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155 pages, Paperback
First published January 1, 2000
La yegua todavía relinchaba y resoplaba de vez en cuando, pero era como si sacudieran polvo.
Durante años había cargado al médico, flaco, alto, ascético, vestido de paño negro, por caminos veredales, bajo el sol o entre luciérnagas, por cafetales o por el monte espeso, rumbo a casas metidas entre aguacates y guamos, donde niños querían llegar o ancianos irse.
Le tenía repugnancia a los billetes, que habían pasado de mano en mano, manos de blenorrágicos, de leprosos, de gente que se sacaba los mocos, de gente que había matado por ellos o que se los había robado a la mamá o a los hermanos, el objeto más inmundo y trágicamente necesario, en fin, que había producido el chimpancé humano.
Una vez leyó dos tomos sobre la historia de la medicina y le agradeció a Dios, de todo corazón, el que le hubiera permitido nacer después de la invención de la anestesia.
Recordó lo que le había dicho Elías: que en cada instante vivimos en todo el tiempo que hay y en todo el espacio.