
Otro detalle que me pareció interesante fue la instrumentalización de las creencias religiosas y los sentimientos de las personas por parte de los “profetas” que a través de sus mensajes divinos logran influenciar en los demás. En el libro lo vemos claramente con el pastor Ferreira, quien realmente es un criminal que supo aprovechar la oratoria para movilizar comunidades hacia sus objetivos. Esa batuta la toma luego Moisés, quien además de usar los recursos argumentales de Ferreira sobre el resentimiento social y la lucha de clases, también añade sus propios argumentos al incluir en sus predicaciones la discriminación racial.
Los personajes femeninos son de gran importancia en esta novela, y si bien el protagonista es Bruno, no se puede contar su historia sin mencionar a las mujeres que marcaron su vida. Mujeres como su madre, Salomé (que además aporta una cuota de inclusión muy interesante a la novela), o Zafiro.
En fin, debo admitir que entré con pocas expectativas a este libro, pues “Vírgenes y toxicómanos” no me había gustado tanto como esperaba. Afortunadamente, puedo decir que “La hora de los lobos” me ha gustado mucho, y me ha devuelto la fé en la obra de Mendoza, en especial con sus publicaciones recientes. Esta es una novela urbana latinoamericana que vale la pena leer.
Este es un libro escrito en primera persona por un tal Bruno Guerrero, y quizá ahí empieza mi problema.
Siempre me ha gustado Mario Mendoza, pero en esta novela siento que vuelve a insistir en una representación de Colombia y de América Latina como un territorio esencialmente gobernado por los capos, el narcotráfico, la corrupción y la muerte. Es verdad? No lo sé. No sé hasta qué punto ese mundo de guerras urbanas, estructuras criminales y violencia organizada que describe corresponde a una realidad verificable o a simple ficción. Supongo que algo de eso existe. La pregunta, sin embargo, no es únicamente si existe, sino qué hacemos literariamente con esa realidad cuando decidimos convertirla en el centro casi absoluto de nuestra imaginación sobre el país.
Mientras leía pensaba en Siloé, donde trabajo. Pensaba en si llevaría esta novela a los niños y niñas con los que trabajo. Pensaba en su relación real, concreta y cotidiana con el microtráfico. Pensaba en qué ocurre cuando una sociedad intenta convencerlos de que su trayectoria puede ser otra… estudiar, elegir una carrera, imaginar una vida distinta a la del “capo” millonario que viaja por el mundo diseñando estrategias de guerra y pensando nuevas formas de embrutecer a una población a través de la droga, como venganza por haber nacido pobre.
No sé. Puede que no haya entendido la novela. Puede que esté exigiéndole una responsabilidad que la ficción no tiene. Puede que, sencillamente, todo esto sea ficción.
Pero incluso dentro de la ficción me resulta decepcionante ver a un niño que no pudo ser niño convertido en una especie de figura endiosada. Y me parece todavía más soso y en cierto sentido, más perturbador, que la transformación del personaje consista únicamente en avanzar hacia la maldad, la sevicia y la violencia. ¿De verdad es eso lo único que una sociedad puede imaginar como destino para alguien que ha crecido en la pobreza y la brutalidad? ¿La única evolución posible es volverse más cruel que el mundo que lo produjo?
La novela quiere hablar del racismo, del machismo, incluso de transfobia, de la corrupción y del deterioro moral de una sociedad y del país. Y en muchos momentos, parece querer interrogar precisamente las estructuras que han producido esa violencia. Pero el problema está en que cuando finalmente tiene entre las manos un personaje capaz de transformarse, su viaje resulta predecible. Después de una suerte de viaje a Ítaca atravesado por la muerte, la soledad y la violencia, Bruno no parece llegar a una comprensión más compleja del mundo, sino a un discurso religioso y guerrerista que se siente casi como el resultado de un lavado de cerebro.
Y queeeee lavado de cerebro tan bravo. Me parece, incluso una novela peligrosa si cae en las manos de un niño que no lee normalmente. Para mí, la literatura jamás debe ser moralmente edificante o dar lecciones de comportamiento. Lo que pasa es que aquí la violencia parece adquirir una dimensión de destino, de revelación, de inevitable grandeza. Y cuando el personaje que ha sido privado de su infancia solo puede convertirse en un monstruo más violento, la novela termina reproduciendo, aunque quizá no sea su intención, aquello mismo que dice cuestionar.
No me gustó casi. Y lo más incómodo es que no puedo refugiarme en el argumento de que “solo es ficción”, precisamente porque la ficción también decide qué mundos imagina, qué destinos vuelve posibles y qué formas de violencia convierte en épica.
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"La mente hace mucho ruido y por eso el cuerpo es tan torpe. Deja la mente tranquila, es como si fuera una laguna en la que no hay viento. Los pensamientos son como grullas que pasan por el cielo y que se reflejan en el agua. Ahí están, pasan volando, pero el agua permanece inalterable."
Es un excelente libro, no tan elaborado como los anteriores de Mario. Pero redacta lo marginal, como todo ha cambiado, incluso la forma de "traqueteo"; donde todos tienen su máscara, hacen su trabajo y contaminan este mundo con la droga. Es una red bien estructurada, dónde cada uno de esos pequeños lobos, quiere salir adelante con su manada.
Combinar la gasolina y los fósforos, es algo que siempre termina mal; acá se unió, la religión y la violencia y si queremos agregar una tercera ecuación es, la venganza. Arrebatarle a alguien todo lo que amas, te vuelve nihilista; te quieres aferrar a ese bote salvavidas y para eso está la religión,sin un motivo y un norte. Solo es una excusa para liberar esa bestia que tienes dentro, qué pide a gritos, liberar esa furia y ya no es el agua que se adapta, es una cascada que es imparable. La bestia que mira con sorna, diciendo que no es solo caer es caminar al mismo tiempo que los lobos.
El motivo de las 4 estrellas, no es más, que gusto personal, Mario detalla más y no pasa tan rápido de una historia a otra, sentí que la novela fue muy rápida, en los primeros capítulos finales fueron algo vertiginosos. Quizás sentí que se quería enfocar en el inicio del porqué de su rabia y como el arribismo también fue participe de esta ira acérrima, que desembocó en un mar de revolución. Es la historia del pobre que quiere vengarse del rico, Pero no vemos que a veces debemos ser más espejos que ventanas, para no terminar convirtiendose en eso que tanto odiamos. La mejor revolución es aprender y dejar la ignorancia a un lado, la que nos ciega y hace que seamos impulsivos sin preguntarnos el porqué de las cosas.
Este libro me gusta, Mario siempre encuentra la manera de construir una historia que cautiva, siempre está su estilo trágico donde sus personajes siempre viven muertes, jamás termina siendo un final ni siquiera realista balanceado sino tráfico. Bruno es un personaje interesante, al igual que Zafiro y Atila me gusto como escogió esos nombres.
Es un libro que se puede disfrutar a medida que avanza, al principio no tanto pero apenas se adentra uno a la historia de Bruno y su entorno ya es difícil parar.
LO QUE NO ME GUSTÓ
Vuelve a traer fórmulas ya trabajadas por él, ejemplo el COVID, hemos leídos casi 2 libros que sacó sobre el COVID, y lo meté en este entorno, cuando llega la pandemia (finales 2019 a principios 2020) cuando la pandemia estaba en su furor, entonces trae de nuevo esta fórmula, otra cosa que no me gustó fue el final de esta manera, Bruno hablándole a la congregación en Brasil, para que se unan a él y ya. Hubiese dejado al lector más picado con el inicio de alguna pelea y no simplemente así, fue abrupto.
El libro en general no es malo, le doy 4 porque es Mario pero puede mejorar. Me siguen gustando más sus libros anteriores.
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Un libro que me hace teletransportarme a las primeras historias que leí de Mario. Nuevamente nos encontramos con un relato crudo y sin espacio para el respiro, para compadecer al protagonista. Los momentos de paz o de aparente felicidad duran lo mismo que un estornudo. Un chico que desde pequeño está completamente marginado de la suerte de muchos otros. Creciendo con un inmenso rencor hacia la clase alta. Una persona que tuvo menos que pocas oportunidades y decidió tomar el camino del crimen organizado, de los carteles, de los grupos delincuenciales. Una travesía tremenda que nos muestra las pocas opciones que puede llegar a tener una persona cuando las comodidades escasean en su vida. Me gustó muchísmo el libro y es bastante fácil de leer. Quizá lo único que le achacaría es que la historia se hace un tanto cíclica y monótona. Opino que cuando Mario escribe desde el punto de vista de más de un personaje, es mucho más entretenido.
No hay que negar que la historia es atrapante y pienso que, en mí caso, me atrapó porque muy en el fondo esperaba una reivindicación en la figura de Bruno. El personaje, la narración en primera persona y la transformación del personaje es interesante. Cambiar el concepto del villano de calle que carece de inteligencia y convertirlo en una especie de superdotado para el crimen. Mí conflicto radica en que creo que el resultado final es en parte que "la única opción" de Bruno es entregarse a la violencia porque en la violencia ha vivido. También por momentos humaniza la crueldad y hasta la justifica. Al final me parece que no hay suficiente castigo para responsabilizarse y cambiar, sino que las consecuencias de los actos se vuelven en un motivador para seguir en lo mismo. Le doy 4 ⭐ porque si me cuestionó y no es una historia fácil de olvidar.
Siento que me quedó a deber y, aunque me encanta la prosa de Mendoza, me pareció que estaba en un loop temático y de arcos que ya he leído en otros libros del autor. Cuando el autor a lo largo de toda su obra redunda sobre el mismo tipo de personajes, adornos narrativos, ejes temáticos, giros de tuerca y tropos, los libros se vuelven predecibles y este libro es la epítome de lo "mendociano".
Pero ojo, eso no quiere decir que no sea un libro disfrutable. La prosa de Mendoza es ágil, libre de pretensiones y con un tono muy cercano al de sus relatos, pero sin caer en la chabacanería ni en el recurso gratuito del exceso. Lo disfruté, pero no lo amé.
Hace algunos años no leía absolutamente nada de Mario Mendoza, no me dedicaba el tiempo de disfrutar una lectura de él.
Debo aceptar que no es mi libro favorito de él, pero me gusto mucho, tiene una narrativa fácil y rápida de leer, Bruno que es el protagonista puede llegar a representar distintos ámbitos de la dura realidad Colombiana, aun así, este libro a comparación de la demás cae en el cliché del narcotráfico, una historia tan marcada y repetida que se vuelve un poco tedioso.
Por rescatar del libro, la relación que existe entre la religión y el narcotráfico o las bandas delincuenciales, es una relación muy evidente pero hasta el momento no había profundizado o comprendiendo la complejidad de este mecanismo.
Mi primera vez leyendo a Mario Mendoza de manera consciente, este libro me abre la posibilidad de leer otros títulos por los que pasé hace años y no me cautivaron.
Respecto a las 4 estrellas no es porque sea un libro malo, simplemente el final me dejó corta y habían situaciones sumamente descriptivas que para mi eran innecesarias pero las que tenían más relevancia (para mi forma de ver) las decía de manera tajante y puntual.
Esta novela típica de Mendoza describe la facilidad para ingresar al bajo mundo y convertirse en un gran mafioso. Gracias a las habilidades y disciplina de Bruno, el protagonista, logra surgir en el hampa, como única opción de ser alguien respetable Ahonda en el resentimiento de clases sociales y la forma de acercarse a las élites es través de la plata que da la mafia y poder iniciar una guerra con drogas para someterlos. El libro no finaliza y seguramente iniciará una saga .
Retratos de la sociedad colombiana (y latinoamericana). Una que se duele por la desigualdad, por las generaciones que crecen en los márgenes y que crecen desde una perspectiva de la pérdida, del déficit... Ahí, desde el sufrimiento, florecen caminos para la lucha, para exigir lo nunca tenido y para hacer caminos antes inexplorados.
Lucha, abandono, dolor y avance. La complejidad que, mezclada, nos recuerda lo mucho que queda por hacer en nuestra querida América Latina.
La consciencia de clase demuestra que la lucha nunca es por lo que tienen los demás, sino la consigna para defendernos de la desigualdad que a muchos nos ha tocado sufrir. La burbuja que en la que muchas personas vivimos ayuda a ignorar lo que realmente está pasando en el mundo, y abordar la verdad de maneras tan incómodas es lo que ha destacado a Mario Mendoza y esa es la razón por la que amo sus obras
Los lobos animales que no son maldad, pero se mueven bajo el instinto, la supervivencia y la rabia interna. Eso pasó con Bruno, nunca actuó de mala fé, siempre actuó bajo su protección y la de su familia.
Un libro con contenido realista sobre la realidad colombiana, que explora básicamente todos los temas de violencia, microtrafico, corrupción y marginalidad.
¡Increíble! La hora de los lobos de Mario Mendoza se disfruta con una energía impresionante: cruda, vertiginosa y muy conectada a la realidad latinoamericana. Es una novela intensa, oscura y cautivadora, con un protagonista moldeado por la violencia, la marginalidad y la filosofía urbana. Mario Mendoza regresa a su espacio más fuerte: el de la ciudad como un campo de batalla emocional y social.
Lo amé, un libro que aborda muchos temas, me lo disfruté en cada página.
“Y de repente, el primer movimiento se presenta en medio de la nada. Es un momento mágico, único, porque de la nada empieza a surgir el todo.” Bruno… Bruno…
Libro entretenido. Muy latinoamericano. Muchas páginas profundas, pero algunas rayando lo ridículo en cuanto a algunos fundamentos de Bruno, el personaje principal. El final queda abierto, aunque el discurso de Bruno resulta emotivo y potente. Él buscará entrar al cielo como sea.
Nueva novela pero con los mismos lugares comunes de libros pasados. Mario Mendoza se repite una y otra vez la estrategia que en el pasado le dió mucho exito: asesinatos, marginalidad y sectas religiosas, lo novedoso de este libro es la palabra "Bro" cada 3 párrafos.
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Mario Mendoza es siempre una lectura entretenida, aunque este libro no es algo muy distinto a todo, encarreta. No me gustó tanto el final, pero se leyó rico.
Excelente libro, Mario ha tenido mejores, pero es facil de leer entendible, te sumerges en el sufrimiento del protagonista, cuenta con cambios abruptos dentro de los capítulos y el final de película.
Wooooow, hace rato no terminaba un libro tan rápido, la historia de bruno me atrapó desde la primera página 💚 léanselo!! Como todo lo de Mario, una obra de arte