Una colección de cuentos un poco dispares. Parte con "El regreso de Anaconda" y esa frase mítica que para mi resume la obra de Quiroga, en la que la Naturaleza juega siempre un papel, si no principal, siempre determinante:
"Cuando Anaconda, en complicidad con los elementos nativos del trópico, meditó y planeó la reconquista del río, acababa de cumplir 30 años".
Pero el resto de los cuentos, ya se sabe, no tienen nada que ver con este universo y están todos centrados en un poblado de Misiones y en la descripción de personajes que el autor considera "desterrados", no sólo de su país y de la civilización, sino que de la vida misma. Los llama "ex hombres" y "despojo humano", pero al mismo tiempo los admira por su caracter que califica de "pintoresco" y "extraordinario". Y es cierto que estos personajes son, si no admirables, al menos de leyenda, lo suficiente para sustentar las historias que se tejen alrededor de ellos.
El problema es que Quiroga, como le repitieran en alguna ocasión, no sabe escribir, con lo cual me refiero a que no sabe llevar a término sus historias, que se quedan en la descripción de un momento, de una situación o de un personaje, lo cual no es sufciente para tejer un relato coherente, con más finalidad de la que tendría una fotografía de esos mismos instantes.
Lo mejor de Quiroga son entonces esos momentos en los cuales su pluma alcanza una belleza o una poesía que trascienden la historia misma y que son más frecuentes en algunos tipos de relato, en los mejores logrados. Quiroga podrá ser el padre del cuento corto latinoamericano, pero su maestría reside en frases y momentos que se vuelven inolvidables aún cuando la historia que los aloja ya se haya perdido en el olvido de su falta de finalidad.