Para leer el cómic añejo de superhéroes (al menos el de la Marvel de los 60 y principios de los 70) hay que hacerlo con una cierta bonhomía crítica. Por ejemplo, leer los primeros números de la Biblioteca Marvel de ciertas colecciones puede exigir un importante esfuerzo. El tiempo ha pasado por muchas de aquellas historias de manera cruel, haciéndolas parecer no sólo viejas, sino incluso infantiles. Los vicios de su época tampoco ayudan. Que en la mayoría de ellas haya que comerse una página y media de resumen recordatorio de lo anterior por número invita a saltarse partes del texto. Sus tramas y argumentos parecen hoy en día demasiado simples, y en cuanto al apartado gráfico, muchos de los dibujantes ni siquiera eran profesionales. Si se quieren disfrutar, las lecturas de aquellos cómics han de ser acometidas a veces bajo una mirada comprensiva, utilizando ciertos filtros de adaptación a su año de origen.
En estos números que presentaron la conversión al Warlock cósmico que identificamos actualmente, tan parecido en su tormento interior a Estela Plateada, esa aclimatación es imprescindible. Roy Thomas pergeñó una revisión del mito de Cristo en un tono moderno, como el de Jesucristo Superstar, la película que dejó una marca indeleble en aquella época. A Warlock lo niegan tres veces, pone la otra mejilla, tiene una última cena con sus seguidores y, por supuesto, lo crucifican. La pasión de Warlock se debe a las maniobras del Hombre Bestia, un anticristo evolucionado de un lobo (creo que incluso este detalle sería hoy criticado). Al trasfondo solemne se le une el tono discursivo y grandilocuente de gran parte de los cómics Marvel de entonces, puro estilo Lee, lo cual le da a la serie una teatralidad excesiva. El dibujo de Gil Kane va salvando los muebles hasta que su marcha pone la historia en manos peores.
Lo bueno de los tebeos de aquellos años es que uno puede ver en ellos cómo se forja el futuro, cada uno de los acontecimientos y personajes cuyas consecuencias y acciones serían el nutriente de todos los cómics posteriores. En estos números no sólo nace el Warlock portador de la gema del alma, también la Contratierra, que aparecería luego tantas veces y que, impresión personal, acabaremos viendo más pronto que tarde en el UCM. Y vemos el aspecto cósmico del Alto Evolucionador, que aquí hace las veces de Dios Padre. Hay una diferencia salvaje entre estos cómics recogidos en el volumen “La saga de la Contratierra” y lo que hizo Starlin con el personaje a partir de los años siguientes, pero hay placer también en la realización de estas lecturas arqueológicas, que nos muestran de dónde provinieron conceptos que, posteriormente, llegarían a ser muy populares y a dar obras de importancia. Placer multiplicado pir el factor nostalgia si, como es mi caso, estas historias se leyeron hace cincuenta años en los legendarios tebeos de Vértice.