San Antonio del Remolino es un pueblo que se niega a desaparecer; sus habitantes viven de historias y recuerdos que se tornan en un eco que se desvanece poco a poco. Cuando llega la inundación que los obliga a migrar y a comenzar de nuevo, el pasado se filtra como lo hace la humedad en las paredes recién pintadas. Blanca Inés escucha llamados que otros prefieren ignorar. El padre Rubén lucha contra sus propios fantasmas mientras intenta convencer a los vivos de que regresen por los que quedaron atrás. Entre rezos, culpas y despedidas tardías, el pueblo comprende que no basta con huir. Hay historias que reclaman ser nombradas, lugares que anhelan ser recorridos y seres que exigen descanso. Volver implica atravesar el miedo, aceptar la pérdida y reconocer que el dolor, cuando no se honra, permanece. En esta novela de atmósfera profunda y resonancia íntima, Jenny Valencia nos lleva a descubrir a través de metáforas cargadas de poesía y nostalgia que hay lugares donde el agua no solo arrasa: revela.
Una novela breve con sabor colombiano, latinoamericano. Poética, intimista, refleja el amor por nuestro lugar de origen, por quienes fuimos. Un abrazo a nuestros muertos que somos nosotros mismos.
Este es un libro que no disimula ser discípulo de Pedro Páramo. Lo digo con la mejor de las intenciones y con el fin de elogiarlo.
La novela logra construir una línea muy fina que divide los mundos de vivos y muertos. Su mayor virtud, para mí, es que la transición entre estos dos mundos es orgánica y fluida, no se nota forzada. Ese es un homenaje claro a la novela de Rulfo.
Me gustó que, aunque no es una novela histórica, es evidente que se metaforiza la historia real de El Peñol. Se cuenta cómo fue la huida y el posterior desarraigo de los habitantes de un pueblo que ya no existe.
Su lenguaje poético y su manejo del tiempo me parecieron muy buenos a nivel técnico.
Por último, los sacerdotes: qué buenos personajes los dos. A Francisco Javier le bastan pocas páginas para ser el personaje más elocuente de la narración. Y luego Rubén, el personaje más complejo de la novela, tratando de llenar los zapatos de su antecesor pero sufriendo de una profunda desdicha que se lo impide. Los diálogos de ambos me parecen los mejores logrados del libro.
Un buen libro en general que, a grandes rasgos, se aleja de algunos lugares comunes de la literatura colombiana.
Me costó bastante acabarlo, pero creo que fue más cosa mía que del libro. La prosa es muy bonita, poética en ocasiones. Se notan las influencias de Rulfo y de García Marquéz, también hay varios guiños a otras obras.
La historia es sencilla, va avanzando lento, los personajes son bien particulares: sobre todo me gustaron Blanca y Bernardo. El desarraigo se siente, el dolor de dejar la tierra, los muertos. El final no sé si me gustó...