En marzo de 2025, a cinco días de la fecha prevista de lanzamiento, la editorial que iba a publicar El odio retiró el libro. La presión general, el revuelo mediático, la inapelable condena pronunciada por las redes sociales bastaron para impedir que llegara a los lectores. Ningún tribunal lo prohibió. Ninguna ley lo vetó. Y sin embargo, el libro no se publicó. Desde el odio es la respuesta de Luisgé Martín a aquel inesperado suceso. En este ensayo, el autor vuelve sobre lo ocurrido no solo como protagonista involuntario de una polémica con regusto a censura, sino como escritor que lleva treinta años explorando los territorios más incómodos de la condición humana. ¿Tiene la literatura el derecho —o la obligación— de acercarse a lo que más nos perturba? ¿Cuál es el precio de la libertad creativa? ¿Puede una sociedad democrática permitirse decidir qué libros merecen existir y cuáles no? Un ensayo urgente sobre los límites de la escritura, la responsabilidad del lector y el papel de las instituciones culturales —editoriales, librerías, medios de comunicación— en la construcción del espacio literario.
Luis García Martín, conocido como Luisgé Martín es un escritor español, Premio Ramón Gómez de la Serna, Premio del Tren "Antonio Machado" de Cuento y Premio Vargas Llosa NH de relatos.
Te has defendido adecuadamente, Luisgé, he de reconocerlo. Tienes razón: juzgué un libro que no había leído. Puse todo el peso de un problema que se distribuye por los circuitos sociales, mediáticos y penales en los hombros de un escritor, como si tu libro o como si tú fuerais los culpables. Me serviste de chivo expiatorio porque algo tan incomprensible como el crimen de José Bretón rebasa los límites de la razón.
Fui irracional y dirigí esa irracionalidad contra ti. Yo, que siempre he creído que la literatura debe ser un espacio que nos confronte, que nos incomode y que nos cuestione, consideré que tu libro, fuera cual fuera, tenía que ser censurable.
No me planteé ni por un momento que todo el panorama mediático se estaba llenando otra vez de las mismas imágenes violentas y morbosas, a pesar de que ni siquiera el libro iba a publicarse. Tampoco vi a nadie hablar de esa pequeña cuestión.
No te voy a engañar, tienes razón también en que me cuesta incluso defender tu causa ahora mismo. Este libro me ha removido mucho. He sido criada en un entorno católico en el que la rigidez moral ha sido central. Defender que se te hizo una putada es lo que me pide mi pensamiento crítico. Un malestar mental, anclado en la culpa y el temor al castigo, se despierta, sin embargo, como si estuviera en el polo incorrecto. Todo el mundo parece tenerlo tan claro, lo que está bien y lo que está mal. Siempre me ha afectado esa especie de claridad ajena que parece no acudir a mí.
Te creo cuando dices que tu libro no era ese artefacto demoniaco y sádico que habíamos imaginado, pero a lo mejor necesitábamos sentir que estábamos haciendo algún gesto de reparación para con Ruth. No creo que parar la publicación de un libro fuera verdaderamente reparador para nadie. A lo mejor no sentíamos socialmente que la prisión fuera suficiente penuria. A lo mejor queríamos volver a castigarle a él y tú te pusiste en medio.
Sé que esto no es exactamente una reseña, pero es lo que la lectura de este libro me ha pedido que escriba.
Tras el extraño escándalo de la censurada por aclamación y presión de mano invisible (o demasiado visible) de "El odio", fruto de las emociones de masas explosivas, catalizadas por amarillismos y moralismos extravagantes, esas de las que ya nos advirtieron Freud, Canetti, Horkheimer o Benjamin, y recordando que la retirada de aquel opúsculo sobre el que se decidió que no podíamos ni opinar, sin haber mediado condena judicial (importante, luego no había delito)...llega una reflexión personal -por tanto, a mitad entre la narración periodistica, la crítica social y la argumentación liberal- acerca de lo acontecido.
No se puede hacer una sintesis de todo lo que el autor comenta y expresa. Hay que leerlo, al igual que Primo Levy leyó las memorias de Rudolf Hoss o del mismo modo que asesinatos terribles (y vicarios) de los últimos años han sido silenciados (apenas una entrada en periódicos) mientras que las televisiones se lanzan como moscardones a los acontecimientos más morbosos, aquellos que más levantan las pasiones y jalean los intereses económicos (Asunta, Madeleine, Bretón...).
Debo decir que no comparto todas las nociones que Luisge Martín aquí plantea -ni él lo pretende-, y creo incluso que comete algunos errores -leves- de pensamiento, como cuando crítica (aun matizadamente) a Foucault, Derrida o Lyotard, como si tuvieran la culpa de relativizaciones y extremismos irracionales actuales (error que también cometieron Marino Pérez Alvarez, Soto Ivars, etc), pero no autores que conocen mejor a estos autores como es el caso de Elizabeth Roudinesco en "El yo soberano", distinguiendo imitadores distorsionadores de fuentes genuinas. Igualmente, aunque sinpatizo con su critica a ciertos feminismos excesivos (cuando se torna ideologia sesgada esencialista e identitaria idealista), creo que tampoco conviene exagerar el alcance ni tono de la deconstruccion y desmitificacion masculina. SÍ cuando se ha planteado de modo erróneo ("Los hombres heterodexuales son emocionalmente analfabetos", de Lucía Etxberria, por ejemplo). También es cierto que Luisge no tiene espacio en este ensayo para profundizar en estos temas.
También creo, leyendo este opúsculo (no puedo opinar sobre "El odio", no lo he leído obviamente), que Luisge se queda a medias en su aproximación a todo lo relacionado con Breton. Aunque es clarividente, refrendado por toda una tradición sólida, a la hora de "humanizar" al monstruo, y a la hora de inhumanizar la humanidad, así como a la hora de subrayar que tantos bienpensantes pueden estar más cerca de asesinos y locos de lo que creen (una enseñanza antropológica y hasta artística) y que los temerosos y convencionales prefieren creer que no es así y que hay angelitos y demonios.
Pues bien, pese a ello, Luisge no parece (es mi impresión) haber hecho un análisis fino a la juventud de Breton, ni a esa inquietante figura que es su madre, ni ha sondeado la llamada "psicosis ordinaria", etcétera. Pero, ciertamente, no es el tema que nos ocupa. Tampoco Busqued o Carrere profundizaron en ese laberinto (de hecho, Luisge creo que ha intentado ir más allá de aquellas narraciones).
Pese a ello, por supuesto, su ensayo es bastante acertado en su defensa del estatus ético de las obras escritas y estéticas, la diferencia entre realidad y representación y la necesidad de reflexionar y pensar sobre todo lo relacionado con el "mal". Caso contrario, éste reaparecerá como un Leviatan monstruoso y devorara a los bellos puros narcisistas que creen que no defecan.
Lo peor de todo esto es que Luisge tenga que venir a explicarnos tanta obviedad, incluso a nivel judicial. Ciertamente sigo sin entender -ahora menos- que fueran presiones (¿Quiénes se arrojaron ese derecho?) las que impidieran la publicación de El Odio. Si hubiera sido un escrito ultrajante, ilegal o hubiera atentado al honor de Ruth o de la condena, hubiera sido cancelado legalmente: no fue el caso.
Por supuesto, cualquiera puede no gustarle que se reflexione sobre asesinos, crímenes, etcétera. Pero debería argumentar y debatir, no poner en la picota a autores, sean más o menos relevantes, excelsos o mediocres. Ni presionar editoriales.
Ojo, que yo mismo no sé si empatizo con algunas de las acciones y relaciones que el autor estableció con Breton; seguramente yo no hubiera actuado de la misma forma, y entiendo que muchos otros ni se hubieran puesto en contacto con alguien así jamás. Pero ese no es el tema. En fin, no puedo decir más porque el resto es leer el libro.
Sobre si "El odio" es una aberración pese a ser legal o una mediocridad no puedo opinar, pero sí que los articulistas que escribieron imprecaciones sobre éste SIN haberlo leído resultan lamentables... Sobre el presente ensayo sí que afirmo que es muy necesaria su lectura. Que este ensayo tambien siga recibiendo boicots sólo muestra la carcoma y confusión de nuestra civilización: morales fantasiosas que sólo regaran un mal real. ¿Antídoto? Filosofia, etica, poesia, arte...de calidad. Y reflexiones sine ira et studio.
Me ha resultado más interesante por las preguntas que plantea que por el libro en sí.
Luisgé Martín parte de todo lo ocurrido alrededor de El odio, el libro que finalmente no llegó a publicar Anagrama, para reflexionar sobre la censura, los límites de la literatura, la presión de las redes sociales, la moral y hasta dónde debería poder llegar un escritor cuando se acerca a territorios incómodos.
Hay ideas muy interesantes y comparto especialmente esa defensa de la literatura como un espacio que no tiene por qué ser cómodo, ejemplarizante ni moralmente irreprochable. También me parece valioso que explique su versión de una polémica que, en buena medida, se desarrolló alrededor de un libro que casi nadie había podido leer.
Sin embargo, por momentos he sentido que el ensayo gira demasiado sobre la misma herida y que algunas ideas se repiten más de lo necesario. Entiendo la necesidad de Luisgé Martín de contar lo que vivió y de ejercer ese “derecho de réplica”, pero en ciertos pasajes me habría interesado más que el libro se alejara todavía más del caso personal y profundizara en las cuestiones generales que plantea.
Aun así, es una lectura que invita a pensar sobre algo bastante incómodo y muy actual: ¿quién decide cuáles son los límites de la literatura y qué ocurre cuando empezamos a juzgar los libros antes incluso de leerlos?
Necesaria lectura y posterior reflexión. ¿Hacía dónde va una sociedad que no se permite (y tampoco tolera) el poder leer sobre la incógnitas del origen de la maldad en alguien como José Bretón?