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Obra reunida: Edición bilingüe de Miguel Casado
608 pages, Hardcover
Published May 13, 2026
About the author
Arthur Rimbaud
774 books2,850 followersHallucinatory work of French poet Jean Nicolas Arthur Rimbaud strongly influenced the surrealists.
With known transgressive themes, he influenced modern literature and arts, prefiguring. He started writing at a very young age and excelled as a student but abandoned his formal education in his teenage years to run away to Paris amidst the Franco-Prussian war. During his late adolescence and early adulthood, he produced the bulk of his literary output. After assembling his last major work, Illuminations , Rimbaud completely stopped writing literature at age 20 years in 1874.
A hectic, violent romantic relationship, which lasted nearly two years at times, with fellow poet Paul Verlaine engaged Rimbaud, a libertine, restless soul. After his retirement as a writer, he traveled extensively on three continents as a merchant and explorer until his death from cancer. As a poet, Rimbaud is well known for his contributions to symbolism and, among other works, for A Season in Hell , a precursor to modernist literature.
With known transgressive themes, he influenced modern literature and arts, prefiguring. He started writing at a very young age and excelled as a student but abandoned his formal education in his teenage years to run away to Paris amidst the Franco-Prussian war. During his late adolescence and early adulthood, he produced the bulk of his literary output. After assembling his last major work, Illuminations , Rimbaud completely stopped writing literature at age 20 years in 1874.
A hectic, violent romantic relationship, which lasted nearly two years at times, with fellow poet Paul Verlaine engaged Rimbaud, a libertine, restless soul. After his retirement as a writer, he traveled extensively on three continents as a merchant and explorer until his death from cancer. As a poet, Rimbaud is well known for his contributions to symbolism and, among other works, for A Season in Hell , a precursor to modernist literature.
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July 5, 2026
Para hablar de Rimbaud... ¿Cómo hablar de Rimbaud? Uno de los grandes poetas universales, un referente en muchos aspectos. Hablar de Rimbaud en concordancia es tener que leerlo y leerlo y leerlo, y no parar de leerlo, porque a cada cosa se aprende algo nuevo. Lo leí hace mucho tiempo, con sus Iluminaciones y su Una temporada en el infierno, ¡hasta le hice un collage propio! Pero no nos vayamos por las ramas. Galaxia Gutenberg ha sacado en una preciosa edición toda su obra reunida, tanto los dos poemarios anteriores como su extensa poesía y diversas cartas. Con unas notas introductorias de Miguel Casado que nos adentran en su universo y en la interpretación de su obra literaria, tenemos este cofre del tesoro que se convierte en libro indispensable para todos aquellos amantes de la poesía.
Nos damos cuenta de que nuestra alma está durmiendo, parafraseándole, cuando le leemos. A Rimbaud, digo. Más que nada porque sus estructuras poéticas no pertenecen a ninguna moda ni a ninguna escena del momento en el que vivió al darnos por visto todo lo que ve, todo lo que entreve a través de sus versos. Su poesía, pese a ser algo decadente, nos transforma como un cisne que bate sus alas en un lago de negrura. Vemos esa precipitación en el vacío, en el verbo que se da y se entreabre en el lenguaje. Leer a Rimbaud precisamente en verano no hace más que adentrarnos en ese aspecto decadente de su poesía, algo la destila, como si fuera una bebida añeja que nos sabe vieja y fuerte. Se huele a alcohol y se huele a drogas. Se huele también a cierta libertad y se huele a algo que impulsa lo humano hacia lo que el romanticismo nos ofrecía. Pero ya lo dice él en una carta: nunca se le ha juzgado bien a ese movimiento.
Rimbaud se convierte en una ópera. Hay voces como escenarios. Hay personajes como cantos. Hay, mucha musicalidad que de alguna manera nos aplasta contra el techo: su poesía nos eleva. No hay nada que discutirle a este hombre, pese a que tenga unos 3 ó 4 poemas algo escatológicos que nos sacan del libro, es una completa belleza y parsimonia lo que podemos encontrar aquí. Rimbaud es dueño del silencio así como también de las palabras. Y vive en ellas y vive en él. Y lo hace tan sumamente bien que no me caben más elogios. La poesía de Rimbaud, en cierta manera, no es algo que debamos comprender al 100% para leerla –aunque la introducción de Casado sea magnífica para ello, para algo la tenemos también–, sino consentir que ella nos balancee en su ritmo, que tiene pausas y silencios y cabezazos contra los verbos.
Hay aquí una alquimia del verbo, como bien dice su poema. La respiración, el cuerpo y la luz de Rimbaud van al unísono con las palabras: éstas elogian estas tres cosas. Ciertos aspectos de su poesía se me escapan, quizá los más técnicos, pues el poeta de algún modo tergiversaba los aspectos más sutiles de los poemas. No estamos ante una poesía del todo sutil, sino más bien directa, aunque sí hay cierta sugerencia por lo que Rimbaud experimentaba en su día a día. Digamos, que, nos lo deja ver. Es fascinante la complejidad de sus poemas prosa –¿¡Cómo carajo los hacia?! El nivel de elegancia de esta poesía dice más que nombra, aunque nombra lo que al decir se queda de fondo en las palabras. Es como una cadencia del verbo que se va modificando. Hay cierta rebeldía, transformación del ser que emite y recibe estas palabras, al menos así ha sido mi manera de experimentarlo. No intuyo nada aquí, pues quiero dar paso completamente al misterio de un poema y una prosa lírica que nos envuelve en candor y magnetismo. Me recuerda Rimbaud al humo de un incienso, que va envolviendo el ambiente en algo que se puede palpar y no solo se puede oler. Se rige así esta obra como si fuera un sahumerio de posibilidades, de sentimientos, de ideas. El mundo quiso que Rimbaud enturbiara los ambientes con sus palabras, y los transforma tan bien que la vida se vuelve color dorado, color del sol, color que se asemeja a un faro ardiente en la penumbra de una tarde calurosa.
Nos damos cuenta de que nuestra alma está durmiendo, parafraseándole, cuando le leemos. A Rimbaud, digo. Más que nada porque sus estructuras poéticas no pertenecen a ninguna moda ni a ninguna escena del momento en el que vivió al darnos por visto todo lo que ve, todo lo que entreve a través de sus versos. Su poesía, pese a ser algo decadente, nos transforma como un cisne que bate sus alas en un lago de negrura. Vemos esa precipitación en el vacío, en el verbo que se da y se entreabre en el lenguaje. Leer a Rimbaud precisamente en verano no hace más que adentrarnos en ese aspecto decadente de su poesía, algo la destila, como si fuera una bebida añeja que nos sabe vieja y fuerte. Se huele a alcohol y se huele a drogas. Se huele también a cierta libertad y se huele a algo que impulsa lo humano hacia lo que el romanticismo nos ofrecía. Pero ya lo dice él en una carta: nunca se le ha juzgado bien a ese movimiento.
Rimbaud se convierte en una ópera. Hay voces como escenarios. Hay personajes como cantos. Hay, mucha musicalidad que de alguna manera nos aplasta contra el techo: su poesía nos eleva. No hay nada que discutirle a este hombre, pese a que tenga unos 3 ó 4 poemas algo escatológicos que nos sacan del libro, es una completa belleza y parsimonia lo que podemos encontrar aquí. Rimbaud es dueño del silencio así como también de las palabras. Y vive en ellas y vive en él. Y lo hace tan sumamente bien que no me caben más elogios. La poesía de Rimbaud, en cierta manera, no es algo que debamos comprender al 100% para leerla –aunque la introducción de Casado sea magnífica para ello, para algo la tenemos también–, sino consentir que ella nos balancee en su ritmo, que tiene pausas y silencios y cabezazos contra los verbos.
Hay aquí una alquimia del verbo, como bien dice su poema. La respiración, el cuerpo y la luz de Rimbaud van al unísono con las palabras: éstas elogian estas tres cosas. Ciertos aspectos de su poesía se me escapan, quizá los más técnicos, pues el poeta de algún modo tergiversaba los aspectos más sutiles de los poemas. No estamos ante una poesía del todo sutil, sino más bien directa, aunque sí hay cierta sugerencia por lo que Rimbaud experimentaba en su día a día. Digamos, que, nos lo deja ver. Es fascinante la complejidad de sus poemas prosa –¿¡Cómo carajo los hacia?! El nivel de elegancia de esta poesía dice más que nombra, aunque nombra lo que al decir se queda de fondo en las palabras. Es como una cadencia del verbo que se va modificando. Hay cierta rebeldía, transformación del ser que emite y recibe estas palabras, al menos así ha sido mi manera de experimentarlo. No intuyo nada aquí, pues quiero dar paso completamente al misterio de un poema y una prosa lírica que nos envuelve en candor y magnetismo. Me recuerda Rimbaud al humo de un incienso, que va envolviendo el ambiente en algo que se puede palpar y no solo se puede oler. Se rige así esta obra como si fuera un sahumerio de posibilidades, de sentimientos, de ideas. El mundo quiso que Rimbaud enturbiara los ambientes con sus palabras, y los transforma tan bien que la vida se vuelve color dorado, color del sol, color que se asemeja a un faro ardiente en la penumbra de una tarde calurosa.
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