Querido Marwan,
Por si acaso llegas a leer esto, quisiera confesarte que no hay un solo futuro que hayas escrito que pueda compartir contigo. Y me apena que en tu revolución literaria, en tus cantos de amor a la poesía, en tus palabras inconexas sobre la enfermedad del amor, no haya un solo pensamiento que hayas escrito en mi memoria. Me apena. En tanto, confesarte que se me hizo eterno tu exquisita formar de atribuir cualidades a tus mujeres y a veces se me ha hecho agua la boca con tanto derroche de sentimentalismo y nobleza. Quizás hubo uno que otro poema que voy a recomendar seguro y que diré que en tus manos hay cierto encanto escondido, un león durmiendo en un desierto de amapolas, cuidando ciegamente al alba y celando eternamente a la noche. Quizás lo haga, pero es un quizás, no te prometo nada.
Dejando de lado este pensamiento inicial. La primera parte del libro está ligera y atractiva, hay cierto encanto en la forma de relatar sus manías por su novia y la convicción que tiene sobre el dios que ella lleva dentro. Pero así como una montaña rusa, va cayendo y de la emoción inicial, viene la inercia y el querer que se acabe rápido. Me pasó ya, al cabo de las 100 páginas. Se me hizo eterno, lánguido, fuera como un chicle que nunca se deja de masticar y hastía.
Tiene su encanto, porque lo tiene y he de confesarlo, pero teniendo tanto de que escribir y la oportunidad de plasmarlo, no sé, pensaría yo en escribir sobre los celos, los miedos, los engaños, la tristeza. No sé. Algo que se pueda hacer poesía sin recurrir siempre a los mismos recursos para hacer referencias a las mismas cosas.