No hay tema que no resulte atractivo si es abordado con una buena pluma, esto es cierto incluso para el boxeo, el más envilecido de los deportes, para muchos ni siquiera merecedor de ser ubicado en esta categoría. Si el abordaje del asunto trasciende lo meramente descriptivo y se convierte en un ejercicio literario y filosófico, entonces, estamos ante una inusual joya. Porque textos sobre boxeo existen, pero pocos son tratados con la destreza, agudeza y belleza de estilo que le imprime Joyce Carol Oates. Durante 180 páginas expone su amplio conocimiento sobre el arte del aporreo, dejando entrever la intensidad con la que lo ha estudiado y la pasión que le despierta. Parece que la literatura deportiva es le reducto que les queda a quienes carentes de habilidades para la práctica de un deporte y con sobradas herramientas para la escritura, canalizan sus frustrados deseos por medio de las palabras. Cortázar reconoció haber usado esta vía para la sublimación de su deseo, también lo hizo Galeano con el fútbol. Quizás con la misma motivación, Joyce nos regala esta joyita que disfruté tanto como una buena pelea. Dejo por aquí algunos fragmentos:
Los espectadores de juegos públicos extraen gran parte de su placer al recrear las emociones colectivas de la niñez, pero los espectadores de los combates de boxeo reviven la infancia homicida de la raza.
Considerado en abstracto, el cuadrilátero de boxeo es una especie de altar; uno de esos espacios legendarios donde las leyes de una nación quedan suspendidas: cuerdas adentro, en el transcurso de un asalto de tres minutos oficialmente regulado, un hombre puede morir a manos de su contrincante, pero no puede ser legalmente asesinado. El boxeo habita un espacio sagrado y depredador de la civilización; o, para emplear la frase de D.H Lawrance, antes de que Dios fuera amor. Si ello sugiere una ceremonia salvaje o un rito expiatorio, también sugiere la futilidad de tales gestos. Pues ¿qué posible expiación es el combate librado si ha de ser en breve librado otra vez… y de nuevo una vez más? El combate de boxeo es la mismísima imagen ¬–la más aterradora, por ser tan estilizada– de la agresividad colectiva de la humanidad, de su continua demencia histórica.
Así sucede cuanto más rica y avanzada es una sociedad, más fanático es su interés por cierta clase de deportes. La trayectoria de las civilizaciones hace una curva de regreso sobre sí misma –¿naturalmente? ¿inevitablemente? – como la mítica serpiente que se muerde la cola, para luego adoptar apasionadamente las señales exteriores y los gestos de salvajismo. Si bien es verosímil que hombres y mujeres decadentes necesiten experiencias cada vez más extremas para excitarse, tal vez sea cierto también que el deseo no consiste tan solo en imitar asimismo, mágicamente, en ser brutal, primitivo, instintivo, y por lo tanto inocente. Entonces resulta posible ser una persona para quien la contienda no sea un simple juego de autodestrucción sino la vida misma, y que el mundo no esté en una decadencia espectacular e irrevocable, sino que sea nuevo, fresco, vital, pendularmente aterrador e hilarante, un lugar de prodigios. Es el ser ancestral y perdido lo que se busca, por vanos que sean los medios. Como esos residuos de sueños de la niñez, que año tras año continúan eludiéndonos sin ser nunca abandonados, y mucho menos despreciados.
No hay deporte más físico. Más directo que el boxeo. Ningún deporte despliega tan poderoso homoerotismo: la confrontación en el cuadrilátero –desnudarse– el combate acalorado y sudoroso que es en parte danza, cortejo, apareamiento … la persecución frecuente, urgente de un boxeador al otro en el violento y natural movimiento de combate hacia el knocout: sin duda gran parte del atractivo del boxeo deriva de su imitación de una especie de amor erótico en el que un hombre se impone al otro en una exhibición de fuerza y voluntad superiores.
El tiempo, al igual que la posibilidad de muerte, es el adversario invisible del cual los boxeadores son profunda¬mente conscientes. Cuando un boxeador es noqueado no significa que haya quedado sin sentido o incluso incapaci¬tado; significa, más poéticamente, que ha sido sacado del tiempo.
Cada combate de boxeo es una historia: un drama sin palabras, único y sumamente condesado. Incluso cuando no sucede nada sensacional: entonces el drama es meramente psicológico. Los boxeadores están ahí para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser; ellos saben, como pocos podríamos saber de nosotros mismos, que poder físico y psíquico poseen: de cuánto son capaces. Entrar al ring medio desnudo y para arriesgar la propia vida es hacer de su público una especie de voyeur… el boxeo es tan íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en otra, difícil de nombrar. Es arriesgarse, y a veces alcanzar, la agonía (del griego agón, contienda) de la cual es raíz.