Al no tener a la mano un tratado general de construcción, me será difícil hablar de las funciones operativas de la máquina del Doctor Hoffman. Pero no importa, dudo que su propio inventor –el curioso Doctor Hoffman– las supiera en realidad. En un principio tal vez la sabía, después no, eso me queda muy claro…
Ayer, el Doctor Hoffman me despertó a las tres de la mañana. Había terminado la máquina. Quería que yo estuviera presente en la primera demostración. En la sala había montado un ridículo escenario isabelino. Arrancó las pesadas cortinas de terciopelo mentolado y las tendió como si fuesen los telones. Entonces, comenzó a darme una aburrida conferencia en ropa interior acerca de los principios y suposiciones teóricas aplicadas en el desarrollo de su extraña máquina. Después me anunció con entusiasmo que era la primera vez que era puesto a funcionar su invento. El invento de inventar inventos.
Antes de leer el Iibro ya sabía que su autor falleció en edad temprana hace unos 7 años. Después de leer el libro lamento mucho más su desaparición. Se intuye un gran talento en esta antología de cuentos desbordantes de imaginación. El mundo se pierde varias novelas que hubieran sido increíbles en la pluma de Gerardo Arana.
Me llegó este libro de regalo de navidad, viajó desde México a Chile. Yo conocía Gerardo Arana porque me había hablado de él, sabía que había muerto muy joven, pero al leerlo me dio una tristeza terrible. Cuánto talento, cuánta belleza en cada una de sus páginas, es un estilo realmente único. Creador de una máquina de palabras, palabras que se transformaron en cuentos. Cada uno de sus relatos despliega una enorme genialidad, son muy breves, muy sencillos, pero maravillosos. Me da una pena saber que ya no esté, quizás era demasiado para nosotros. Mi favorito de esta colección es Canción para cantar frente a un pizarrón.
Muchas veces la mejor forma de entender el estilo de un autor es mirando a sus imitadores, y luego de realizar la lectura de los variopintos cuentos de Arana, me fue más claro entender -más no aplaudir- las aspiraciones de emular el particular estilo de Arana de algunos autores queretanos, tales como Horacio "Warpola" Quiroga. Ahora bien, sería sumamente injusto juzgar el trabajo de Arana a partir de aquellos que lo emulan, de tal forma, que debo señalar que es innegable que se pueden vislumbrar los aspectos que le hicieron ganar la admiración de diversos lectores y autores. Lo que vuelve mucho más lamentable que su cuentos sean tan manoseados y malinterpretados por aquellos que buscan vivir de su sombra.