Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974) es un escritor español, doctor en Literatura y profesor de Secundaria y Bachillerato.
Autor de ensayos, poemas y cuentos, con su primer libro de relatos "Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino" (editorial Balduque) ganó el Premio Setenil en 2016.
Como novelista ha publicado en la Editorial Candaya "Factbook", "El libro de los hechos" (2018) y "Los que escuchan" (2023).
Es responsable de la edición crítica de la obra de Roberto Juarroz "Poesía vertical", de editorial Cátedra. Como poeta ha publicado "Diario de las bestias blancas" (Premio Internacional del Poesía Dionisia García, 2008), "Las célebres órdenes de la noche" (2016) y "La cadena del frío" (2020). En 2023 su poemario "El nudo" ganó el Premio Nacional de Poesía Antonio González de Lama, convocado por el Ayuntamiento de León.
Hay obras cuyo discurrir no depende de una intriga de grandes acontecimientos, sino del despliegue minucioso y magnético de una voz interior. El mago David, de Diego Sánchez Aguilar, pertenece a esta estirpe de novelas monologales e hiperconscientes. Con un tono tan hiperlúcido como delirante, la narración evoca a referentes inevitables de la literatura del desasosiego y la introspección obsesiva, como Ernesto Sabato (El Túnel), Pessoa (Libro del desasosiego) o Dostoyevski (Memorias del subsuelo), al tiempo que absorbe el pulso contemporáneo, dialéctico y saturado de ironía característico de autores como David Foster Wallace.
La peripecia argumental arranca de forma aparentemente sencilla: el narrador-personaje, un profesor de instituto sumido en la inercia cotidianista, recibe tras dos años de silencio un mensaje de «Ella», la mujer de la que estuvo locamente enamorado y que para él encarnaba la literatura genuina. Ella lo cita para ver un espectáculo de ilusionismo en el Whatever, un bar que en el pasado compartieron de forma casi ritual.
A la espera de un reencuentro que no llega a producirse de inmediato, el tiempo de espera se dilata y se transforma en un análisis a contrapelo de su vida. El protagonista va explicitando las ficciones y mentiras que sostienen su presente: la rutina marital, la decepción del ambicioso proyecto literario jamás escrito y la alienación del trabajo. Como válvula de escape ante ese ahogo, realiza pequeños actos poéticos o de absentismo: se salta las clases en el instituto, viaja a localidades al azar y deposita pequeños poemas en buzones anónimos.
Su monólogo es como el de una guitarra de una sola cuerda, un arpegio continuo y envolvente que explora la falsedad del distanciamiento irónico actual. Frente a una sociedad sumida en un «divertido hastío autoconsciente», el protagonista oscila entre la hiperconciencia del ridículo —llegando a intuir que Ella, «desde el más allá que era su vida sin mí, me miraba [...] y se reía de mi miseria mortal»— y la necesidad de sostener las «palabras de ilusionista» que hacen creer a los demás que la rutina es sólida.
Cuando el espectáculo finalmente da comienzo, el bar Whatever muta en un escenario epifánico, casi un Aleph o un rito de Eleusis moderno. Los roles quedan perfilados bajo una profunda carga mítica y simbólica: Ella, la creadora inaccesible, se erige en Perséfone; mientras que el Mago David actúa como un Hades particular, dueño de la tramoya.
Lo fascinante de este espectáculo de magia es que no busca el engaño inocente, sino exhibir las costuras del truco. Magia y vida se disuelven en el mismo discurso: «No se nos estaba ocultando nada, efectivamente. Revelar el truco como si no hubiera otra opción que revelar el truco mientras se finge que no se está revelando el truco se había convertido en el auténtico truco y, por alguna razón que todavía no he logrado comprender, eso era absolutamente mágico, y absolutamente triste».
A la manera de la bajada de un viaje de LSD o psilocibes, la autoconciencia del protagonista avanza gota a gota, mostrando cómo el carácter no es algo que construimos en libertad, sino la fuerza ciega que nos aboca a tomar ciertas decisiones y nos moldea. La revelación no es nunca un mapa definitivo, sino una verdad intuitiva sobre la fricción entre la ambición frustrada (representada también en la rivalidad con M., el falso amigo de novelas vulgares) y la autenticidad perdida (que tampoco es tal, puesto que no existe la autenticidad, la igualidad de uno mismo consigo mismo).
El mago David es, además, una fina reflexión sobre el artefacto literario y su ecosistema sociológico. Sánchez Aguilar interroga qué persigue en realidad el escritor cuando escribe y si existe tal cosa como lo trascendental en la literatura. Ante el cinismo y las falsas ficciones elaboradas, la verdadera poesía acaba desvelándose en los márgenes:
«Entendí que toda la poesía reside en el mundo de la infancia [...]. Comprendí que todos los recuerdos de la infancia son destellos de luz que flotan en un océano de oscuridad, y que no hay en ellos causas, ni consecuencias, ni psicologías miserables, solo destellos de verdad, breves manifestaciones de la verdad intraducible del mundo...»
Con un lenguaje afilado y una estructura dialéctica donde cada verdad esconde de inmediato su contradicción, Diego Sánchez Aguilar firma una obra tan deslumbrante como neurótica sobre cómo nos contamos nuestra propia existencia para no colapsar. El mago David funciona como una paradoja fascinante: una novela sobre los trucos que inventamos para sostener la cotidianidad que, a través de la revelación de su propia tramoya, consigue ofrecernos un destello de verdad sobre quiénes somos y cómo encarar lo que nos espera al otro lado del escenario.