Una magnífica obra para entender cómo funciona el proceso creativo de un genio como lo fue el gran Miguel Àngel en el Renacimiento. En las páginas se asoma el alma del artista, sus miserias y sus pasiones. Emociona ver como la inocencia de un niño y la ingenuidad de un adulto que se cree un caballo, tienen la capacidad de transformar la amargura del artista en alegría y pasión vital.
“¿Por qué me lleváis tan dulcemente hacia la felicidad de aquellos años, para después clavar el cuchillo en la herida del olvido?”
Porqué, tras la muerte de su adorado Andrea, Michelangelo ha perdido la ilusión y su vida se ha vuelto gris, rutinaria y falta de sentido. En un viaje a las canteras de Carrara, en busca de los bloques de mármol que necesita para el conjunto de esculturas que le han encargado para la tumba del Papa Julio II, entra en relación con diversos personajes que tendrán en el artista una influencia decisiva. Su amigo Cavallino que representa la ternura, la mirada inocente del mundo que le rodea y, especialmente, un niño, Michelle que pone ante los ojos de Michelangelo la inocencia, el candor y la ilusión perdida por el propio artista. Y serán Cavallino y Michelle quienes con su ejemplo e influencia harán que vuelva a brillar la esperanza en los ojos del artista. Y todo a partir de recuperar la memoria perdida del artista: El perfume, la risa, el sabor y el tacto le devuelven sus recuerdos y la vitalidad perdida.
“Aquel olor, ahora embriagador, es de la mujer de la que Michelangelo ha olvidado todo, aquella cuyos rasgos y suspiros encerrara en una cajita enterrada bajo un gran árbol. El perfume como primer recuerdo.
Su risa invade primero sus oídos, después todo su ser. Se vuelve y grita: ¿Dónde estás? La ofrenda de la risa como segundo recuerdo.
De repente, Michelangelo está sentado sobre grandes losas. Tiene cuatro o cinco años. Su madre le da un trozo de torta muy caliente. El rostro está desdibujado, pero oye su voz que dice: harina de garbanzos, agua, aceite, tomillo y amor. Muchísimo amor. Su risa resuena nuevamente. El sabor como tercer recuerdo.
El niño Michelangelo está subyugado de amor, esculpe con sus manitas las capas sucesivas de tela. Sus Sabios dedos no olvidarán jamás la emoción trémula de aquellos instantes. El tacto como cuarto recuerdo.
Después de un silencio, Michelangelo prosigue. Su voz se quiebra: Escucha, cuando yo era niño, tenía una caja parecida a esta, pero se me ocurrió la mala idea de cerrarla con llave y enterrarla bajo un árbol. Por culpa de eso, perdí la memoria. Aquí, gracias a tu risa, la he recuperado, y mis recuerdos han vuelto. Te los regalo para que los mezcles con los tuyos.”