Cuando se conjugan una buena periodista y una excelente escritora, se obtiene crónicas noveladas de la calidad de La isla de la pasión. Laura Restrepo supo ver la historia, encontrar huellas que el tiempo había deshecho y reconstruir los episodios. La ficción le permitió ampliar y complementar lo que los testimonios callaron, le posibilitó hacer fascinante una historia que en sí misma era atractiva.
Cuesta creer que pasó, que un grupo de personas sobrevivieron olvidadas durante ocho años en un islote del pacifico. Una isla que de pasión solo el nombre, una manera que tenía la isla de engañar porque lejos de ser una paradisíaca porción de tierra, era un terreno inerte y arisco. Aquí no hubo naufragio, al teniente Luis Arnaud, militar mexicano, y a sus hombres les fue encomendada la tarea de habitar y defender de invisibles invasores franceses la isla de Clipperton, como también se le llamaba. En compañía de sus familias habitaron, vivieron y sufrieron ese indómito pedazo de tierra.
Estamos ante la segunda novela publicada por Laura Restrepo (1989) y si bien se notan las distancias con Delirio (2004), incluso con Dulce compañía (1995), sigue teniendo calidad de sobra. Nada de arabescos, de irse por las ramas y de recurrir a un estilo exuberante. La vena periodística de Restrepo está presente en ese lenguaje sencillo y diáfano, que también es poético y evocador. Me mantuvo absorta, reí, sentí asco, indignación, dolor, y a veces me conmovió hasta el llanto.