“¿Tenés el último libro de Ana Frank que el Diario me encantó?”
Insólitas, sorprendentes y desternillantes situaciones inspiradas en pedidos reales son la base de esta novela, en la que no todo es ficción. Cualquier lector que durante la próxima visita a su librería habitual esté suficientemente atento, podrá escuchar –cuando no protagonizar– diálogos equívocos y escenas desopilantes como las que Luis Mey –en su doble faceta de escritor y librero– recopila y presenta en este volumen. Autores de renombre universal, títulos y personajes clásicos de la literatura aparecen en cada una de estas páginas; pero son sin embargo los libreros, la librería y los lectores (los últimos tres eslabones de la cadena del libro) los verdaderos protagonistas de esta obra. Con fina ironía y vuelo literario, Mey logra captar el submundo cotidiano de una librería en un relato en el que no faltan conflictos laborales, ladrones y fantasmas.
Autor de la trilogía sobre un chico del conurbano conformada por Las garras del niño inútil, En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo y Los abandonados (Factotum Ediciones). También publicó Tiene que ver con la furia (Emecé), en coautoría con Andrea Stefanoni, y la novela de terror Macumba (Notanpuán). Ganó el Premio Décimo Aniversario de Revista Ñ (2013), galardón entregado por primera vez a un autor nacional, por su novela La pregunta de mi madre (Clarín/Alfaguara).
Este tipo de libros siempre se ganan todo mi amor, porque si hay algo a lo que le tengo un respeto máximo es al oficio del librero. Esta especie de anecdotario cuenta algunas de las situaciones más insólitas ocurridas en librerías argentinas. A veces me preguntaba si realmente las situaciones estaban inventadas para darle un poco de picante al libro, o si realmente podían suceder cosas tales como el lector que pregunta por lo nuevo de Ana Frank. Luego entendí que en todo rubro hay anécdotas de este calibre, que incluso yo misma he experimentado, y caí en la cuenta de lo distantes que pueden estar las personas de los libros y la cultura en general. Es cómico que alguien pida "Malbec" de Shakespeare, así como también es tortuoso ver cómo a veces el cliente se puede tornar la peor porquería del mundo. Gente maleducada, soberbia y altanera que trata pésimo a vendedores que tan solo buscan orientar al lector hacia un buen puerto literario, o incluso gente en busca de libros para "curar o prevenir la homosexualidad" (?).
Asimismo, me gusta que el autor haga un mea culpa en determinadas oportunidades para reconocer que sus actitudes frente a algunos personajes no era la más indicada. Sí, es cierto, más de una vez dan ganas de mandar todo a la mierda, en especial cuando uno tiene un mal día y tiene que tratar con gente con actitudes horrendas. Por eso considero que el libro tiene un balance especial en el que expone ambos lados negativos, tanto del lector como del librero. Ninguno es perfecto.
Es un libro que nos sumerge de lleno a los rincones más absurdos y extraños de las librerías y sus moradores. Honestamente la temática me pareció buenísima, y no pude darle menos de cinco estrellitas, me pareció una excelente lectura, y por supuesto la recomendaría ampliamente.
"Diario de un librero" podía haber sido una de dos cosas. Podía haber sido un libro con anécdotas sobre clientes "exóticos" de librerías (el eufemismo lo uso ahora porque planeo despacharme al respecto después), o podía haber sido una novela sobre un joven adulto que vive la dicotomía de tener su trabajo ideal... y que éste diste mucho de ser ideal, a tal punto de terminar afectándolo física y mentalmente. No es ninguna de las dos cosas. Mejor dicho, es las dos cosas al mismo tiempo. Bajo la excusa de las anécdotas jocosas, está la historia de un joven que sufre más de lo que disfruta su trabajo, y que no quiere ni va a dejarlo porque ese trabajo es su sueño.
Lo que impacta a priori son, por supuesto, las anécdotas jocosas. Uno no puede creer que haya gente que viva en un nivel del ignorancia tan grande como para pedir el libro nuevo de Ana Frank, o "Malbec" de Shakespeare, "Antigoma" de Sofoques. Yo no leí ninguno de los tres libros, y no me interesa leerlos, pero me parece que ya están tan metidos en la cultura popular como para saber al menos algo de la historia de Ana Frank. Al comienzo del libro, el protagonista/el autor cuenta que, charlando con un colega, éste le cuenta que estas "confusiones" le molestan en la medida que el "confundido" que no distingue entre en Stephen King, Stephen Hawking y Antony Hopkins sí está al tanto de cuánto cobró tal jugador de fútbol por su paso de un equipo a otro, o con qué vedette está saliendo, o quién perdió en lo de Tinelli, o las peleas de gatos en lo de Rial. Cada vez más se ve esto. No lo pensemos en los post-40, que creo que la dictadura ha hecho destrozos dicotómicos en ese sentido. Hablemos de los chicos que nacieron con la democracia. Yo conozco un pibe que se auto proclama "lector ferviente" y su colección de libros es Harry Potter, Juego De Tronos, Divergente, Cazadores De Sombras y demases. Y en el momento que intenté sugerirle que se saliera de la literatura pasteurizada (tampoco le dije que leyera Sartre; si mal no recuerdo, le dije que le iba a gustar "La historia interminable" de Michael Ende) me dijo que esos libros no lo leía porque no lo hacían crecer como persona. WTF. Pero toda esta generación tiene está cosa esquizoide que no puede terminar bien. El chico de 25 que compra libros de Marx y Hegel y milita en la izquierda y usa zapatillas John Foos y va al kiosco a comprar una Coca-Cola. El chico de 16 que no va a leer "El conde de Montecristo" porque la madre ya vio la novela con Echarri. El pibe de 20 que nunca entendió "Animal farm" (la falta de interpretación y/o la ultra literalidad es cada vez peor).
Las librerías, al igual que las bibliotecas, son un reducto predilecto por personas a las que les faltan algunos caramelos, todos los caramelos, y la caremelera entera también. Anécdotas de esas hay varias en el libro, y fue lindo saber que no pasan sólo en mi trabajo. Desde las pacientes psiquiátricas hasta los evangelistas desubicados, el espectro completo.
Y después está, en un tercer plano, el dilema de "ser librero". Una cosa es trabajar en una librería, ser vendedor de libros, y otra, muy distinta, es ser librero. Sí vos sos vendedor de libros, te da lo mismo qué vendés, tanto que te da lo mismo si lo que vendés es un libro, un sachen de leche, un koala embalsamado o una sierra eléctrica. Ser librero es otra cosa. Ser librero es que te entre angustia cada vez que un cliente te pide que le recomiendes si le va a gustar más un libro de Coelho o uno de Bucay. Ser librero es visceral. Es que se te despierte una violencia antigua cada vez que un cliente te pide un libro para hojearlo "y si me gusta me lo bajo en pdf". Ser librero tiene que ver con querer que la gente sea feliz; una felicidad a través de la literatura, pero felicidad al fin. Hay en el libro dos o tres anécdotas en las que Mey cuenta de algún cliente que no sólo fue educado y agradecido (nota: si alguna vez los atiende Mey, digan "hola" y "gracias", porque podrían terminar en la segunda parte), sino que también se quedaron charlando sobre literatura. Esos clientes que no sólo sabes que se fueron satisfechos, sino que además te dejaron algo a vos, que te hicieron crecer un poquito. Aunque sean pocos, cada vez menos, creo que es por esas personas que uno es librero. (Y en mi caso, bibliotecario).
En Diario de un librero Luis Mey nos cuenta las peripecias de un librero en una de las librerías más famosas de Buenos Aires, donde te podés encontrar, literalmente, con cualquier cosa. No suelo leer libros de humor ni nada por el estilo porque la verdad que no me suelen gustar (sí, a veces me falta sentido del humor) pero con este libro me reí a carcajadas limpias. Lo más interesante es que no es solo eso, no es solo un recopilatorio de anécdotas estrafalarias y/o graciosas sino que es un viaje a la vida cotidiana de un librero y todos los buenos y malos momentos que eso conlleva. Y a pesar de todo lo que nos contó Mey, sigo sosteniendo que me encantaría ser librera algún día. Cinco estrellas porque la pase genial leyéndolo
Soy de las que idealizan el oficio librero y este texto me ayudó a entenderlo como trabajo, pero también a recordar por qué lo idealizo. Excelente, gracioso, irónico, con recomendaciones para anotar.
"-Yo voy a ser librero. Es el mejor trabajo del mundo."
Luis Mey nos relata su experiencia como librero en una de las librerías más espectaculares de la Argentina (y del mundo), El Ateneo Grand Splendid. Es en la forma de diario que el autor nos invita, hoja tras hoja, a pasear por sus más locas y acertadas reflexiones.
Todos los días vemos acercarse a la sección de literatura (el territorio de Luis, el pequeño país desde donde recibe y atiende a los clientes que, como turistas, buscan pagar visita a tan exquisita tierra) una incesante fila de personajes que si bien se inscriben en el mundo más cotidiano y real, parecen salidos del mejor cuento de ficción. Ahí está un poco el punto del autor; el escritor que quiera afilar sus dotes de narrador debería instalarse con reposera y mate junto a Luis, escuchando y tomando nota sobre las más fascinantes y absurdas historias que cargan las personas de la jungla urbana. Cada uno de los clientes invitará a Luis a reflexionar sobre literatura y condición humana, y no menos importante, a encarar con la frente en alto y el pecho inflado el preciado y rebajado oficio de ser librero.
Hay también mucho humor( ojo, a veces hiere y dan ganas de zarandear al cliente por los hombros), llueven los pedidos desopilantes de los clientes, desde "Malbec" de Shakespeare hasta "Hermafrodita" de Isabel Allende.
Sin duda es un libro para quienes nos sentimos en casa apenas atravesamos las puertas de una librería. Trabajé casi dos años como librero y confieso que me identifiqué en muchas de las anécdotas y cavilaciones que expone el autor.
Diario de un librero, no pareció tan gracioso como esperaba. El personaje más allá de ser un pobre venderor-librero maltrado por la clientela maleducada e ignorante, es un pelotudo atómico, sabelotodo, con cero paciencia e insoportable. No lo disfruté mucho que digamos. 2.5/5
lo quería leer sobre todo porque soy librera y quería ver qué tan universal es la experiencia, pero me parece que nos deja un poco mal parados. somos un poquito snobs y prejuiciosos, pero no tanto, che!
en muchos casos subrayé o marqué algo que me pasa seguido o escribí "tal cual", pero al mismo tiempo no me pareció tan afilado, y la mayoría de las confrontaciones con clientes no se las creo para nada porque son imposibles. son el equivalente de la atención al cliente de cuando te peleas con alguien y en la ducha se te ocurre algo mejor que podías haber dicho: existen solo en tu cabeza. nadie le dice al cliente que lo va a re cagar a trompadas, aunque a veces querramos.
de todas formas hace algo que está bueno, y que es desmitificar y desromantizar la figura del librero. que sí, es un trabajo hermoso, y que sí, también, es comercio y es una garompa, digamos todo. dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. a mí, de momento, me parece que me sirve para marcarlo y pegarle notitas y sobreescribir con mis experiencias, porque me trajo un montón a la mente. y voy a tratar de tener en mente la de la señora con Parkinson. esa a veces está jodida.
Después de 21 días de feria del libro de Buenos Aires, y luego de más de diez años de participar, si tuviera el talento de Luis Mey, escribiría "Diario de un feriante". Tengo anécdotas jugosas. Muy bueno "Diario de un librero".
Reseña N°14 del 2025 EL LIBRO IDEAL PARA AMANTES DE LOS LIBROS O SE DEDICAN AL RUBRO LABORALMENTE
Luego de haber leído el Diario de un librero de Shaun Bythell, esta clase de libros me viene perfecto no solo para conocer la vida detrás del laburo sino ver, entender y comprender las situaciones que debemos tolerar, por mas estrafalarias que sean. Luis Mey nos dice: "todo el mundo debería escribir un diario sobre aquello en lo que trabaja, probablemente alguien lo lea" y no podría estar más de acuerdo con semejante idea. Porque escribir no es solo terapéutico, catártico. Sino un modo de dejar nuestra huella en la sociedad, un reflejo de lo que se vive día a día y que si queremos cambios, debemos empezar por uno mismo. Una edición que no supera las 150 páginas, con portada ilustrada por Rep, reuniendo tantas anécdotas de diversos colegas que aparecen en los mismos agradecimientos. Hubiera sido mi fav del mes, aunque con la reseña siguiente sabrán cuál fue la que destronó el puesto y por qué.
FRASES DESTACADAS
Nota mental: Muchas gracias dicen los mozos. Los libreros no reciben propina: las gracias las tiene que dar el cliente. No voy a decir más gracias. Ni siquiera soy librero. Soy el que atiende. Esa es la pregunta: ¿Vos atendés acá? Así, si atiendo, soy el que atiendo. Y nada más que eso.
Si querés ser librero, tenés que hacer una prueba en tu casa que dura todo un día y que consiste en que un familiar solidario te pregunte entre ochenta y ciento noventa veces lo siguiente: "Joven, ¿cómo están ordenados los libros?" o "Lo que está en la estantería, ¿es todo lo que tenés(...)?" Si soportás esa jornada (en tu propia casa), animate y dejá un currículum en la librería.
Todos los clientes que se fastidian con un sistema tan sencillo como el de la búsqueda de libros dentro de la librería (...), son todos lo que se deprimen al mirar tantos libros de los cuales no tendrán jamás una p*** idea de qué c***** dicen en sus páginas.
(...) el sistema de cliente, que tiene razón incluso cuando trata mal porque sí. No pasa nada. Ni siquiera es una furia de cliente argentino. Es universal. Viene de otros lados.
Cuando a cualquier cliente le contás que los libros también mueren, que muchos no se encuentran más, que no se publican más, que ni siquiera una biblioteca los tendrá, te miran como si fueras el culpable de esos males de la cultura. (...) Y lo que muere con los libros, entonces, es el sentido común.
Ya lo dicen por ahí: la ficción es la verdad dentro de la mentira. Y, por supuesto: si mentís, mentí rápido. Proverbio japonés.
Salgo a caminar y todo lo que veo no va a existir en cien años. Qué alivio. Todo lo que se conserva más allá es porque tiene un elemento que pasó desapercibido a la topadora.
El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. > Yo estoy desquiciadamente enamorado de la gente empantanada.
A la gente le gusta el sistema. Están fascinados con hacer trencito a todos lados.
Nadie le cree. No es falta de fe: es que la vida es corta para creer en alguien. Alcanza, apenas, para creer en algo.
Algún librero en algún lugar del país o del mundo se acaba de dar cuenta de que no es un librero sino un repositor.
A cualquier persona que en el fondo necesite que le digas que no todos los libros están en todas las librerías, inevitablemente te va a mirar como si estuvieras confundido o no supieras por qué decís lo que decís. Y cualquier persona que viene con un título escrito en un papel y una lapicera en la otra mano, solamente quiere saber el precio.
Me asusta no poder hacer tantas cosas cuando no tengo que trabajar. Me asusta no tener la excusa en el trabajo para no hacer todo lo que se puede hacer.
No sé qué es más peligroso: un ingeniero que no quiere ser ingeniero o un escritor que quiere vivir de la escritura. Al ingeniero se le cae un puente y muere mucha gente. El escritor que quiere vivir de eso es capaz de justificar por escrito el puente mal construido.
Todo lo que se necesita para ser alguien es que te lo digan repetidamente de chiquito. Después, ya no importa.
Fabuloso mundo el de las facturas. Si querés saber quién es alguien, tenés dos caminos: revisarle la basura o las tarjetas
No debería detenerme más en pensar soluciones para esos pequeños males que se inventa el hombre: sencillamente porque la idea de mal es del hombre
Es tán aburrido cuando el escritor es así de correcto. Se aprende a ser tan correcto. Escribir correcto puede multiplicarse. Pero no tiene genio. El genio del libro es el que te impide recordar que estás leyendo un libro. Aquel texto es un texto todo el tiempo.
📚 Tal como lo anuncia el título, es el día a día de un oficio en el que, entre anécdotas, reflexiones y situaciones laborales y personales, el escritor se debate entre el valor del trabajo del librero y su degradación a mero "vendedor de libros" en la consideración de clientes y en ciertas condiciones de trabajo.
📖 Por eso, va más allá de la recopilación de historias graciosas y propone una oportunidad para entender sus pequeñas y grandes tribulaciones, considerar aspectos de la lectura, algo del mundillo editorial, el trato (y el maltrato) entre personas, las variables que se manifiestan en una de las librerías más bellas del mundo en torno a la compra/venta de libros y... mucho más.
📖 Inteligente, suspicaz, ácido, irónico, reflexivo y muy gracioso. Para reír, pensar y disfrutar. Muy recomendable, me gustó mucho!!
Este libro es puro goce. Con una serie de diálogos y reflexiones, Luis Mey traza un catálogo de estupideces, hechos, preguntas, sucesos y gajes del oficio del ser librero. Quien fuera ‘‘vendedor’’ de la gloriosa Ateneo Grand Splendid, decide darnos a los lectores (esos eternos soñadores que deseamos trabajar en las librerías) una lección de todo lo que NO hay que hacer dentro de una, para hacer la vida del librero más amena.
Alguna anécdota graciosa en relación a una confusión (El hombre que pide "Las nenas abiertas de américa latina" o la señora que busca el libro "Comen" en vez de "Viven"), algún nombre para buscar después pero no mucho más.
Hilarantes anécdotas de un librero en busca del sentido, me encantó. Desde clientes que piden el libro más reciente de Ana Frank porque el Diario les encantó hasta los que solicitan el sector de "libros para leer". Pequeños relatos que entretienen y se vuelven memorables.
Simplemente bien escrito. El libro narra las experiencias de un librero en el desempeño de su oficio, presenta de una manera divertida la variedad de la 'fauna' humana que pasa por la libreria.
No sigue el estilo de lo que venía leyendo autoría de Mey (es el 3° libro de él que leí), y eso lo hace particular. Me gusta el formato de diario, donde la línea argumental de muchas situaciones sigue una cronología. Me quedo con una maravillosa idea que propone el libro, y es que cada profesión debería tener un diario que alberge sus peculiaridades y anécdotas.
El vendedor se sorprende con cómo, cada día que pasa, se siente más arrepentido con aquella persona que le pidió cuentos sobre manos. Hay millones. Uno por día, por lo menos.
No sé qué fue más insoportable: si leer una narración inconsistente, o si leer a ese protagonista que más que escribir un diario de anécdotas, escribió la declaración de su soberbia.
Me entristeció profundamente este diario porque narra la historia de un vendedor, como cientos de millones que son humillados y explotados diariamente a lo largo y ancho del planeta con la bendición de las leyes inmorales que permiten que alguien lleve a cabo una tarea tan deshumanizante como repetitiva que termina por destruir la auto estima y la esperanza de una generación que tolera estos crímenes sin poner resistencia, ellos que son pieza clave de una maquinaria mal intencionada que lo único que persigue es el enriquecimiento de unos cuantos que no lo necesitan y que solamente por inercia consumen juguetes cada vez más caros. Un mecanismo que no le hace bien a nadie a final de cuentas. El diario muestra a un vendedor que termina por odiar a sus clientes y los reta constantemente, estos no de dan por aludidos, simplemente continúan jugando al estupido juego del cliente tiene la razón. Sufrí mucho leyendo este libro.