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¿Por qué algunos hombres están tan enfadados?: y por qué el feminismo no los desenfadará
304 pages, Paperback
Published March 31, 2026
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June 30, 2026
María Martín Barranco se ha convertido con los años, los libros y los «callos» en el «terror intelectual» de muchos machirulos y señoros de España y, me atrevería a decir también, de casi toda Hispanoamérica. Estos dos libros, La desfachatez machista y ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados?, recogen sus pormenorizados e impertinentes análisis de más de una década de «discusiones» con personajes de todos los talantes. Desde grandes escritores hasta furibundos incels, Martín documenta los perfiles con los que se ha topado en su labor incansable de reivindicación de los derechos de las mujeres a través de múltiples medios, tanto virtuales como físicos.
Los «callos» a los que me refiero, en su caso, significan una andanada interminable de insultos, troleadas, amenazas, demandas y hasta uno que otro susto. Ella los describe con algún detalle —si lo hiciera a fondo, llenaría volúmenes enteros— en estas dos publicaciones.
Por «terror intelectual» —porque de terrores verdaderos, reales y virtuales, saben mejor las mujeres como ella— me refiero a la sensación que deben tener muchos de los PepeLuises (para usar uno de sus epítetos preferidos) a los que enfrenta semana tras semana. Debe ser aterrador para ellos ver que una profesional como ella, impenitente e impertinente —como la definen acertadamente en las reseñas de sus obras—, se mantiene años enteros incólume. Y no es que estas luchas no le pasen factura, pero ella sigue ahí: escribiendo, trinando y respondiendo, a veces con rabia, a veces con humor y la mayoría de las veces con un verdadero rigor. Enfrenta críticas e insultos que desanimarían hasta al más valiente de los contertulios (así, en masculino genérico).
Por «discusiones», naturalmente, entiendo la infinidad de comentarios y mensajes directos e indirectos que esta autora granadina ha recibido de personajes de toda índole a lo largo de su carrera. Algunos los ha respondido y otros tan solo los ha registrado para las minuciosas investigaciones consignadas en estos libros sobre su labor como pensadora y comunicadora del feminismo radical (espero que no se moleste si alguna vez se toma el trabajo de leer esta prescindible reseña).
Decidí juntar en una sola reseña mi comentario sobre los dos libros, La desfachatez machista y ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados?, porque creo que comparten más elementos de los que María Martín tal vez haya hecho evidentes en ambas publicaciones.
Es cierto que hay matices que diferencian a ambos textos. La desfachatez machista —que llamaré en lo sucesivo LaDM— es, en buena medida, una especie de «autobiografía feminista» (imagino que María preferiría el término «memorias de batallas») estructurada alrededor de sus experiencias lidiando con personajes antifeministas de todos los talantes. Para reforzar su carácter de memorias, el libro se organiza de forma cronológica y cubre un amplio período que va desde el 2000 hasta el 2023. Más de veinte años batallando sin descanso contra la desfachatez machista.
Por su parte, ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados? —al que me referiré en lo sucesivo como ENF— es una radiografía amplia y bastante rigurosa del fenómeno que se ha dado en llamar «machosfera» o «manosfera». Se trata de una subcultura antifeminista (o mejor, antimujeres, es decir, antihumana) que promueve una forma tóxica de masculinidad. Una de las revelaciones más perturbadoras de la investigación de María es que este movimiento está capturando a diario a miles de niños y jóvenes para una causa antiderechos que no resuelve ninguno de los problemas que la originaron, y que se viene convirtiendo, desde hace algunos años, en el caladero de votos de la ultraderecha en todo el mundo.
La mayor impresión que me llevé ante la vasta colección de evidencias, extractos de columnas y mensajes antifeministas en distintos medios que contiene LaDM, fue descubrir que personajes que admiramos —o admirábamos, prueben a conservar una buena imagen de esta gente después de leer este libro—, tales como Javier Marías, Vargas Llosa, Víctor Lapuente o Arturo Pérez-Reverte, tienen posiciones ardorosas y casi fanáticas contra las mujeres. Especialmente contra aquellas que «osan» expresar algún tipo de queja frente a las injusticias de la sociedad patriarcal o del uso excluyente del lenguaje.
Más impresionante aún es descubrir que estos machirulos llevan más de diez años expresándose de manera desobligante, y en ocasiones simplemente grosera, en las columnas del prestigioso periódico El País contra las luchas feministas y contra las mujeres en general.
Mucho antes de que se viralizaran los canales de la machosfera, estos energúmenos ya venían minimizando las reivindicaciones femeninas desde sus plataformas de primer nivel. Lo hacían usando un español impecable y aprovechando el increíble privilegio que les otorga su respetabilidad literaria y académica (hay que recordar que Pérez-Reverte es académico de la RAE y, como aprendí en este libro, uno de los más aguerridos enemigos de hacer más incluyente nuestra lengua).
Personalmente, después de este libro, me resisto a leer cualquier cosa que hayan escrito estos señoros. Y no, no llegué a la conclusión de que prefería leer a cualquier otra autora o autor antes que una novela de Pérez-Reverte —y eso que tenía varias en la mira, pues el género que domina este individuo es de mis preferidos— solo porque María Martín se haya dedicado a «describir» su tratamiento hacia las mujeres y en especial hacia las feministas en sus columnas. Es que Martín-Barranco reproduce en LaDM decenas de fragmentos que no le dejan a nadie dudas sobre el sexismo descarado de estos respetados autores. ¿Eso de «separar al autor de su obra»? ¡Mis pelotas!
El capítulo dedicado a los supuestos aliados, que lleva por título (como no podíamos esperar de otra manera con María) «Aliado el que tengo aquí colgado», es fabuloso y aleccionador. Una gran lección para todas las personas que manifestamos nuestro apoyo al feminismo o para aquellas que se declaran abiertamente feministas o aliadas del movimiento. Recomiendo especialmente la lectura de un párrafo clave en la página 207 que comienza así: «Porque si defiendes la explotación reproductiva o la prostitución como un trabajo, no eres feminista (y si eres putero, menos, claro)». ¡Qué excelente enumeración de las características básicas que deben tener las personas que de verdad defienden los principios del feminismo!
La cantaleta me la tragué todita; yo, que estoy aquí presentándome como profeminista mientras una mujer, mi esposa, me alimenta y me cuida para que pueda terminar de leer el libro —que ella posiblemente no tendrá tiempo de leer por el trabajo de cuidado que ocupa su tiempo— y escribir esta interminable reseña. Sobre esto, María Martín señala: «Apoyar el feminismo no se trataba, ni se trata, de dar discursos que ya nos sabemos a las que nos los sabemos, se trata de analizar las dinámicas de poder y evitar repetirlas. Con las mujeres, con los hombres, en casa, en el trabajo, en la calle. De vacaciones, viajando, en familia. Y esas siguen casi intactas».
Por su parte, en ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados? (o ENF, para ser coherente con la sigla), María se dedica a desmenuzar la machosfera y los movimientos que la componen. A lo largo de ocho capítulos, realiza una detalladísima radiografía de esta forma de misoginia organizada que está conquistando desde los espacios de interacción de los jóvenes hasta los escaños de los parlamentos o las más altas dignidades de gobierno en países latinoamericanos (Chile, Argentina, Ecuador y ahora Colombia, maldita sea). El recorrido es completo: abarca la identificación de los fenómenos que convergen en la machosfera, los principios que la rigen (el catecismo, como lo llama la autora), el lenguaje y las falacias lógicas que utilizan con frecuencia, y la fuente del dinero que mantiene estos movimientos antifeministas (porque claro, todo en el fondo es dinero). También describe a la fauna machosférica —que hay que conocer bien para saber cuándo se nos aparece un espécimen en nuestro círculo inmediato de amistades o en un grupo de WhatsApp—, las acciones de hecho que algunos de ellos han cometido mientras otros los admiran con veneración, y remata con la intromisión de estos fenómenos virales en la política.
Todo esto acompañado de abundantes evidencias, citas y enlaces, y soportado en rigurosos análisis psicológicos, sociológicos, económicos y políticos que convierten a este libro en un documento de referencia sobre el fenómeno. ¡Ah! Y todo adecuadamente matizado con las genialidades, impertinencias y decires de María Martín, que no dejan indiferente a ningún lector en nuestra lengua.
La conclusión de ENF no puede ser más alarmante: la machosfera congrega hoy a más de cien millones de jóvenes en todo el planeta (una cifra mía, basada en los datos que provee el libro); su fuerza está creciendo y se está convirtiendo en votos. El enfado parece estar in crescendo, pero la responsabilidad de detener este crecimiento todavía no se asume. El feminismo, como argumenta ampliamente María en sus capítulos finales, no tiene esa tarea. ¿Quién lo hará entonces antes de que el mundo se haga invivible para mujeres —ya lo es— y hombres por igual? (¿Solo nos preocupamos cuando la amenaza puede afectarnos a nosotros también? Esta es una reflexión muy válida que hace la autora y de la que me hago eco aquí).
Ambos libros son una colección inagotable de frases que van desde lo ingenioso y satisfactoriamente impertinente, hasta reflexiones muy profundas y dignas de los mejores manifiestos feministas.
«Si a la corrección de la desigualdad la llamamos guerra [de los sexos], a los ataques sistemáticos de los hombres contra mujeres ¿cómo los llamamos?» (LaDM).
«El encono de los hombres de hoy no es una respuesta emocional a una irreal pérdida de derechos, es un producto manufacturado en Silicon Valley, empaquetado por partidos políticos en declive intelectual y moral y consumido con voracidad por millones de hombres que han encontrado en la indignación su nueva identidad» (ENF).
«Si después de las palabras libertad, igualdad o feminismo viene un pero [—“yo quiero igualdad, pero”—] gentes, ahí no es. Conjugar el verbo peroquear es de señoros» (LaDM).
«Algo que no importa cuando se hace a las mujeres o al feminismo solo empieza a importar cuando afecta a algunos hombres» (ENF).
«La biología no se elige; la socialización no se negocia; se nos da una y se nos impone otra» (ENF).
«Porque la igualdad no se mide solo en el renombre que alcanzan las mujeres de talento extraordinario, sino en mirar cuántos hombres sin él fueron reconocidos antes, más, mejor» (LaDM).
«En medio de todas las resistencias imaginables, el feminismo tiene lo que la reacción machista no: soluciones. Soluciones para una sociedad que, con todos sus ruidos, sus cambios y sus miedos necesita un horizonte más habitable» (ENF).
«Solo hace feminista el trabajo expreso por la abolición de todas las opresiones de las mujeres: el género en todas sus manifestaciones (estereotipos, roles, separación de espacios y tiempos, brechas) y las explotaciones sexual y reproductiva (lo que incluye trata, prostitución y los —mal llamados— vientres de alquiler); si no, no es feminismo» (LaDM).
«El patriarcado los cría y el dinerito los junta» (ENF).
«La independencia del hombre patriarcal siempre fue ilusoria; era una autonomía subvencionada por el trabajo invisible del "sexo débil"» (ENF).
«El hombre roto supone un hombre roto; si le pasa al hombre, le pasa al mundo; si le pasa a las mujeres es cosa suya (victimismo)» (LaDM).
«El tiempo de hablar bajito para no incomodar, de pedir permiso para dar opinión, de esperar toda una vida para clamar justicia ha terminado» (LaDM).
«Sienten que se les ha quitado el mando a distancia de la historia y nos acusan de esconderlo debajo del malvado sofá feminista» (ENF).
«Quien dice "ni machista ni feminista" de buena fe realmente no ve el machismo: no se percibe como generador de opinión universal y por defecto, y considera el feminismo una forma de romper el equilibrio; un equilibrio que no existe» (LaDM).
«El lenguaje es el primer territorio que han perdido: no hemos pedido permiso, hemos empezado a hablar como nos ha dado la gana y hemos impuesto nuestra agenda; por eso se ha convertido en un detector de machirulos» (ENF).
«El sentido común es a la realidad lo que el masculino genérico a la inclusión: un trampantojo verbal; yo soy políticamente incorrecto; no, Manolo, tú lo que eres es tontísimo» (LaDM).
«Las empresas tecnológicas son responsables directas al permitir la monetización del odio y la rentabilización de la misoginia» (ENF).
«La manosfera es un ambiente de homosocialidad radical; un espacio donde los hombres solo se validan entre ellos, usando a las mujeres como un objeto de estudio, de odio, de choteo o de transacción» (ENF).
«Mis deseos son más mundanos, yo quiero tranquilidad para las mujeres mientras están vivas; hay días que incluso me conformaría con que estuvieran vivas» (ENF).
Por supuesto, no todo es olor de rosas (nunca he entendido por qué dicen «color», si lo de las rosas es oler). La lectura de ambos libros no es fácil. En muchos apartes se siente repetitiva y se vuelve difícil sacarle el gusto o aprender cosas nuevas. También resulta francamente agotador leer las interminables sandeces que escriben los personajes citados por la autora para ilustrar sus puntos. Sin embargo, es un agotamiento que se ve compensado, casi siempre, por las acertadas reflexiones y análisis de María, o por las risas que nos saca con sus genialidades.
Lo mejor de ambos libros es, definitivamente, la contundencia de sus capítulos finales, muy especialmente el del libro ENF, que lleva por título «Cerrar el grifo». Leí esas páginas como verdaderos manifiestos feministas que podrían disfrutarse de manera casi independiente del libro que los precede.
Leyendo los libros de María Martín Barranco, especialmente los apartes más profundos y filosóficos (que conforman la mayor parte; el humor y la impertinencia son un escampadero genial, pero ella es ante todo una pensadora profunda), recordé los apasionados argumentos que leí en la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft. Puede sonar muy hiperbólico, y me perdonará la misma María por la comparación, pero yo la veo a ella hoy como una Wollstonecraft de nuestra era.
Aquí me quedo, esperando sus futuros libros.
Los «callos» a los que me refiero, en su caso, significan una andanada interminable de insultos, troleadas, amenazas, demandas y hasta uno que otro susto. Ella los describe con algún detalle —si lo hiciera a fondo, llenaría volúmenes enteros— en estas dos publicaciones.
Por «terror intelectual» —porque de terrores verdaderos, reales y virtuales, saben mejor las mujeres como ella— me refiero a la sensación que deben tener muchos de los PepeLuises (para usar uno de sus epítetos preferidos) a los que enfrenta semana tras semana. Debe ser aterrador para ellos ver que una profesional como ella, impenitente e impertinente —como la definen acertadamente en las reseñas de sus obras—, se mantiene años enteros incólume. Y no es que estas luchas no le pasen factura, pero ella sigue ahí: escribiendo, trinando y respondiendo, a veces con rabia, a veces con humor y la mayoría de las veces con un verdadero rigor. Enfrenta críticas e insultos que desanimarían hasta al más valiente de los contertulios (así, en masculino genérico).
Por «discusiones», naturalmente, entiendo la infinidad de comentarios y mensajes directos e indirectos que esta autora granadina ha recibido de personajes de toda índole a lo largo de su carrera. Algunos los ha respondido y otros tan solo los ha registrado para las minuciosas investigaciones consignadas en estos libros sobre su labor como pensadora y comunicadora del feminismo radical (espero que no se moleste si alguna vez se toma el trabajo de leer esta prescindible reseña).
Decidí juntar en una sola reseña mi comentario sobre los dos libros, La desfachatez machista y ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados?, porque creo que comparten más elementos de los que María Martín tal vez haya hecho evidentes en ambas publicaciones.
Es cierto que hay matices que diferencian a ambos textos. La desfachatez machista —que llamaré en lo sucesivo LaDM— es, en buena medida, una especie de «autobiografía feminista» (imagino que María preferiría el término «memorias de batallas») estructurada alrededor de sus experiencias lidiando con personajes antifeministas de todos los talantes. Para reforzar su carácter de memorias, el libro se organiza de forma cronológica y cubre un amplio período que va desde el 2000 hasta el 2023. Más de veinte años batallando sin descanso contra la desfachatez machista.
Por su parte, ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados? —al que me referiré en lo sucesivo como ENF— es una radiografía amplia y bastante rigurosa del fenómeno que se ha dado en llamar «machosfera» o «manosfera». Se trata de una subcultura antifeminista (o mejor, antimujeres, es decir, antihumana) que promueve una forma tóxica de masculinidad. Una de las revelaciones más perturbadoras de la investigación de María es que este movimiento está capturando a diario a miles de niños y jóvenes para una causa antiderechos que no resuelve ninguno de los problemas que la originaron, y que se viene convirtiendo, desde hace algunos años, en el caladero de votos de la ultraderecha en todo el mundo.
La mayor impresión que me llevé ante la vasta colección de evidencias, extractos de columnas y mensajes antifeministas en distintos medios que contiene LaDM, fue descubrir que personajes que admiramos —o admirábamos, prueben a conservar una buena imagen de esta gente después de leer este libro—, tales como Javier Marías, Vargas Llosa, Víctor Lapuente o Arturo Pérez-Reverte, tienen posiciones ardorosas y casi fanáticas contra las mujeres. Especialmente contra aquellas que «osan» expresar algún tipo de queja frente a las injusticias de la sociedad patriarcal o del uso excluyente del lenguaje.
Más impresionante aún es descubrir que estos machirulos llevan más de diez años expresándose de manera desobligante, y en ocasiones simplemente grosera, en las columnas del prestigioso periódico El País contra las luchas feministas y contra las mujeres en general.
Mucho antes de que se viralizaran los canales de la machosfera, estos energúmenos ya venían minimizando las reivindicaciones femeninas desde sus plataformas de primer nivel. Lo hacían usando un español impecable y aprovechando el increíble privilegio que les otorga su respetabilidad literaria y académica (hay que recordar que Pérez-Reverte es académico de la RAE y, como aprendí en este libro, uno de los más aguerridos enemigos de hacer más incluyente nuestra lengua).
Personalmente, después de este libro, me resisto a leer cualquier cosa que hayan escrito estos señoros. Y no, no llegué a la conclusión de que prefería leer a cualquier otra autora o autor antes que una novela de Pérez-Reverte —y eso que tenía varias en la mira, pues el género que domina este individuo es de mis preferidos— solo porque María Martín se haya dedicado a «describir» su tratamiento hacia las mujeres y en especial hacia las feministas en sus columnas. Es que Martín-Barranco reproduce en LaDM decenas de fragmentos que no le dejan a nadie dudas sobre el sexismo descarado de estos respetados autores. ¿Eso de «separar al autor de su obra»? ¡Mis pelotas!
El capítulo dedicado a los supuestos aliados, que lleva por título (como no podíamos esperar de otra manera con María) «Aliado el que tengo aquí colgado», es fabuloso y aleccionador. Una gran lección para todas las personas que manifestamos nuestro apoyo al feminismo o para aquellas que se declaran abiertamente feministas o aliadas del movimiento. Recomiendo especialmente la lectura de un párrafo clave en la página 207 que comienza así: «Porque si defiendes la explotación reproductiva o la prostitución como un trabajo, no eres feminista (y si eres putero, menos, claro)». ¡Qué excelente enumeración de las características básicas que deben tener las personas que de verdad defienden los principios del feminismo!
La cantaleta me la tragué todita; yo, que estoy aquí presentándome como profeminista mientras una mujer, mi esposa, me alimenta y me cuida para que pueda terminar de leer el libro —que ella posiblemente no tendrá tiempo de leer por el trabajo de cuidado que ocupa su tiempo— y escribir esta interminable reseña. Sobre esto, María Martín señala: «Apoyar el feminismo no se trataba, ni se trata, de dar discursos que ya nos sabemos a las que nos los sabemos, se trata de analizar las dinámicas de poder y evitar repetirlas. Con las mujeres, con los hombres, en casa, en el trabajo, en la calle. De vacaciones, viajando, en familia. Y esas siguen casi intactas».
Por su parte, en ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados? (o ENF, para ser coherente con la sigla), María se dedica a desmenuzar la machosfera y los movimientos que la componen. A lo largo de ocho capítulos, realiza una detalladísima radiografía de esta forma de misoginia organizada que está conquistando desde los espacios de interacción de los jóvenes hasta los escaños de los parlamentos o las más altas dignidades de gobierno en países latinoamericanos (Chile, Argentina, Ecuador y ahora Colombia, maldita sea). El recorrido es completo: abarca la identificación de los fenómenos que convergen en la machosfera, los principios que la rigen (el catecismo, como lo llama la autora), el lenguaje y las falacias lógicas que utilizan con frecuencia, y la fuente del dinero que mantiene estos movimientos antifeministas (porque claro, todo en el fondo es dinero). También describe a la fauna machosférica —que hay que conocer bien para saber cuándo se nos aparece un espécimen en nuestro círculo inmediato de amistades o en un grupo de WhatsApp—, las acciones de hecho que algunos de ellos han cometido mientras otros los admiran con veneración, y remata con la intromisión de estos fenómenos virales en la política.
Todo esto acompañado de abundantes evidencias, citas y enlaces, y soportado en rigurosos análisis psicológicos, sociológicos, económicos y políticos que convierten a este libro en un documento de referencia sobre el fenómeno. ¡Ah! Y todo adecuadamente matizado con las genialidades, impertinencias y decires de María Martín, que no dejan indiferente a ningún lector en nuestra lengua.
La conclusión de ENF no puede ser más alarmante: la machosfera congrega hoy a más de cien millones de jóvenes en todo el planeta (una cifra mía, basada en los datos que provee el libro); su fuerza está creciendo y se está convirtiendo en votos. El enfado parece estar in crescendo, pero la responsabilidad de detener este crecimiento todavía no se asume. El feminismo, como argumenta ampliamente María en sus capítulos finales, no tiene esa tarea. ¿Quién lo hará entonces antes de que el mundo se haga invivible para mujeres —ya lo es— y hombres por igual? (¿Solo nos preocupamos cuando la amenaza puede afectarnos a nosotros también? Esta es una reflexión muy válida que hace la autora y de la que me hago eco aquí).
Ambos libros son una colección inagotable de frases que van desde lo ingenioso y satisfactoriamente impertinente, hasta reflexiones muy profundas y dignas de los mejores manifiestos feministas.
«Si a la corrección de la desigualdad la llamamos guerra [de los sexos], a los ataques sistemáticos de los hombres contra mujeres ¿cómo los llamamos?» (LaDM).
«El encono de los hombres de hoy no es una respuesta emocional a una irreal pérdida de derechos, es un producto manufacturado en Silicon Valley, empaquetado por partidos políticos en declive intelectual y moral y consumido con voracidad por millones de hombres que han encontrado en la indignación su nueva identidad» (ENF).
«Si después de las palabras libertad, igualdad o feminismo viene un pero [—“yo quiero igualdad, pero”—] gentes, ahí no es. Conjugar el verbo peroquear es de señoros» (LaDM).
«Algo que no importa cuando se hace a las mujeres o al feminismo solo empieza a importar cuando afecta a algunos hombres» (ENF).
«La biología no se elige; la socialización no se negocia; se nos da una y se nos impone otra» (ENF).
«Porque la igualdad no se mide solo en el renombre que alcanzan las mujeres de talento extraordinario, sino en mirar cuántos hombres sin él fueron reconocidos antes, más, mejor» (LaDM).
«En medio de todas las resistencias imaginables, el feminismo tiene lo que la reacción machista no: soluciones. Soluciones para una sociedad que, con todos sus ruidos, sus cambios y sus miedos necesita un horizonte más habitable» (ENF).
«Solo hace feminista el trabajo expreso por la abolición de todas las opresiones de las mujeres: el género en todas sus manifestaciones (estereotipos, roles, separación de espacios y tiempos, brechas) y las explotaciones sexual y reproductiva (lo que incluye trata, prostitución y los —mal llamados— vientres de alquiler); si no, no es feminismo» (LaDM).
«El patriarcado los cría y el dinerito los junta» (ENF).
«La independencia del hombre patriarcal siempre fue ilusoria; era una autonomía subvencionada por el trabajo invisible del "sexo débil"» (ENF).
«El hombre roto supone un hombre roto; si le pasa al hombre, le pasa al mundo; si le pasa a las mujeres es cosa suya (victimismo)» (LaDM).
«El tiempo de hablar bajito para no incomodar, de pedir permiso para dar opinión, de esperar toda una vida para clamar justicia ha terminado» (LaDM).
«Sienten que se les ha quitado el mando a distancia de la historia y nos acusan de esconderlo debajo del malvado sofá feminista» (ENF).
«Quien dice "ni machista ni feminista" de buena fe realmente no ve el machismo: no se percibe como generador de opinión universal y por defecto, y considera el feminismo una forma de romper el equilibrio; un equilibrio que no existe» (LaDM).
«El lenguaje es el primer territorio que han perdido: no hemos pedido permiso, hemos empezado a hablar como nos ha dado la gana y hemos impuesto nuestra agenda; por eso se ha convertido en un detector de machirulos» (ENF).
«El sentido común es a la realidad lo que el masculino genérico a la inclusión: un trampantojo verbal; yo soy políticamente incorrecto; no, Manolo, tú lo que eres es tontísimo» (LaDM).
«Las empresas tecnológicas son responsables directas al permitir la monetización del odio y la rentabilización de la misoginia» (ENF).
«La manosfera es un ambiente de homosocialidad radical; un espacio donde los hombres solo se validan entre ellos, usando a las mujeres como un objeto de estudio, de odio, de choteo o de transacción» (ENF).
«Mis deseos son más mundanos, yo quiero tranquilidad para las mujeres mientras están vivas; hay días que incluso me conformaría con que estuvieran vivas» (ENF).
Por supuesto, no todo es olor de rosas (nunca he entendido por qué dicen «color», si lo de las rosas es oler). La lectura de ambos libros no es fácil. En muchos apartes se siente repetitiva y se vuelve difícil sacarle el gusto o aprender cosas nuevas. También resulta francamente agotador leer las interminables sandeces que escriben los personajes citados por la autora para ilustrar sus puntos. Sin embargo, es un agotamiento que se ve compensado, casi siempre, por las acertadas reflexiones y análisis de María, o por las risas que nos saca con sus genialidades.
Lo mejor de ambos libros es, definitivamente, la contundencia de sus capítulos finales, muy especialmente el del libro ENF, que lleva por título «Cerrar el grifo». Leí esas páginas como verdaderos manifiestos feministas que podrían disfrutarse de manera casi independiente del libro que los precede.
Leyendo los libros de María Martín Barranco, especialmente los apartes más profundos y filosóficos (que conforman la mayor parte; el humor y la impertinencia son un escampadero genial, pero ella es ante todo una pensadora profunda), recordé los apasionados argumentos que leí en la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft. Puede sonar muy hiperbólico, y me perdonará la misma María por la comparación, pero yo la veo a ella hoy como una Wollstonecraft de nuestra era.
Aquí me quedo, esperando sus futuros libros.
July 22, 2026
Este libro, aunque está dirigido para mujeres, debería ser leído por todo hombre porqué permite entender a la manosfera en varios aspectos. Respecto a la estructura, existen momentos en que me sentí confundido y sin un buen hilo conductor, pero muchas ideas, están sostenidas por fuentes e investigaciones. En otras reseñas mencionan el humor, al ser Española la autora, para mi como colombiano me costaba mucho entender algunas cosas. Otra cosa interesante es la mención a "influenciers" de gran talla como Jordi Wild (alguien que consumo) es verdad que ha traído a su podcast, The Wild Project, perfiles machistas, pero también a mujeres importantes. Pero claro, muchos jóvenes pasarán de esa entrevista, a consumir el contenido del invitado. La cuestión, sobre los insultos que recibe ella, como TERF, no sé si entran en la categoría de manosfera, podría incluirse en otros grupos y movimientos, da para todo un análisis aparte; pero eso sí, jamás debe usarse el odio hacia otros. Es un gran libro, donde destacó el capítulo 8, mostrando que los problemas de los hombres como: la soledad y la crisis identitaria, debe ser solucionados por ellos mismos, por último, hay muchos hombres que no entran en la categoría de machista y misóginos, la invitación es a no quedarse ahí, sino que se debe denunciar y criticar las prácticas violentas de otros hombres.
De acuerdo con lo planteado en la introducción por la autora, la masculinidad atraviesa una crisis originada por las expectativas sociales impuestas a los varones. Estas exigencias chocan con las limitadas oportunidades reales de un entorno profundamente inequitativo, donde las injusticias y las violencias van en aumento. En este contexto, el feminismo promueve la igualdad y busca que las mujeres sean reconocidas de forma libre como seres humanos, confrontando a un patriarcado que profundiza las brechas sociales. Como consecuencia directa de las conquistas y avances de los movimientos feministas, ha surgido un notable enfado en numerosos hombres; una hostilidad y descontento que, hoy en día, experimenta una expansión masiva potenciada por las dinámicas de internet.
El capítulo inicial examina la identidad masculina tradicional, estructurada históricamente sobre el rol de proveedor, el ejercicio de la autoridad y la represión de las emociones. Ante el desmoronamiento de estos pilares, muchos hombres experimentan una pérdida de su posición y, debido a su resistencia al cambio, optan por culpar al feminismo en lugar de cuestionar su propio modelo. En este sentido, el movimiento feminista resulta clave para posibilitar la propia liberación de los varones.
Asimismo, se analiza cómo la manosfera opera bajo la lógica de la negativa masculina a asumir una adultez funcional. Este descontento se alimenta de aquellos hombres frustrados por perder el control sobre las mujeres y el beneficio de sus trabajos cotidianos. Finalmente, la problemática de la soledad masculina se vincula directamente con la incapacidad de autocuidado y de cuidar a los demás, lo que confirma el ocaso definitivo del mundo que les prometía el rol exclusivo de protectores y proveedores.
Cuando los hombres sienten que su identidad es cuestionada, suelen responder con hostilidad y rechazo, aferrándose a la idea de privilegios naturales que en realidad no existen. Por un lado, el enfado de las mujeres es legítimo, ya que surge de la violencia y la privación de sus derechos; por otro lado, la indignación masculina proviene de la frustración de ver que el mundo ya no se acopla a sus exigencias individuales. El sistema patriarcal ha reprimido la expresión emocional en los varones, catalogando de forma negativa el llanto, la solicitud de ayuda o la manifestación del miedo, lo cual limita la creación de redes de apoyo afectivo entre ellos. Frente a esta situación de crisis, en lugar de buscar asistencia psicológica —cuya demanda no ha aumentado—, muchos hombres han optado por la victimización. Esto ha permitido la proliferación de un mercado que lucra con sus inseguridades, avivado por la falsa promesa de que el éxito y la cima social les correspondían por derecho. Al no verse cumplidas estas expectativas, se ha responsabilizado al feminismo bajo la creencia errónea de que las mujeres les han arrebatado sus prerrogativas.
En la actualidad, una gran cantidad de hombres jóvenes rechaza la existencia de la desigualdad y la violencia de género, llegando incluso un sector a considerar la violencia como un comportamiento natural. Más del cincuenta por ciento de la población masculina percibe el movimiento feminista como una corriente que los discrimina y que ha ido demasiado lejos. Esta percepción generalizada de que el feminismo comete excesos viene acompañada por el temor a las denuncias falsas, en un entorno donde las agresiones sexuales cometidas por varones se encuentran normalizadas. En última instancia, todo este panorama refleja una profunda frustración en la construcción de la identidad de los hombres.
La denominada manosfera se estructura a través de una red de blogs, foros y plataformas digitales donde la misoginia online se ha integrado de forma profunda en la cultura de masas. Este fenómeno evidencia cómo se ha normalizado el desprecio hacia las mujeres en dichos entornos virtuales. Para la autora, la virulenta hostilidad hacia el movimiento feminista constituye una reacción directa ante el impacto y las victorias que este ha alcanzado. Si bien gran parte de las dificultades actuales de los varones derivan de las dinámicas del modelo capitalista y de sus propias acciones, les resulta más sencillo responsabilizar a la población femenina. Un ejemplo de esto es el uso instrumental del suicidio masculino para atacar al feminismo, omitiendo deliberadamente otras variables socioeconómicas que elevan la mortalidad en los hombres y obviando que las mujeres también padecen graves desigualdades, lo que demuestra la quiebra de la meritocracia. Al concluir este apartado, se señala que a muchos hombres les genera desconcierto la propuesta de alternativas fundamentadas en la equidad, el cuidado recíproco, la expresión de la vulnerabilidad, la responsabilidad afectiva y la empatía; de este modo, queda claro que el feminismo no originó la crisis descrita, sino que se limitó a visibilizarla.
El segundo capítulo introduce los llamados "mandamientos de la manosfera", los cuales parten de la premisa de que la igualdad real ya ha sido alcanzada, utilizando este argumento para descalificar las demandas y luchas del feminismo contemporáneo al considerarlo inferior al "de antes". Bajo esta lógica, se estructuran sus pilares fundamentales: el primero afirma el logro de la equidad; el segundo sostiene que los varones sufren una discriminación sistemática provocada por el movimiento feminista; el tercero se alimenta del temor generalizado a afrontar denuncias falsas; el cuarto recurre a determinismos de carácter biológico; y el quinto se sostiene en la corriente redpiller. Esta última postura se caracteriza por rechazar los datos objetivos y construir una férrea crítica hacia el feminismo, promoviendo la creencia en la hipergamia y catalogando de interesadas a la totalidad de las mujeres. De este modo, la responsabilidad se traslada por completo hacia la población femenina, evitando ejercer cualquier tipo de juicio crítico sobre las fallas del sistema económico y político vigente.
Por otra parte, la autora evidencia que las conductas machistas no son exclusivas de la derecha política, puesto que el espectro de la izquierda también ha albergado agresiones de índole machista. En medio de este panorama, la manosfera ha conseguido canalizar y explotar la crisis de tipo emocional que atraviesa la juventud, ofreciendo explicaciones sumamente simplistas para problemáticas globales complejas. Esto facilita que numerosos hombres adopten dichas consignas de forma automática, careciendo de un filtro crítico previo. En última instancia, este entorno digital ha terminado por proveer espacios de certeza y un sentido de pertenencia ante las dinámicas de un entorno social progresivamente inestable.
El tercer capítulo se enfoca en examinar el lenguaje propio de la manosfera. Una de sus prácticas consiste en fiscalizar el historial sexual de las mujeres para menospreciar sus cuerpos y reducirlas a la condición de objetos. A través de esta dinámica, los hombres dejan de buscar una compañera para centrarse en poseer un objeto cuyo valor fluctúa, exhibiendo una postura hipócrita ya que en los varones se aplaude la experiencia sexual. Asimismo, se recurre a la humillación constante de las feministas mediante el uso de violencia verbal que anula cualquier posibilidad de diálogo. El ingreso de muchos hombres a este entorno suele darse por medio de memes o la búsqueda de videos, lo que provoca que el algoritmo empiece a reiterar contenido vinculado a la manosfera. De esta manera, el dolor inicial de quienes entraban buscando una conexión se transforma en odio canalizado por discursos absolutistas. Este ecosistema digital se distingue por el empleo de frases cortas e hipérboles carentes de fuentes o evidencias, el etiquetado masivo de mujeres y la apropiación de conceptos clave como la igualdad o los derechos humanos para reinterpretarlos bajo su propia óptica, teniendo como meta principal prevalecer en los debates.
Con el fin de erosionar la verdad, la manosfera instrumentaliza el victimismo y se apropia de nociones fundamentales como los derechos humanos para vaciarlas de su sentido original. De esta forma, intentan proyectar la idea de que los padecimientos masculinos son una consecuencia directa de los logros alcanzados por las mujeres. Para ello, emplean falsas equivalencias al equiparar problemáticas como el suicidio en hombres con la violencia de género, y desvían las discusiones estructurales hacia los varones mediante la recurrente interrogante de «¿y nosotros qué?». Adicionalmente, se dirigen falacias de carácter personal contra la población femenina y se apela de forma constante al argumento de que «no todos los hombres son así», ignorando deliberadamente que la violencia ejercida contra las mujeres constituye una práctica de naturaleza sistemática.
el cuarto capítulo, ahonda ya en el negocio de la manosfera, en el que la viralidad de los mensajes de odio hace que tengan mucha viralidad, cuando se critican esos mismos mensajes machistas y misóginos, hace que tengan mucho más espacio y alcance, la propia mano esfera crea cámaras de eco donde se repite una y otra vez sus propios mensajes, las investigaciones han mostrado que el contenido antifeminista genera mucha retención de audiencia, se basa así una identidad en el odio hacia las mujeres, muchos creadores de contenido misógino sirven de puentes para otros a un mal machistas, hay personas que se muestran moderadas pero tienen es un machismo encubierto. es común la venta de contenido para seducción y manipulación.
la manosfera culpa al feminismo de ser una secta, pero muchos grupos machistas funcionan como estas, tienden a simplificar mucho diferentes problemas y no mirar lo complejo de estos, infantilizan a las mujeres con sus ataques machistas, se apropian de conceptos para atacar al feminismo, usan la gramática para mandar mensajes con mayúsculas sostenidas. estas Burbujas de eco hace que los hombres tengan que pesar igual que ellos, mucho del contenido que se consume en redes sociales empuja la misoginia, cuando se crea un nuevo perfil en cualquier red social solo basta media hora para que el algoritmo se vuelva misógino, esto causa que muchos jóvenes que entran a redes sociales por primera vez consuman mucho contenido de la manosfera. muchos creadores de contenido de la atmósfera, empieza con un ataque o datos falsos, posteriormente los Bots viraliza ese mensaje, Y las personas que critican este contenido lo vuelven más viral.
El quinto capítulo expone las diversas vertientes y comunidades que integran la manosfera. En primer lugar, se encuentran los seductores, quienes cosifican a las mujeres y promueven el acoso, anulando la posibilidad de generar vínculos afectivos reales. Por otro lado, los grupos de corte político sostienen que el sistema beneficia a la población femenina y la responsabilizan de problemáticas como el suicidio o la precariedad laboral masculina, dedicándose a criticar las leyes protectoras sin plantear alternativas verdaderas. Asimismo, existen sectores enfocados en la ruptura total de relaciones con las mujeres por considerarlas una fuente de riesgo, acompañando esta postura con descalificaciones de diversa índole. Por su parte, los incels deshumanizan a las mujeres al asumir el sexo como un derecho propio, mientras centran sus frustraciones en aspectos anatómicos como la estatura y la mandíbula. Adicionalmente, ciertas facciones mercantilizan un estilo de vida suntuoso basado en la obsesión por el ejercicio físico en el gimnasio —asociando el valor del hombre a su musculatura y no a la salud— o en la búsqueda de la autonomía financiera mediante criptomonedas y otros negocios. Por último, emergen corrientes que fundamentan sus discursos en dogmas religiosos y pasajes bíblicos. En definitiva, todos estos entornos convergen en una total ausencia de empatía, afecto o comprensión hacia las mujeres, relegándolas a una condición de supuesta incapacidad para liderar o tomar decisiones de manera autónoma.
El sexto capítulo expone la transición de la manosfera hacia la violencia real, demostrando que la misoginia no es un hecho aislado, sino un problema estructural, cultural e institucional cimentado en la desigualdad de género. La radicalización de los discursos en estas plataformas no solo busca silenciar a las mujeres mediante la incitación a agresiones físicas, sino que también ejerce violencia sobre los propios varones. Motivados por la soledad, la necesidad de pertenencia y la creencia de ser insuficientes, muchos hombres recurren al uso de esteroides y golpes en la mandíbula para cambiar corporalmente.
Esta hostilidad se manifiesta al catalogar al feminismo como un cáncer, ignorando deliberadamente sus conquistas y difundiendo falsedades en redes sociales como el denominado contrato de consentimiento. Los ataques sugieren que las libertades femeninas vulneran a los hombres, al tiempo que se instrumentaliza la inteligencia artificial para crear contenido sexual de las mujeres y se emplean aplicaciones de mensajería para propagar discursos machistas. Al percibirse como víctimas de un entorno injusto, los integrantes de la manosfera se autoadjudican una licencia para insultar y manipulan relatos de forma selectiva para legitimar sus prácticas. Afectados frecuentemente por la ansiedad, la depresión y el aislamiento, el desenlace de estas dinámicas puede derivar en tragedias extremas como las masacres de Elliot Rodger, evidenciando la facilidad con la que se transita desde el humor misógino hacia la violencia verbal y física.
El séptimo capítulo expone cómo diversos entornos de la manosfera han logrado introducirse en la esfera política, un fenómeno que no se limita a la derecha, dado que la izquierda con frecuencia pierde de vista el propósito de las reivindicaciones de las mujeres. De este modo, ciertos líderes instrumentalizan el descontento masculino para captar votos, promoviendo agendas machistas que provocan el retroceso de los derechos femeninos. Gran parte de estos dirigentes basan su discurso en la trivialización de la violencia ejercida hacia las mujeres y en la negación del componente estructural de la violencia de género, lo que propicia retrocesos en la democracia, ejemplificados actualmente en planteamientos que sugieren retirar el derecho al voto a la población femenina.
Aprovechando el auge de una clase trabajadora marcadamente individualizada, los partidos políticos machistas han capitalizado la narrativa de que los hombres son víctimas del feminismo. Estas agrupaciones toman como referente ideológico a Jordan Peterson y figuras políticas afines como Donald Trump o Javier Milei se ven respaldadas por la manosfera. Así, el público que sigue a los líderes de estas plataformas digitales coincide con la base electoral de gobernantes misóginos, al punto que agrupaciones de ultraderecha incorporan el mensaje redpiler en sus proclamas. Este fenómeno goza de gran aceptación política en naciones como Francia, Italia y Estados Unidos; en estos contextos, cualquier cuestionamiento hacia el machismo o la manosfera es tergiversado como una supuesta persecución y una validación de su proceder. Ante este panorama, resulta fundamental impulsar desde las instituciones una estrategia que atienda el vacío de identidad y la salud psicológica de los varones para contener futuros procesos de radicalización.
El octavo capítulo comienza señalando que, a pesar de las mejoras en los derechos de las mujeres, todavía persisten grandes deficiencias en los ámbitos económico, político y de corresponsabilidad en el hogar. Por un lado, los indicadores negativos que sugieren que los varones atraviesan una mala situación se concentran principalmente en los suicidios, las muertes violentas y los rezagos educativos. Sin embargo, en los demás aspectos de la vida, los hombres continúan disfrutando de muchos más privilegios en comparación con las mujeres, manteniéndose vigentes tanto la brecha salarial como la laboral. De este modo, mientras las dificultades masculinas se vinculan mayoritariamente con problemas de identidad y salud psicológica, las problemáticas femeninas radican en la desigualdad estructural. En consecuencia, el mensaje explícito de la autora determina que los hombres poseen la capacidad y la obligación de solucionar sus propias crisis de identidad y dinámicas de enfado. Las dificultades emocionales de la población masculina constituyen una responsabilidad exclusiva de ellos, por lo que las mujeres no tienen el deber ni la obligación de resolver dichos conflictos.
Se destaca la necesidad de brindar mejores oportunidades laborales y económicas a los hombres, ya que gran parte de sus dificultades se originan en factores financieros. Asimismo, se propone transformar los valores tradicionales de la masculinidad hacia un enfoque centrado en la responsabilidad y la protección colectiva. Por otra parte, resulta fundamental desmantelar los mitos de la manosfera mediante charlas continuas y sistemáticas en instituciones educativas, abordando temáticas esenciales como el consentimiento y el desarrollo de relaciones sanas.
Para alcanzar estos propósitos, la intervención y el respaldo del Estado son indispensables, puesto que diversas iniciativas orientadas a combatir el machismo han surgido históricamente desde el ámbito del feminismo y muchas de ellas carecen de financiamiento público. Finalmente, se señala que las frustraciones masculinas deben orientarse hacia la lucha política y los espacios terapéuticos, evitando que este descontento se dirija erróneamente en contra del movimiento feminista.
A partir de la pregunta viral sobre si las mujeres preferirían encontrarse a solas en un bosque con un hombre o con un oso grizzly, la autora analiza las reacciones en las redes sociales. Estas respuestas evidencian que la simple presencia masculina genera terror, debido a una educación basada en la hipervigilancia. Aunque comparar a los seres humanos con animales supone un daño moral, muchos hombres confunden la denuncia de un patrón sistemático de violencia con la afirmación de que todos los varones son violentos, intentando constantemente presentarse como la excepción para eludir dicha comparación.
Si bien la autora suele enfocarse en perfiles marcadamente machistas y misóginos, al cierre de este apartado examina un sujeto muy habitual: aquel hombre que muestra un comportamiento público impecable, pero que opta por callar ante las prácticas machistas y misóginas de su entorno.
De acuerdo con lo planteado en la introducción por la autora, la masculinidad atraviesa una crisis originada por las expectativas sociales impuestas a los varones. Estas exigencias chocan con las limitadas oportunidades reales de un entorno profundamente inequitativo, donde las injusticias y las violencias van en aumento. En este contexto, el feminismo promueve la igualdad y busca que las mujeres sean reconocidas de forma libre como seres humanos, confrontando a un patriarcado que profundiza las brechas sociales. Como consecuencia directa de las conquistas y avances de los movimientos feministas, ha surgido un notable enfado en numerosos hombres; una hostilidad y descontento que, hoy en día, experimenta una expansión masiva potenciada por las dinámicas de internet.
El capítulo inicial examina la identidad masculina tradicional, estructurada históricamente sobre el rol de proveedor, el ejercicio de la autoridad y la represión de las emociones. Ante el desmoronamiento de estos pilares, muchos hombres experimentan una pérdida de su posición y, debido a su resistencia al cambio, optan por culpar al feminismo en lugar de cuestionar su propio modelo. En este sentido, el movimiento feminista resulta clave para posibilitar la propia liberación de los varones.
Asimismo, se analiza cómo la manosfera opera bajo la lógica de la negativa masculina a asumir una adultez funcional. Este descontento se alimenta de aquellos hombres frustrados por perder el control sobre las mujeres y el beneficio de sus trabajos cotidianos. Finalmente, la problemática de la soledad masculina se vincula directamente con la incapacidad de autocuidado y de cuidar a los demás, lo que confirma el ocaso definitivo del mundo que les prometía el rol exclusivo de protectores y proveedores.
Cuando los hombres sienten que su identidad es cuestionada, suelen responder con hostilidad y rechazo, aferrándose a la idea de privilegios naturales que en realidad no existen. Por un lado, el enfado de las mujeres es legítimo, ya que surge de la violencia y la privación de sus derechos; por otro lado, la indignación masculina proviene de la frustración de ver que el mundo ya no se acopla a sus exigencias individuales. El sistema patriarcal ha reprimido la expresión emocional en los varones, catalogando de forma negativa el llanto, la solicitud de ayuda o la manifestación del miedo, lo cual limita la creación de redes de apoyo afectivo entre ellos. Frente a esta situación de crisis, en lugar de buscar asistencia psicológica —cuya demanda no ha aumentado—, muchos hombres han optado por la victimización. Esto ha permitido la proliferación de un mercado que lucra con sus inseguridades, avivado por la falsa promesa de que el éxito y la cima social les correspondían por derecho. Al no verse cumplidas estas expectativas, se ha responsabilizado al feminismo bajo la creencia errónea de que las mujeres les han arrebatado sus prerrogativas.
En la actualidad, una gran cantidad de hombres jóvenes rechaza la existencia de la desigualdad y la violencia de género, llegando incluso un sector a considerar la violencia como un comportamiento natural. Más del cincuenta por ciento de la población masculina percibe el movimiento feminista como una corriente que los discrimina y que ha ido demasiado lejos. Esta percepción generalizada de que el feminismo comete excesos viene acompañada por el temor a las denuncias falsas, en un entorno donde las agresiones sexuales cometidas por varones se encuentran normalizadas. En última instancia, todo este panorama refleja una profunda frustración en la construcción de la identidad de los hombres.
La denominada manosfera se estructura a través de una red de blogs, foros y plataformas digitales donde la misoginia online se ha integrado de forma profunda en la cultura de masas. Este fenómeno evidencia cómo se ha normalizado el desprecio hacia las mujeres en dichos entornos virtuales. Para la autora, la virulenta hostilidad hacia el movimiento feminista constituye una reacción directa ante el impacto y las victorias que este ha alcanzado. Si bien gran parte de las dificultades actuales de los varones derivan de las dinámicas del modelo capitalista y de sus propias acciones, les resulta más sencillo responsabilizar a la población femenina. Un ejemplo de esto es el uso instrumental del suicidio masculino para atacar al feminismo, omitiendo deliberadamente otras variables socioeconómicas que elevan la mortalidad en los hombres y obviando que las mujeres también padecen graves desigualdades, lo que demuestra la quiebra de la meritocracia. Al concluir este apartado, se señala que a muchos hombres les genera desconcierto la propuesta de alternativas fundamentadas en la equidad, el cuidado recíproco, la expresión de la vulnerabilidad, la responsabilidad afectiva y la empatía; de este modo, queda claro que el feminismo no originó la crisis descrita, sino que se limitó a visibilizarla.
El segundo capítulo introduce los llamados "mandamientos de la manosfera", los cuales parten de la premisa de que la igualdad real ya ha sido alcanzada, utilizando este argumento para descalificar las demandas y luchas del feminismo contemporáneo al considerarlo inferior al "de antes". Bajo esta lógica, se estructuran sus pilares fundamentales: el primero afirma el logro de la equidad; el segundo sostiene que los varones sufren una discriminación sistemática provocada por el movimiento feminista; el tercero se alimenta del temor generalizado a afrontar denuncias falsas; el cuarto recurre a determinismos de carácter biológico; y el quinto se sostiene en la corriente redpiller. Esta última postura se caracteriza por rechazar los datos objetivos y construir una férrea crítica hacia el feminismo, promoviendo la creencia en la hipergamia y catalogando de interesadas a la totalidad de las mujeres. De este modo, la responsabilidad se traslada por completo hacia la población femenina, evitando ejercer cualquier tipo de juicio crítico sobre las fallas del sistema económico y político vigente.
Por otra parte, la autora evidencia que las conductas machistas no son exclusivas de la derecha política, puesto que el espectro de la izquierda también ha albergado agresiones de índole machista. En medio de este panorama, la manosfera ha conseguido canalizar y explotar la crisis de tipo emocional que atraviesa la juventud, ofreciendo explicaciones sumamente simplistas para problemáticas globales complejas. Esto facilita que numerosos hombres adopten dichas consignas de forma automática, careciendo de un filtro crítico previo. En última instancia, este entorno digital ha terminado por proveer espacios de certeza y un sentido de pertenencia ante las dinámicas de un entorno social progresivamente inestable.
El tercer capítulo se enfoca en examinar el lenguaje propio de la manosfera. Una de sus prácticas consiste en fiscalizar el historial sexual de las mujeres para menospreciar sus cuerpos y reducirlas a la condición de objetos. A través de esta dinámica, los hombres dejan de buscar una compañera para centrarse en poseer un objeto cuyo valor fluctúa, exhibiendo una postura hipócrita ya que en los varones se aplaude la experiencia sexual. Asimismo, se recurre a la humillación constante de las feministas mediante el uso de violencia verbal que anula cualquier posibilidad de diálogo. El ingreso de muchos hombres a este entorno suele darse por medio de memes o la búsqueda de videos, lo que provoca que el algoritmo empiece a reiterar contenido vinculado a la manosfera. De esta manera, el dolor inicial de quienes entraban buscando una conexión se transforma en odio canalizado por discursos absolutistas. Este ecosistema digital se distingue por el empleo de frases cortas e hipérboles carentes de fuentes o evidencias, el etiquetado masivo de mujeres y la apropiación de conceptos clave como la igualdad o los derechos humanos para reinterpretarlos bajo su propia óptica, teniendo como meta principal prevalecer en los debates.
Con el fin de erosionar la verdad, la manosfera instrumentaliza el victimismo y se apropia de nociones fundamentales como los derechos humanos para vaciarlas de su sentido original. De esta forma, intentan proyectar la idea de que los padecimientos masculinos son una consecuencia directa de los logros alcanzados por las mujeres. Para ello, emplean falsas equivalencias al equiparar problemáticas como el suicidio en hombres con la violencia de género, y desvían las discusiones estructurales hacia los varones mediante la recurrente interrogante de «¿y nosotros qué?». Adicionalmente, se dirigen falacias de carácter personal contra la población femenina y se apela de forma constante al argumento de que «no todos los hombres son así», ignorando deliberadamente que la violencia ejercida contra las mujeres constituye una práctica de naturaleza sistemática.
el cuarto capítulo, ahonda ya en el negocio de la manosfera, en el que la viralidad de los mensajes de odio hace que tengan mucha viralidad, cuando se critican esos mismos mensajes machistas y misóginos, hace que tengan mucho más espacio y alcance, la propia mano esfera crea cámaras de eco donde se repite una y otra vez sus propios mensajes, las investigaciones han mostrado que el contenido antifeminista genera mucha retención de audiencia, se basa así una identidad en el odio hacia las mujeres, muchos creadores de contenido misógino sirven de puentes para otros a un mal machistas, hay personas que se muestran moderadas pero tienen es un machismo encubierto. es común la venta de contenido para seducción y manipulación.
la manosfera culpa al feminismo de ser una secta, pero muchos grupos machistas funcionan como estas, tienden a simplificar mucho diferentes problemas y no mirar lo complejo de estos, infantilizan a las mujeres con sus ataques machistas, se apropian de conceptos para atacar al feminismo, usan la gramática para mandar mensajes con mayúsculas sostenidas. estas Burbujas de eco hace que los hombres tengan que pesar igual que ellos, mucho del contenido que se consume en redes sociales empuja la misoginia, cuando se crea un nuevo perfil en cualquier red social solo basta media hora para que el algoritmo se vuelva misógino, esto causa que muchos jóvenes que entran a redes sociales por primera vez consuman mucho contenido de la manosfera. muchos creadores de contenido de la atmósfera, empieza con un ataque o datos falsos, posteriormente los Bots viraliza ese mensaje, Y las personas que critican este contenido lo vuelven más viral.
El quinto capítulo expone las diversas vertientes y comunidades que integran la manosfera. En primer lugar, se encuentran los seductores, quienes cosifican a las mujeres y promueven el acoso, anulando la posibilidad de generar vínculos afectivos reales. Por otro lado, los grupos de corte político sostienen que el sistema beneficia a la población femenina y la responsabilizan de problemáticas como el suicidio o la precariedad laboral masculina, dedicándose a criticar las leyes protectoras sin plantear alternativas verdaderas. Asimismo, existen sectores enfocados en la ruptura total de relaciones con las mujeres por considerarlas una fuente de riesgo, acompañando esta postura con descalificaciones de diversa índole. Por su parte, los incels deshumanizan a las mujeres al asumir el sexo como un derecho propio, mientras centran sus frustraciones en aspectos anatómicos como la estatura y la mandíbula. Adicionalmente, ciertas facciones mercantilizan un estilo de vida suntuoso basado en la obsesión por el ejercicio físico en el gimnasio —asociando el valor del hombre a su musculatura y no a la salud— o en la búsqueda de la autonomía financiera mediante criptomonedas y otros negocios. Por último, emergen corrientes que fundamentan sus discursos en dogmas religiosos y pasajes bíblicos. En definitiva, todos estos entornos convergen en una total ausencia de empatía, afecto o comprensión hacia las mujeres, relegándolas a una condición de supuesta incapacidad para liderar o tomar decisiones de manera autónoma.
El sexto capítulo expone la transición de la manosfera hacia la violencia real, demostrando que la misoginia no es un hecho aislado, sino un problema estructural, cultural e institucional cimentado en la desigualdad de género. La radicalización de los discursos en estas plataformas no solo busca silenciar a las mujeres mediante la incitación a agresiones físicas, sino que también ejerce violencia sobre los propios varones. Motivados por la soledad, la necesidad de pertenencia y la creencia de ser insuficientes, muchos hombres recurren al uso de esteroides y golpes en la mandíbula para cambiar corporalmente.
Esta hostilidad se manifiesta al catalogar al feminismo como un cáncer, ignorando deliberadamente sus conquistas y difundiendo falsedades en redes sociales como el denominado contrato de consentimiento. Los ataques sugieren que las libertades femeninas vulneran a los hombres, al tiempo que se instrumentaliza la inteligencia artificial para crear contenido sexual de las mujeres y se emplean aplicaciones de mensajería para propagar discursos machistas. Al percibirse como víctimas de un entorno injusto, los integrantes de la manosfera se autoadjudican una licencia para insultar y manipulan relatos de forma selectiva para legitimar sus prácticas. Afectados frecuentemente por la ansiedad, la depresión y el aislamiento, el desenlace de estas dinámicas puede derivar en tragedias extremas como las masacres de Elliot Rodger, evidenciando la facilidad con la que se transita desde el humor misógino hacia la violencia verbal y física.
El séptimo capítulo expone cómo diversos entornos de la manosfera han logrado introducirse en la esfera política, un fenómeno que no se limita a la derecha, dado que la izquierda con frecuencia pierde de vista el propósito de las reivindicaciones de las mujeres. De este modo, ciertos líderes instrumentalizan el descontento masculino para captar votos, promoviendo agendas machistas que provocan el retroceso de los derechos femeninos. Gran parte de estos dirigentes basan su discurso en la trivialización de la violencia ejercida hacia las mujeres y en la negación del componente estructural de la violencia de género, lo que propicia retrocesos en la democracia, ejemplificados actualmente en planteamientos que sugieren retirar el derecho al voto a la población femenina.
Aprovechando el auge de una clase trabajadora marcadamente individualizada, los partidos políticos machistas han capitalizado la narrativa de que los hombres son víctimas del feminismo. Estas agrupaciones toman como referente ideológico a Jordan Peterson y figuras políticas afines como Donald Trump o Javier Milei se ven respaldadas por la manosfera. Así, el público que sigue a los líderes de estas plataformas digitales coincide con la base electoral de gobernantes misóginos, al punto que agrupaciones de ultraderecha incorporan el mensaje redpiler en sus proclamas. Este fenómeno goza de gran aceptación política en naciones como Francia, Italia y Estados Unidos; en estos contextos, cualquier cuestionamiento hacia el machismo o la manosfera es tergiversado como una supuesta persecución y una validación de su proceder. Ante este panorama, resulta fundamental impulsar desde las instituciones una estrategia que atienda el vacío de identidad y la salud psicológica de los varones para contener futuros procesos de radicalización.
El octavo capítulo comienza señalando que, a pesar de las mejoras en los derechos de las mujeres, todavía persisten grandes deficiencias en los ámbitos económico, político y de corresponsabilidad en el hogar. Por un lado, los indicadores negativos que sugieren que los varones atraviesan una mala situación se concentran principalmente en los suicidios, las muertes violentas y los rezagos educativos. Sin embargo, en los demás aspectos de la vida, los hombres continúan disfrutando de muchos más privilegios en comparación con las mujeres, manteniéndose vigentes tanto la brecha salarial como la laboral. De este modo, mientras las dificultades masculinas se vinculan mayoritariamente con problemas de identidad y salud psicológica, las problemáticas femeninas radican en la desigualdad estructural. En consecuencia, el mensaje explícito de la autora determina que los hombres poseen la capacidad y la obligación de solucionar sus propias crisis de identidad y dinámicas de enfado. Las dificultades emocionales de la población masculina constituyen una responsabilidad exclusiva de ellos, por lo que las mujeres no tienen el deber ni la obligación de resolver dichos conflictos.
Se destaca la necesidad de brindar mejores oportunidades laborales y económicas a los hombres, ya que gran parte de sus dificultades se originan en factores financieros. Asimismo, se propone transformar los valores tradicionales de la masculinidad hacia un enfoque centrado en la responsabilidad y la protección colectiva. Por otra parte, resulta fundamental desmantelar los mitos de la manosfera mediante charlas continuas y sistemáticas en instituciones educativas, abordando temáticas esenciales como el consentimiento y el desarrollo de relaciones sanas.
Para alcanzar estos propósitos, la intervención y el respaldo del Estado son indispensables, puesto que diversas iniciativas orientadas a combatir el machismo han surgido históricamente desde el ámbito del feminismo y muchas de ellas carecen de financiamiento público. Finalmente, se señala que las frustraciones masculinas deben orientarse hacia la lucha política y los espacios terapéuticos, evitando que este descontento se dirija erróneamente en contra del movimiento feminista.
A partir de la pregunta viral sobre si las mujeres preferirían encontrarse a solas en un bosque con un hombre o con un oso grizzly, la autora analiza las reacciones en las redes sociales. Estas respuestas evidencian que la simple presencia masculina genera terror, debido a una educación basada en la hipervigilancia. Aunque comparar a los seres humanos con animales supone un daño moral, muchos hombres confunden la denuncia de un patrón sistemático de violencia con la afirmación de que todos los varones son violentos, intentando constantemente presentarse como la excepción para eludir dicha comparación.
Si bien la autora suele enfocarse en perfiles marcadamente machistas y misóginos, al cierre de este apartado examina un sujeto muy habitual: aquel hombre que muestra un comportamiento público impecable, pero que opta por callar ante las prácticas machistas y misóginas de su entorno.
July 1, 2026
Leer a María es siempre un acierto. Crítica e irónica, lo que hace que la lectura sea más ligera. A pesar de eso, este libro te pone de frente a una realidad que necesitamos mirar con claridad, porque solo así sabremos movernos en ella.
July 20, 2026
Un análisis espectacular sobre la machosfera, la reacción patriarcal y los hombres enfadados actuales. Su estilo particular, critico e irónico, lleno de sarcasmo y juegos de palabras son una delicia. Recomendable por supuesto escuchar sus entrevistas y conferencias para apreciarlo como se merece. Como el anterior, lo he leído escuchando su voz en mi cabeza todo el tiempo. Las explicaciones son didácticas, sencillas y claras. Los cuadros con definiciones y explicaciones son una maravilla, se nota el trabajo de investigación para escribirlo. Deja claro que no queremos ser iguales que los hombres, que este movimiento no consta de unos cuantos adolescentes pegados a sus móviles, es un problema real que tiene consecuencias tangibles para nosotras especialmente. Lo llaman ¨crisis de la masculinidad / epidemia de soledad masculina¨y se ha convertido en el tema predilecto de analistas (en su mayoría varones) que jamás se han preocupado por las mujeres. Nosotras hemos mejorado nuestra situación, pero no hemos llegado ni al equilibrio ni a la igualdad ni la independencia económica real. Ellos no están perdiendo derechos, sino privilegios. Se quejan de la inclusión de las mujeres en medios visuales, en política, en artes, en la vida pública, guardan su amor y admiración para otros varones (homosocialidad). La explicación de las ramas de la machosfera es clarísima y toca puntos muy importantes como agruparlos a todos, sin importar su orientación sexual. Además de aclarar que no buscan igualdad sino poder, buscan pagar a medias para evaluar si somos interesadas, pero sin considerar la brecha salarial ni el patriarcado (la igualdad de pagar y pegar). No minimiza ni demerita lo que ellos sienten, lo disecciona y explica. Ellos tienen que resolver su enfado, no nosotras, no somos sus terapeutas ni psicólogas gratuitas, ojalá TODOS se leyeran este libro urgentemente. El uso de lenguaje no sexista es espectacular, me anoto especialmente: cuerpos de seguridad y cuerpos de extinción de incendios. El odio genera interacción y permanencia, por eso estos movimientos de hombres enfadados los quieren tener enganchados. Una lectura imprescindible, que felicidad encontrar al fin un libro sobre este tema con perspectiva feminista radical, sin rastros de doctrina TQ. Totalmente recomendable. ¨Entre lo que sienten algunos hombres y lo que ocurre de verdad se ha abierto un hueco difícil de nombrar y demasiado fácil de manipular¨¨Estamos exhaustas de navegar en un mar de testosterona herida que exige una explicación para cada avance¨¨El feminismo quiere igualdad en el resultado final, no simetrías delirantes ni distopías punitivas o antipunitivistas que se elijan según convenga a cada ocasión¨¨El antifeminismo actual es una estrategia que explota sin escrúpulos el malestar masculino¨¨No es que no entiendan, es que han decidido que escuchar es una forma de derrota¨¨En su mundo, somos simultáneamente el premio inalcanzable y despojos sociales¨¨Se enfadan por lo que hacemos y se enfadan por lo que ellos mismos inventan¨¨Para imponer su lenguaje de deshumanización, los hombres enfadados tienen carta blanca¨¨El empeño que tienen en que dejemos de escribir y el coraje que les da que no hablemos de lo que les interesa me deja loca¨¨Ellos empeoran porque ya no se les da toda la ventaja¨¨El bienestar de los hombres no es un problema que deba resolver el feminismo¨¨Hemos pasado de ser propiedad a ser ciudadanas de segunda con estudios superiores¨¨Me niego a seguir siendo la enfermera de la frustración masculina o el vertedero de su falta de sentido vital¨¨Quieren igualdad con la misma precisión que yo quiero ser astronauta¨¨Con menos luces que un candil apagado¨¨Listos no son, per originales tampoco¨¨Son más de derechas que el grifo de agua fría¨
June 22, 2026
El libro está muy bien y responde de manera muy clara a la pregunta que plantea. Básicamente, algunos hombres están muy enfadados porque otros hombres se están gastando muchísimo dinero en alimentar ese enfado.
Como yo personalmente no estoy nada enfadado, la lectura es entre sorprendente y deprimente. Todos conocemos a algún señoro como los aquí descritos y esos son, precisamente, los que no van a leer el libro.
La principal pega es el estilo de escritura, con demasiadas bromas y juegos de palabras. Muchísimos. Habría que haberle metido la tijera, porque a menudo vuelven la lectura un poco farragosa.
Como yo personalmente no estoy nada enfadado, la lectura es entre sorprendente y deprimente. Todos conocemos a algún señoro como los aquí descritos y esos son, precisamente, los que no van a leer el libro.
La principal pega es el estilo de escritura, con demasiadas bromas y juegos de palabras. Muchísimos. Habría que haberle metido la tijera, porque a menudo vuelven la lectura un poco farragosa.
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