Siembra de cristal recupera la memoria de un trabajador de la Industria Azucarera Nacional, Iansa. Don Vicente Ferrer, padre de la narradora, «estuvo en la fábrica más del 75 % de su vida. Su ropa olía a eso: no precisamente a azúcar, sino a lo que viene antes, al proceso que permite que el azúcar exista». El duelo de la hija se abre a la reconstrucción de una experiencia colectiva y que hoy parece en extinción: un país que intentaba sustituir las importaciones con industrias nacionales, las fábricas que creaban no solo puestos de trabajo, sino poblaciones completas a su alrededor. Desde un presente muy distinto, la autora recoge testimonios, visita los lugares transformados y ensaya una crónica íntima de ese proceso histórico, a partir de un caso particular: las familias que, como la suya, crecieron en torno al azúcar.
Consuelo Ferrer Durán es periodista y trabaja en el equipo de Comunicaciones de la Rectoría de la Pontificia Universidad Católica de Chile donde estudió periodismo.
Consuelo Ferrer Durán nos cuenta en las páginas iniciales de Siembra de cristal que su madre le decía a su padre: «Cuando te mueras, nadie te va a hacer una estatua de azúcar.» Quizás no, pero la autora de este maravilloso texto logró esculpir un libro de azúcar, el testimonio de una vida que se disuelve pero que permea todo lo que tocó con su dulzura.
Este cubo de azucar, construido con la pluma privilegiada de Ferrer, deviene prisma. Desde sus diferentes caras, que convergen en la figura de su padre, don Vicente, se despliegan múltiples historias: una es sin duda la de su vida, otra la de su muerte, pero una tercera que se mezcla de forma profunda con ellas es la "la fábrica", Iansa, que es también la historia de un Chile que alguna vez fue y que, de algún modo, también dejó de ser.
Como el azúcar en el agua, la vida de don Vicente se vuelve invisible pero innegable para quien la prueba. Y su hija, en este libro íntimo y a la vez trascendente, consigue algo más que una estatua: hace que el recuerdo de su padre nos endulce a todos sus lectores.
es un libro muy bello me emocioné bastante porque me acordé mucho de mis dos abuelos y otros familiares a quienes perdí el año pasado y principios de este año creo que no hay honor más grande que alguien te escriba un libro como este, con tal nivel de dedicación espero algún día ser la mitad de buena trabajadora y humana como lo fue Vicente retrata tan bien una época, las de las fábricas estatales y lo que ocurrió con ellas, un fenómeno en si mismo muy bueno!!!
Voy a dejar aca lo mismo que puse en Instagram, pero solo decir que lo amé, gracias por existir
Me leí este libro y tengo algunas ideas sueltas que me dan vuelta ya finalizada la lectura: 1. El cómo se entrecruza la historia familiar, con la historia personal del papá de la narradora y la historia de la empresa en la que este trabajó por más de 60 años. Las historias del trabajo de nuestros padres creo que ya no son la historia de nuestras familias, la gente ya no dura tanto tiempo en su trabajo y tu lugar de trabajo ya no se articula como una pequeña sociedad en la que están tus necesidades cubiertas. Y eso me da cierta nostalgia. ¿Cómo sería vivir en el mismo lugar que tus compañeros de trabajo? ¿Cómo es hacer de la fábrica tu casa? Y que lo sea verdaderamente. 2. Cómo se dejó atrás cierta idea de desarrollo del país. En este escenario político tan extraño y horrible, donde me cuesta ver un futuro (¿qué futuro?), me da nostalgia el pensar en estas historias que muestran cómo era el país antes de la dictadura y cómo nuevamente se nos quitó tanto, se perdió tanto. ¿Acaso ese duelo que dura toda la vida? ¿Cómo dejar de pensar en eso? 3. El archivo familiar. Viva la nostalgia y los nostálgicos! Viva la gente que guarda todo, que pone detrás de la foto el lugar donde se sacó, vivan las cartas y el correo y toda forma de archivo escrito que perdure. Porque aunque se vuelva abrumador, guardar tanto y tener tantos recuerdos a mano, siempre es lindo. Bueno, y me puse a buscar fotos y encontré unas en el archivo nacional hermosas. Viva el azúcar, viva la industria chilena y vivan los archivos
Con una escritura cristalina, la autora es consciente del valor de las palabras, de su consecuencia, y por eso, ha escogido escenas imposibles de eludir, aunque pesen y se agolpen en los límites blandos del recuerdo. Ha dispuesto con gracia y asombroso equilibrio el hemisferio de los hechos y el de los afectos. Cada uno se adhiere a estas páginas con firmeza, convertidos en piezas urgentes de la vida y de aquello que espera ser contado.
Conocí a don Vicente personalmente, aunque no muchas veces. Era el papá de un gran amigo, y cada vez que llegábamos a su casa nos recibía con algunos de los mejores asados que he comido en mi vida y con una calidez que era difícil no llevarse guardada. Cuando supe que Consuelo había escrito un libro sobre él, no dudé en leerlo. No pude soltarlo. Lo que empieza como la historia de un padre termina siendo algo más grande: la memoria de un oficio, de una fábrica, de una ciudad. Consuelo logra que todo eso coexista sin que el libro pierda ni un gramo de intimidad, y eso no es fácil. Hay un momento donde describe cómo cuando don Vicente sonreía, sus ojos se transformaban en apenas unas ranuras. Lo leí y lo vi de inmediato. Para mí fue especial porque podía imaginarme a don Vicente tal cual lo describe Consuelo. Pero creo que cualquiera que lo lea va a sentir lo mismo, aunque no lo haya conocido. Eso dice mucho.
Aún pienso en la emoción con la quedé luego de terminar este libro, tuve la oportunidad de reseñarlo para el 1 de mayo para Revista La Lengua Lo volví a leer ya sin premura y las descripciones cotidianas de Consuelo Ferrer me conectan con un paisaje que no es mío pero que si se siente como si fuera así. Agradezco la inclusión de las fotografías en blanco y negro, de tener la oportunidad de honrar a don Vicho, de conocerlo, de ser testigo de la ternura y sobre todo, del Chile que pudo ser y que fueron quintando pedazo a pedazo .
Siembra de cristal es una obra híbrida que transita principalmente entre la crónica, la memoria y el ensayo testimonial. La propia autora, que también es la voz narradora, reconstruye la figura de su padre, trabajador de la Industria Azucarera Nacional, IANSA, no solo desde la cronología de su vida, sino desde un intento profundo y conmovedor de levantar su retrato, de recuperar la memoria de alguien que ya no está, pero cuya presencia sigue viva en quienes compartieron con él.
Ferrer no se limita a contar quién fue su padre, sino que intenta entenderlo, revisitarlo y fijarlo en la memoria: un papá presente, cariñoso, querendón, de esos que dejan huella en la vida cotidiana y en los afectos más simples. Esa ternura atraviesa todo el relato y le da una calidez poco frecuente. Aunque la autora no cae en la caricatura del “papá ideal”: no hay santificación, sino una radiografía honesta de un buen padre. La autora nos cuenta también sobre contradicciones y zonas de fricción, lo que le suma complejidad y vuelve el retrato mucho más real y entrañable.
Este libro también funciona como memoria social. Nos permite mirar la importancia que tuvieron las empresas estatales y el rol que desempeñaron en la vida de las ciudades donde se emplazaban. La fábrica no era solo un lugar de trabajo: era el eje de la comunidad, del sentido de pertenencia y de una forma de habitar el mundo. La historia íntima del padre también dialoga con esa historia colectiva de un Chile que se organizaba en torno a sus industrias.
Después de leer tantos libros atravesados por la tragedia, la violencia o la devastación emocional, este relato fue un verdadero bálsamo. Hay una ternura serena que acompaña toda la lectura: la historia de un padre que sembró amor, cuidado y presencia, y que dejó en quienes lo rodearon una herencia afectiva profunda. Es un libro que recuerda que también existen esos padres luminosos, esos que a muchos nos habría gustado tener.
A la Consue y a mi nos unen varias cosas, pero creo que una de las que nos une más fuerte es el duelo por nuestros padres. Mi forma de relacionarme con la muerte, la familia y todas estas emociones complicadas es distinta sosi. Haber leído este libro es un poco una confirmación de ese contraste, y es un contraste que recibo con mucho gusto, porque a veces hace falta dejar de ser tan darks todo el tiempo.
Cuando recibí este libro, hace como una semana, estaba justo pasando por una situación que me tenía muy angustiada, entonces le dije a la Consue que iba a esperar a que la situación y la sensación terminaran para recién empezar su libro, el que habla, en parte, de la muerte.
La Consue es una amiga dulce y cariñosa, como su papá, y me entendió perfectamente, pero también me dijo “igual no te preocupes amiga, porque aunque sí habla de la muerte, es un libro muy luminoso”. Estas no son las palabras textuales de la Consue, pero lo que sí es textual es el uso de la palabra “luminoso”.
Ahora que me terminé el libro, puedo confirmar que su uso de la palabra “luminoso” fue extremadamente preciso.
“Siembra de cristal”, además de un título hermoso, tiene una estructura muy interesante. Es, al mismo tiempo, un retrato de un padre excepcional (especialmente excepcional en una cultura que con mucha frecuencia no tiene padres, y cuando los tiene, rara vez son excepcionales) y el de una empresa que marcó el desarrollo económico de Chile y la vida de tantas chilenas y chilenos pero que, como un montón de cosas, se fue desmoronando después de la dictadura y de la privatización.
Lo particular del libro, y una de sus características que más me gusta, es que combina rigor periodístico, porque la Consue es una excelente periodista, con la sensibilidad de una hija lidiando con el hecho de que su padre está muerto, igual que parte importante del Chile que ese padre habitó.
Pero aunque relata un poco la historia de dos vidas que se apagan, la del padre y la de la Iansa, es efectivamente un libro muy luminoso, que más que enfocarse en lo que ya no está, celebra la fortuna de haber podido gozar todo eso que estuvo vivo.
Las partes que casi me hicieron llorar no tuvieron nada que ver con la muerte, sino con la abundancia de amor. El amor de la Consue por su papá. El amor de su papá por ella. El cariño y el respeto de don Vicente por casi todas las personas con las que pareciera haber tenido contacto a lo largo de su vida. La abundancia de apoyo y empatía al interior de la familia, entre padres, hermanos, conocidos sentados a la mesa a tomar once. El entusiasmo por las celebraciones de aniversarios de matrimonio, cumpleaños, graduaciones, viajes. La cantidad de cariño retribuido por todas esas personas con las que el papá de la Consue trató: familiares, colegas, jefes, subordinados, conocidos.
Otras de mis partes favoritas fueron las escenas en las que se puede ver a don Vicente como un ser humano falible, porque me convencieron más de sus virtudes.
Yo no lo conocí en persona, pero es un agrado conocerlo a través de la forma de ser de la Consue, de su escritura y del testimonio de tantas otras personas en este libro.
Aunque quizá son poco comunes, es alentador pensar que un papá así es posible y que es posible vivir una vida (e incluso una muerte) con tal abundancia de amor.
Me cuesta reseñar este texto, quizá por dos razones, la primera es una exposición íntima por parte de la autora de sus vivencias en torno a la figura de su padre, cómo por tanto opinar sobre ello; segundo, no me puedo sacar de la cabeza mi formación disciplinar y leer el libro como el ejercicio de microhistoria que es. Considerando estos dos aspectos, creo que el libro es bello, edulcorado si se quiere siguiendo la tónica. Y esto para mi es problemático, la parte del relato donde la autora duda si narrar la arista de cazador del padre lo resume bien, porque dudar si las personas somos multidimensionales y distamos de ser bondad pura. Pero ahí entra el primer punto mencionado antes, pues lo narrado se enuncia desde el recuerdo que queda, del sabor que dejó la vivencia, y ahí no hay ecuanimidad que exigir... aunque claro, podríamos esperar un relato que permita empatizar con esa figura o con nuestras propias vivencia y recuerdos, por eso creo que ahí falla. Respecto a la arista histórica, creo que cumple de buena manera con vincular con procesos de la historia reciente, se nota a leguas la formación disciplinar de la autora, lo cual juega a favor. No obstante, es la parte menos interesante, para mi, del libro, aunque ha de admitirse que está muy bien construida. Aún con todo, cuando la historia que se construye sobre el padre, sobre la industria y sobre la ciudad misma se deja de lado. Emergen líneas que expresan la complejidad de los ecos que los recuerdos tienen en nuestra vida y en nuestro actuar, ahí creo está lo mejor logrado del libro.
No me gustó tanto el libro, siento que fue una manera de honrar al padre, lo siento como un ritual de despedida para el papá o para sanar el duelo de Consuelo, de igual manera fue bien interesante el hecho de aprender y entender la industria del azúcar y su importancia en nuestro país.