El arte, como catalizador, puede ser un abrazo, una brújula, la mejor y peor de las compañías. También es, en ocasiones, una respuesta a un trauma, un lenguaje familiar, una salida ante la hostilidad. Víctor parece conocer bien estos canales y escribe una novela sobre tres personas que, a través del arte, abrazan su propia humanidad.
Noel escucha una melodía y su particular mundo de cifras, horarios y autoexigencia explota. Y es en las ruinas de su propia identidad donde descubre el color, el amor y la vida.
León hace el payaso. Busca en la risa esconderse de sí mismo, de su egoísmo y la contradicción. Pero León es más valiente de lo que él mismo sospecha y sus principios arden honestos, a pesar de lo impostado.
Amalia convive con el azul de su tristeza. Más consciente que los otros dos de quién es, sospecha y mide la distancia con el vacío.
¿De qué vacío hablo? De la vida sin propósito, sin capacidad de decidir, narcotizada por el confort que provoca delegar la responsabilidad. Hay algo de política en todo esto, pero creo que la novela va de estas tres personas. Un mundo donde las inteligencias artificiales, la generación de contenido, la verdad diluida y el cansancio han extinguido la llama de lo que significa ser humano. Pero bueno, ya se sabe: donde hubo fuego…