Los quince relatos que componen este libro de Jorge Quiroz trazan una suerte de radiografía de varias décadas del desarrollo de Chile desde una perspectiva a la vez íntima y social. Son cuentos que nos adentran en capítulos de la historia cotidiana del país, que recrean un mundo propio en los avatares de sus devaneos políticos y económicos, y que van urdiendo una filigrana de situaciones y elementos familiares, aparentemente banales, y a través de los cuales va surgiendo una realidad inquietante, a veces incluso cruel y brutal, cuyos límites resultan ser muchas veces transgredidos.
Pocos saben que Jorge Quiroz, el actual Ministro de Hacienda, tiene una veta de escritor. Su libro de relatos llamado “Cuentos pendientes” (2015, Ceibo Ediciones) es uno de esos que cuesta encontrar, con poca circulación pese a algunas críticas favorables. Se pueden destacar unos cuentos que destacan por su sabor porteño y el dolor de barrios destruidos en dictadura. Una sorpresa, dado el gobierno en el que participaba, pero que calza bastante con su historia personal que se ha filtrado. También llaman la atención algunas “predicciones” que tienen sus relatos en temas de políticas públicas. Por ejemplo, el diálogo de un funcionario con el jefe de la SECOM de un gobierno que quiere controlar la agenda mediática por los recortes, o la historia de un desempleado que se presta para lavar activos.
“Y por eso le digo, Benavides, que ese asunto al final fue algo que tuvimos que arreglar entre italianos porque ni yo era un fascista, era de derechas no más, pero en ningún caso fascita, y tampoco Renato había sido partisano y menos Commendatore, si eso se lo inventó, aunque claro que era de izquierdas, pero ni él fue partisano ni yo facista; si éramos hasta amigos, y los os pasamos esa otra noche de vísperas de la toma de Florencia escondidos en el mismo sótano, escuchando silbar las balas mientras nuestros compatriotas se mataban entre sí, porque sabrá Benavides, habíamos llegado juntos a Chile pero aquí, por los sesenta, el país tan dividido, Renato no halló nada mejor que decir que había sido Partisano y yo, cuando vino el golpe, dejé que me pusiera fama de fascista”.