La nueva novela de Rodrigo Cortés, uno de los escritores más libres e inclasificables del panorama literario actual.
Gabaón es un pueblo al borde de un cortado, frente al mar, pero también un colegio, un orfelinato, un monasterio. Allí conviven sesenta y una monjas atareadas y llenas de propósito. Y tres curas indolentes con el enjuto y vertical padre Alén al frente, con su voz de rallador de pan, a un suspiro de la madre Adriana y sus enormes gafas. Y una niña acaso endemoniada en una habitación sin ventanas. Y el Hombre Guapo dentro de ella. Y un enjambre de personajes extraviados para enturbiarlo todo.
Con tan improbables ingredientes, Rodrigo Cortés construye una novela deslumbrante. La historia de un lugar, de una niña, de un amor, pero ante todo la historia de dos la del narrador, precisa y tallada, y la de la propia niña, de lengua dislocada y silvestre, tumultuosa, capaz de contar el espanto con naturalidad casi cómica. Poética, divertida y salvaje, Hija delcielo convierte un lugar remoto en un universo sin fondo, consagrando a Rodrigo Cortés como uno de los escritores más libres e inclasificables del panorama literario actual.
Rodrigo Cortés Giráldez (Pazos Hermos, Orense, España, 31 de mayo de 1973) es un director, actor, productor y guionista español. Desde joven se encuentra especialmente vinculado a la ciudad de Salamanca.
Hija del cielo es un libro muy Cortés. Cuesta explicar exactamente de qué trata. A priori tenemos una historia rarísima en un colegio/orfanato/monasterio perdido frente al mar, con monjas, curas, una niña encerrada y la sospecha constante de que pasa algo que (quizás) no debería estar pasando. Rodrigo no juega limpio con tus neuronas en ningún momento. Y por eso, simplemente, la historia te atrapa, te abraza, te zarandea y te revuelve el cerebro.
Es un libro escrito a dos voces. Capítulos pares e impares se baten en duelo literario para contarte el punto de vista de una niña un poco (rara) especial y una voz narradora que zurce las ideas y da contexto a la obra. Bueno hablemos de la niña...
Tiene una forma de hablar completamente desatada, entre ingenua, divertida y perturbadora, a veces hasta soez sin querer serlo, porque saber no saber nada, pero lo cree saber todo aunque sea mentira. Consigue que sus capítulos estén pintados de un grumo oscuro con pinceladas de humor. Si a veces humor negro, como debe de ser.
Como te decía, al lado está la narración más precisa y trabajada de los otros capítulos, con mucha delicadeza poética y buscando el nexo permanente entre lo onírico y lo real, dando la información justa para que tú tengas que elucubrar a veces el qué, a veces el cómo o incluso el por qué.
Precisamente por esto no es una novela para leer buscando respuestas rápidas ni una historia de terror al uso. Cortés se recrea muchísimo en el lenguaje, en las imágenes y en crear esa sensación de estar metido en un sitio extraño donde las reglas no están del todo claras o incluso alguna no ha sido explicada (todavía). Hay momentos bastante turbios y otros directamente surrealistas, pero siempre con una atmósfera literaria apabullante. Cortés genera cine en letras. Algo genuninamente maravilloso.
Quizá lo que más me ha sorprendido es cómo consigue que una historia que sobre el papel podría parecer bastante sencilla (una niña encerrada y todo lo que sucede alrededor) termine convirtiéndose en algo mucho más grande y extraño. Hay religión, miedo, abuso de poder, misterio, humor de todos los colores y bastante mala leche, pero sin que la novela parezca estar dando lecciones todo el rato. No busca eso, es más quizás seas tu el que tenga que buscarle el sentido a la narración, pensar antes de leer, releer y sacar conclusiones que seguramente sean tan equivocadas como las mías. En este libro importa el camino. El final es tan accesorio como necesario.
En definitiva, una novela muy particular y muy de Rodrigo Cortés: imaginativa, incómoda, divertida por momentos y bastante difícil de olvidar. Se mastica lentamente, saboreando la forma de jugar con el lenguaje del autor y también por no darte todas las respuestas mascadas, pero a mí me ha dejado con esa sensación tan buena de terminar un libro y pensar: ¿pero qué demonios acabo de leer? Necesito más. Más niña y más Gabaón.
Es, bajo mi punto de vista, algo más allá de una historia, un desparrame de palabras con una misión más artística que literaria. Los sucesos importan poco, porque Gabaón a veces existe pero otras no, y los personajes hablan pero no construyen un diálogo sino una especie de espiral ascendente hacia ningún lugar. La niña se expresa a base de comas, el padre Alén a través de filigranas y el resto vive en su propia cabeza. No profundiza, se recrea en lo sensorial, en las palabras, en frases sucintas, en esperar la llegada del otoño. Es extraño por lo inusual y novedoso que resulta en el panorama literario actual. Es tan diferente que llega a ser refrescante. También es frustrante y confuso en ocasiones. En otras es divertido, en otras pretende serlo. Es muchas cosas y a la vez no cuenta nada.
Una novela magnífica, genial en el aspecto técnico –si no hasta barroca en el despliegue de herramientas– y mejor aun en el artístico. A medida que se va complicando el asunto, el libro adquiere un tono sobrecogedor. Supongo que por eso este es, de entre todos los que ha publicado por el momento, el texto de Cortés que más me ha recordado a sus películas.
Tiene la desgracia de haber hecho muchas cosas bien antes, tanto en cine como en literatura; entonces yo creo que los que seguimos a Cortés ya hemos comprado el libro el primer día. Bienvenidos a los que les dé curiosidad y se unan a la fiesta.
Un libro magistral, dual y provocador, en todo caso sensorial. Nos lleva por un viaje desde la comedia hasta la incomodidad, con personajes que se cuelan en tu cabeza con peso y presencia que se quedan contigo a vivir. Una novela para dejarse llevar de la mano del autor, con los ojos cerrados y la mente abierta. Fuerte recomendación.
Se nota que Cortés ha pensado cada frase, pero parece que no ha pensado mucho más. Un mecanismo de órfebre florido, vistoso, repetitivo, extenuante y, al final, facilón. Recomiendo, eso sí, leer a la niña torcida en voz alta.
Ojalá compartir el entusiasmo del marketing, pero no sintonizo con esta vibración.