Cuarta novela de Hernán Rivera Letelier y la primera que yo leí de él veinte años atrás. Hoy, en esta relectura, y habiendo leído ya las primeras tres puedo observar con mayor nitidez los vínculos con aquellas que le precedieron: uno de esos vínculos es la escena en que Flor María de los Cielos saluda a aquel niño moreno que se encuentra en la estación y este, al advertir que el saludo es para él, corre a un costado del tren agitando su mano mientras la niña rie (escena que se encuentra también en Himno del ángel parado en una pata desde la perspectiva de Hidelbrando del Carmen).
En esta novela resulta inevitable recordar a Pedro Páramo. Todo transcurre en un tren que sale desde La Calera en su viaje al norte del país en un periplo de cuatro días y sus noches. También pudo ser en una oficina salitrera, en una plaza, en un valle o en un caserío cualquiera, el punto es que el tren resulta una metáfora de la vida. En ese tren de catorce vagones transcurre el ir y venir de un montón de almas en pena que no teniendo un lugar en el mundo, ya no, viven de sus recuerdos y de un porvenir que jamás llegará. Es un viaje eterno por las pampas con el tren vagando impenitente entre cerros y arenales. Diría que el tren en que viaja Lorenzo Anabalón es un símil del Comala de Juan Preciado.
Los trenes se van al purgatorio es una novela que conviene releer; decididamente necesita reflexión, análisis, interpretación, no obstante, no es una novela hermética, de hecho, las circunstancias de quienes hacen este viaje quedan claras en múltiples escenas: la guagua que mama y mama, "y eso que nació muerta", dice la madre; o la adivina que no le puede leer las líneas de las manos a Lorenzo Anabalón porque "Usted ya está muerto", y así. Además de la historia principal, esta se ve intercalada con una serie de historias que se cuentan en el tren y que tienen que ver con historias de las salitreras, como la de Alma Basilia, la prostituta de Resurrección.
Aunque el tiempo de la novela no es explícito, el contador de cuentos del tren, antes de comenzar su último relato, anuncia que este trata de "un viejo pampino que, trastornado por la traición de su mujer, se quedó solo en una salitrera abandonada durante más de treinta años" y luego menciona que "el hombre que le había robado a su esposa había terminado pagando con la misma moneda: la veleidosa mujer lo había abandonado también a él y, trastornado de amor, había terminado colgándose de una viga".
Estas líneas establecen en cierto modo cuál es el tiempo de la historia si se analiza lo siguiente:
En Himno de un ángel parado en una pata la vida de Hidelbrando del Carmen transcurre a mediados de los 60s, cuando él ve a la niña de blanco en el tren saludándolo a través de la ventana; en Los trenes se van al purgatorio, Lorenzo Anabalón murió al menos hace 30 años. La novela fue publicada en el año 2000 por lo que 30 años antes de su publicación era el año 1970. De algún modo, entonces, podría considerarse que el tiempo de esta novela transcurre entre mediados de los 60s y el inicio del siglo XXI. Una especie de continuum de un viaje infinito. Entendiendo, por supuesto, que estas no son más que elucubraciones de las fechas en que el autor podría haber pensado considerando de todos modos que el carácter de realismo mágico en que está inserta hace difícil si no inoficioso tratar de ubicarla en un momento de realidad.
El léxico que usa Rivera Letelier cabalga entre lo excesivo, lo ocurrente, lo escatológico y lo poético. El párrafo dedicado a los apodos de Alma Basilia, por ejemplo, me parece de gran ingenio, además de divertido.
"En Resurrección todo el mundo conocía a Alma Basilia y todos la llamaban de manera distinta. Mientras los tiznados y los patizorros la cariñoseaban llamándola chimbiroquita, la demás gente usaba toda clase de subterfugios para hablar de ella. La preceptora, por ejemplo, la nombraba cortesana; la partera la llamaba buscona y la vetusta maestra de piano, hetaira. El jefe de Estación le decía meretriz; el jefe de Pulpería, un gordo de 182 kilos de peso, la llamaba maturranga, y el jefe de Correos, un tanto más ilustrado que todos ellos, Mesalina. El curita párroco, por su parte, en sus charlas con las beatas más camanduleras de la congregación, la aludía como la mujer de vida aireada; las señoritas de la oficina se referían a ella como la fulana y las señoras la trataban directamente de zorra. Sólo los niños, riendo maliciosamente entre ellos, decían, lisa y llanamente, la puta del arbolito. Y es verdad que el arbolito era como el farol rojo de su casa.
Y aunque a Alma Basilia, solitaria y quitada de bulla, le daba lo mismo cómo la llamaran, personalmente se quedaba con el único apelativo con que nadie la trataba: ramera." pp. 27-28.
Otra comparación entre ingeniosa y poética:
"Tras la larga jornada que lleva encaramado a ese tren doloroso, ya casi no oye el chirriar de las ruedas de fierro ni el crujir del coche desvencijado. Seguramente que del mismo modo, después del primer millón de años, el oído humano había dejado de oír el rechinar de la tierra girando en su eje mohoso" p. 29
Entre las menciones extratextuales aparece el personaje de "la ambulancia", el mismo de La reina Isabel cantaba rancheras. p. 40
La prosa no por escatológica resulta menos divertida:
"oye la voz de un niño que grita fuerte: «¡Un hombre va haciendo caca en el techo!»
Lorenzo Anabalón vuelve la cabeza sorprendido: a su derecha, luego de doblar la curva, la sombra lenta del tren ha empezado a recortarse en el suelo y, ahí, sobre el techo del vagón, su figura acuclillada se dibuja perfectamente en lo plano de la arena." p. 42
En suma, la relectura de esta novela resultó en algo que rara vez ocurre, leer una segunda vez como si fuera una primera.
Errores:
Incoherencia de número:
"Miles de personas habían quedado eternamente agradecida de sus servicios." p. 19
> agradecidas
Falta de tilde
"frunciendo el ceño en un futil gesto de gravedad" p. 36
> fútil
Tilde sobrante:
"un ebrio qué no había dejado de celebrar desde las fiestas de año nuevo" p. 164
> que no había
Errata:
"se habla ganado la vida limpiando abrómicos" p. 165
> se había ganado la vida