Este libro es para releerlo. Lo sé porque me ha pasado algo muy curioso: lo empecé admirada, lo continué decepcionada y lo he terminado hoy mismo con lágrimas en los ojos. Creo que tengo que releerlo precisamente por esos altibajos, porque hacia la mitad me pareció que su escritura se volvía retorcida, cargada, muy difícil de seguir, al menos para mí. Y no me gustaba nada leer así a Carmen Martín Gaite, cuya manera de contar historias me ha fascinado desde que cogí por primera vez uno de sus libros. También creo que tengo que releerlo porque la complejidad que entraña este libro solo podré entenderla en su totalidad después de leer la mayoría de sus novelas, su poesía, sus collages y hasta su vida. Pensar que Lo raro es vivir es una historia más es quedarse en la superficie. Para mí, es necesario tener presente durante toda la lectura que ella perdió a su hija. Es una especie de reconciliación: leer la historia de una hija que ha perdido a su madre cuando la persona que escribe es una madre que ha perdido a su hija.
Pero, al margen de relecturas y quitando esa parte intermedia que me pareció algo tediosa, tengo que decir que, una vez conectas todos los cables sueltos, es una novela asombrosa que ahonda en la pérdida, en la memoria y en lo caóticas que podemos resultar las personas en determinados momentos de nuestra vida. No hay una historia increíble, no te vas a encontrar con un argumento trepidante. Son más instantáneas, aparentemente inocuas, que construyen un relato real, sencillo, en el que lo que importa verdaderamente son las reflexiones que sacamos de él.
Y no puedo terminar esta “reseña” atropellada sin destacar lo que más me ha gustado de este libro (y en general de todo lo que he leído por ahora de Carmen Martín Gaite): su capacidad para trazar una línea entre la historia que tiene lugar dentro de la novela y la historia que ella vive (y nosotros vivimos, por tanto) mientras escribe la novela misma. Es difícil de explicar. Digamos que hay una historia dentro de otra historia y que cada una es un reflejo de la otra. Si en El cuarto de atrás me maravillaba que la protagonista (ella misma, pues es autoficción) escribiera un libro a medida que transcurría la narración y ese libro fuera el mismo libro que estamos leyendo, que existe de verdad, El cuarto de atrás; en Lo raro es vivir entendí que la obsesión de la protagonista por reconstruir a base de fragmentos dispersos la vida de un aventurero del siglo XVIII para terminar su tesis fluye paralelamente a la obsesión por reconstruir y sanar el recuerdo de su madre, su propio recuerdo y su propia vida. Es algo fascinante. En este caso tiene mucho que ver con lo que mencionaba de las relaciones madre e hija, pero va más allá. Este juego, esta especie de rompecabezas, es lo que ha logrado que incluso cuando menos estaba disfrutando me mantuviera expectante. Darme cuenta de este “entrecruce” de historias hizo que no me despegara ni un momento del libro porque romper la barrera ficción-realidad e involucrarnos así en él es algo que pocos saben hacer con la maestría de Carmen Martín Gaite.