El terror no solo emerge entre las sombras de la noche; también puede emboscar a plena luz del día, bajo el sol inclemente del desierto nortino o en las calles grisáceas de la capital. En estos diez cuentos lo insólito se mezcla con lo macabro, en un ritual que revela tanto las heridas del cuerpo como las del alma.
Esta antología es un promisorio debut para el escritor y cineasta antofagastino Octavio Hernández, ganador del prestigioso Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral con el relato que da nombre a este libro.
Con una prosa poética, los diez cuentos de Octavio Hernández pululan como serpientes ebrias por pesadillas macabras, arrastrándote a las garras de sus profundidades.
Al leerlos uno se traslada en el tiempo: estamos ante historias de terror clásico, pero ambientadas en el ahora. La influencia del terror clásico se respira tanto en la prosa como en las ideas, trabajadas con maestría.
Octavio juega constantemente con escenarios cotidianos, aparentemente sin peligros —un cine, un viaje en bus, un viejo amor— , pero que esconden algo impensado, algo que desafía la normalidad y por eso mismo aterra.
De los diez cuentos, mis favoritos son estos tres:
1- La balada de Julián Cortés. Un cuento narrado con dos puntos de vista que me voló la cabeza. El mejor de la antología sin duda.
2- Del otro lado. Borgiano a más no poder. El final lo releí una y otra vez, sin dejar de sorprenderme.
3- La noche eterna de Emilio Cruz. Aunque es predecible, su virtud recae en cómo está contada la historia. Un disfrute de principio a fin.
Mención especial para Comprachicos y Ojos de tigre. Me recordaron a la serie Escalofríos.
Con este libro, Octavio Hernández se posiciona como una de las grandes promesas del terror nacional. Estoy ansioso por conocer más de su literatura.
Si disfrutas los cuentos de terror, La noche eterna de Octavio Hernández es una colección que vale la pena leer.
El libro reúne diez relatos que combinan misterio, suspenso y terror, logrando generar tensión e intriga desde las primeras páginas. Uno de sus mayores aciertos es la capacidad del autor para atrapar al lector desde el inicio y mantener el interés hasta el desenlace de cada historia.
Mis relatos favoritos fueron “Ojos de tigre” y “Mudar de piel”, dos cuentos que, por distintas razones, fueron los que más me dejaron pensando una vez terminados.
Si te gustan las historias inquietantes y las colecciones de relatos que se leen con facilidad, esta puede ser una muy buena opción.
A veces, se suele reducir el terror a espacios comunes: criaturas o fenómenos paranormales. Sin embargo, existe un miedo más hondo, palpable e interno, donde lo desconocido envuelve y devora desde dentro. Esa es la atmósfera que domina en La noche eterna de Emilio Cruz, la antología de diez relatos que destila personalidad.
Octavio Hernández propone una colección con un ritmo vertiginoso, fusionando el thriller con el terror. La tensión es el eje que lo vertebra todo; sin darte cuenta, te ves atrapado en sus páginas, urgido por la pregunta: ¿qué rayos está pasando?, ¿cómo saldrá el protagonista de esto?
Admiro su manejo de lo psicológico, logrando un equilibrio preciso entre lo poético, lo rítmico y la construcción de lo ominoso. Hay algo con los lugares y las direcciones, cuando las usa, no solo una simple ubicación, sino que pesan en el conflicto. Además, Hernández sopesa realmente bien la extensión de los relatos, evitando que pierdan intensidad o midiendo -tal cual como si se tratara de alquimia-, cuándo cortar o cuando deben extenderse.
Disfruté especialmente el cuento que da título al libro, una pieza brillante que te mantiene alerta, mirando hacia los lados, sobre lo que no fue, además de esas dudas que pueden calar. También destaco aquel relato que roza lo conspiranoico y el noir, con una atmósfera asfixiante que te obliga a mirar hacia abajo -ubicado en Antofagasta-.
Otro elemento fascinante es su capacidad para trabajar lo local con autenticidad. Necesito seguir explorando la obra de este autor; su propuesta es sumamente sólida, recomendable no solo por su formato directo y cómodo, sino por su talento para construir desenlaces y guiar al lector a través de una verdadera montaña rusa emocional.