Lo que me ocurrió el verano pasado con las novelas de Vila-Matas fue como si se apareciera al fondo del horizonte una llamada descomunal que dibujara el lovecraftiano rostro de Vila-Matas y me lancé como loco a recuperar el tiempo perdido, a leer varios de sus títulos que habían quedado pendientes desde hacía varios años. Un entusiasmo que ocurrió en el tiempo oportuno pero que hoy creo que puedo dictaminar como extinguido.
Y es que este Kassel no invita a la lógica tampoco me ha parecido su trabajo más deslumbrante. Vuelve a tomar, como en una parte importante de sus libros, a un narrador, que vagamente se identifica con el autor, que parece experimentar un período oscuro, de callada desesperación, al borde del colapso nervioso y en esta ocasión no es la literatura o literario lo que surge en su camino por conducirlo por sendas extrañas, si no el arte contemporáneo.
El narrador viaja a la ciudad alemana dónde cada cinco años se organiza una gran feria de arte que ocupa casi toda la ciudad, desde estaciones de tren, pabellones, incluso los bosques, cualquier rincón parece apto para montar una obra artística que plantee algún desafío intelectual al visitante y lo obligue a repensar ciertos elementos del mundo cotidiano. Sin ir más lejos, una de las obras es una música tocada por prisioneros judíos del nazismo y suena en el andén de la estación de tren, desde dónde partieron vagones que se los llevaron a lugres lejanos para ser exterminados. Casi todas las obras cuestionan la materialidad, no se trata de fabricar un objeto lujoso, si no de plantear un interrogante, plasmar algún tipo de reflexión de las formas más variopintas. En ese sentido, Vila-Matas parece bastante al día de lo que es el arte contemporáneo, no se embarca en idealizaciones románticas.
Cómo bien se menciona en el libro, uno de sus referentes es el Locus Solus de Raymond Roussel, dónde unos personajes acuden al jardín de las maravillas de un tal Martial Canterel para contemplar las extrañas máquinas que ha ingeniado Canterel y observar fenómenos que desafían la lógica. Cómo se puede intuir, el paseante de Vila-Matas emula esa experiencia, sólo que reemplaza las máquinas de extraña invención por obras de arte, que el paseante observa con creciente asombro y se va geminando en él cierto renacimiento espiritual, que lo ha de acercar a sus primeros tiempos y alejarlo del marasmo al que se encuentra en el arranque de esta narración.
Es por lo tanto uno de los libros más felices y optimistas de Vila-Matas, incluso en el cuarto final, cuando se produce una extraña deriva del paseante, parece que es un andar sonriente por la cuerda floja de la razón, como si se dirigiera hacia nuevos y brillantes territorios, no es propiamente una caída en la locura, más bien un tránsito del mundo ordinario, un mundo descompuesto y en ruinas, a otra esfera más brillante y deslumbrante, inspirada, de elevación del espíritu, quizás una metáfora de la inspiración.
La forma que Vila-Matas tiene de manejar esa narración es la habitual en él, con gran habilidad se sostiene en digresiones que dispersan el foco de la narración, introducen recuerdos, reflexiones o paralelismos para que la narración se disperse en varias direcciones, abriendo el abanico del sentido de esas peripecias.
Todo en el libro denota esa destreza en el manejo de esas herramientas narrativas habituales en su autor. Aparte de la prueba de un gran escritor ejerciendo su oficio, no se puede decir que ofrezca nada más que sea llamativo o memorable. En todo Kassel no invita a la lógica no he encontrado verdaderos momentos de diversión, todo ha sido vagamente interesante, templadamente atractivo, tampoco es que pueda decir que me haya aburrido o decepcionado, en verdad no es más que el personal homenaje de su autor a un gran evento artístico, que por lo visto le ha conmovido y así quería testimoniarlo. Queda para el conjunto de su obra una nueva pieza que no creo que destaque, más allá del riesgo acostumbrado para descomponer la acción y no sostenerse en los mecanismos efectistas de la literatura comercial.
Ya me van quedando menos libros por leer de Vila-Matas, voy agotando su arsenal de novelas, que sin duda me ha llevado por territorios inesperados, sorprendentes, es una fábrica de momentos peculiares y que sin duda certifica que Vila-Matas es una de las plumas más brillantes, industriosas e inspiradas de la literatura española, un escritor mucho más avanzado y arriesgado que la mayoría de su coetáneos, que además goza con cierta fortuna en las listas de ventas, hecho nada usual, y sin embargo a mí me parece que también voy agotando mi interés por él. A día de hoy no dudo que también leeré Montevideo y luego ya veremos si rastreamos sus piezas menores hasta agotarlo del todo y por completo.