Un matrimonio puede empezar a morir porque se estropea un frigorífico. El motor deja de zumbar, la comida se descongela y una mujer comprende que el frigorífico no es lo único que ha dejado de funcionar en esa casa.
Raymond Carver entendía algo que a muchos escritores se les escapa: las grandes derrotas rara vez llegan acompañadas de música solemne. Suelen presentarse un martes cualquiera, mientras alguien busca trabajo en los anuncios, descuelga un teléfono que preferiría dejar sonando o descubre que su pareja ha empezado a utilizar palabras como «necesitamos un tiempo».
En los doce cuentos de Catedral hay matrimonios exhaustos, padres que no saben cuidar de sus hijos, empleos miserables, botellas escondidas, habitaciones prestadas y hombres que han perdido la capacidad de levantarse del sofá. Ninguna de estas criaturas posee el vocabulario necesario para contar su desgracia. Por eso Carver la cuenta mirando los objetos que dejan alrededor.
Un pastel de cumpleaños, una pluma de pavo real, una oreja dentro de una caja, unas cintas de casete. En manos de otro escritor, algunos de esos objetos acabarían convertidos en símbolos con un cartel luminoso encima. Carver los deja sobre la mesa y espera. Poco a poco empiezan a acumular todo aquello que sus dueños no consiguen decir.
Una de las cosas que siempre me han atraído de los cuentos de Carver es su manera de llegar tarde. Cuando abre la puerta, el matrimonio ya lleva años acumulando silencios, el alcohólico ya ha prometido cambiar más de una vez y la familia arrastra una derrota que comenzó fuera de página. También se marcha pronto. Nos entrega unas horas, quizá una tarde, y deja que reconstruyamos el resto con lo que alguien calla, con una reacción desmesurada o con un objeto que ha quedado en medio de la habitación.
Quien venga de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? reconocerá enseguida el territorio: trabajadores mal pagados, parejas que conviven entre restos de antiguas promesas y una América donde perder el empleo puede significar perder también la identidad. Sin embargo, Carver respira de otra manera en este libro. Las escenas duran más, las conversaciones se permiten algunos rodeos y las criaturas reciben algo de espacio para recordar quiénes fueron antes de convertirse en estas versiones cansadas de sí mismas.
Tiene sentido. Después de las severas podas de Gordon Lish en De qué hablamos cuando hablamos de amor, Carver había decidido recuperar el control de sus cuentos. Seguía escribiendo frases desnudas y diálogos aparentemente banales, pero ya no quería reducir cada historia hasta dejar únicamente los huesos. En Catedral hay carne, memoria e incluso algún instante de cercanía humana que habría parecido casi indecente en sus libros anteriores. El dolor continúa ocupando la casa; al menos ahora alguien enciende una lámpara.
La colección comienza con Plumas ★★★★½. Jack y Fran aceptan cenar en casa de Bud, un compañero de trabajo, y de Olla, su mujer. Nada especialmente arriesgado, hasta que aparecen un pavo real, una escayola de una dentadura antigua y uno de los bebés menos agraciados de la literatura norteamericana. Carver convierte la visita en un cuento extrañísimo, divertido por momentos y cada vez más triste, aunque al principio cueste explicar por qué.
La cena parece absurda, casi una función doméstica organizada por gente que desconoce las reglas de la sociabilidad. Sin embargo, durante unas horas Jack y Fran empiezan a mirar aquella casa —pavo real, dentadura, bebé y todo— como una forma posible de felicidad. Carver conoce bien ese mecanismo: una noche ajena puede alterar la idea que dos personas se han hecho de su propio futuro. El pavo real despliega la cola, todos contemplan al niño y la vida que Jack y Fran habían elegido deja de parecerles tan definitiva.
En La casa de Chef ★★★★½, Edna acepta volver a vivir con Wes en una casa alquilada junto al mar. Él intenta mantenerse sobrio y los dos ensayan una convivencia nueva. Durante aquel verano viven como si todavía fuera posible regresar a la vida anterior y retirar de ella únicamente el alcohol, las peleas y los años perdidos.
Pocas veces Carver escribió con tanta delicadeza sobre la naturaleza provisional de una reconciliación. Para Wes, esa casa funciona como una segunda oportunidad con dirección postal: allí consigue mantenerse sobrio, volver a vivir con Edna y recuperar una rutina que creía perdida. Ella acepta la tregua porque también quiere creer en ella. Carver cuenta aquel verano con una serenidad que vuelve más inquietante su fragilidad. Todo se sostiene sobre paredes prestadas.
Conservación ★★★★ convierte la pérdida del empleo en una forma de congelación. El marido de Sandy, un techador despedido, lleva meses tumbado en el sofá, vestido todavía con ropa de trabajo, como si levantarse cada mañana con el uniforme pudiera impedir que el mundo descubriera que ya no lo necesita. Entonces se avería el frigorífico y la comida comienza a descongelarse.
Carver construye el cuento alrededor de esa imagen sin exprimirla hasta dejarla seca. A partir de ahí, el deterioro doméstico y la parálisis del marido empiezan a parecer dos versiones del mismo problema. Richard Yates habría seguido el pensamiento de Sandy hasta encontrar la humillación exacta; Carver deja que un electrodoméstico averiado diga por ese matrimonio mucho más de lo que ambos serían capaces de confesarse.
Los trenes aparecen varias veces en el libro. Son espacios perfectos para estas criaturas: lugares de paso ocupados por gente que no sabe muy bien hacia dónde se dirige. En El compartimiento ★★★★½, Myers atraviesa Europa para encontrarse con un hijo al que no ve desde hace ocho años. Ha ensayado el reencuentro, ha comprado un regalo y ha acumulado argumentos para convencerse de que está haciendo lo correcto. Cuanto más se aproxima al encuentro, más difícil le resulta sostener la decisión que lo ha llevado hasta allí.
Myers es uno de esos hombres carverianos capaces de convertir la cobardía en una sucesión impecable de razonamientos. Se siente herido, engañado, incluso virtuoso. Cualquier cosa antes que reconocer el miedo. Carver lo observa sin desprecio y sin absolverlo, que es una combinación mucho más difícil de lo que parece.
Y entonces llega Parece una tontería ★★★★★, uno de los cuentos más dolorosos y hermosos que escribió Carver. Una madre encarga una tarta para el cumpleaños de su hijo. Poco después, un accidente transforma esa celebración en una espera hospitalaria mientras el teléfono de la casa empieza a sonar a horas extrañas.
Conviene entrar sin más información. Basta saber que Carver acompaña a unos padres enfrentados a una situación que desborda cualquier lenguaje disponible. Médicos, enfermeras y desconocidos hablan, pero las palabras llegan siempre tarde o significan menos de lo que deberían. Frente a esa incapacidad, un gesto humilde y material —algo caliente que puede compartirse en una mesa— adquiere una dignidad inmensa.
Aquí se aprecia mejor la distancia respecto al Carver más amputado de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Una versión muy recortada del relato, titulada El baño, había aparecido en aquella colección y terminaba en el punto de máxima desolación. En Catedral, Carver recupera la amplitud de la historia y la deja avanzar un poco más, hasta descubrir qué puede ocurrir cuando el dolor de unos se cruza con la ignorancia de otro. Sobre el papel, ese movimiento podría parecer sentimental. Leyéndolo, resulta devastador: Carver no regala nada; cada gesto llega después de mucha torpeza, mucho miedo y demasiadas palabras equivocadas.
Después de tanta gravedad, Vitaminas ★★★★½ recupera al Carver más sucio, nocturno y desagradablemente divertido. Patti vende vitaminas a domicilio y dirige a un grupo de mujeres que van pasando por un negocio en el que casi ninguna permanece demasiado tiempo. Su marido tiene un empleo absurdo en un hospital, bebe demasiado y contempla la infidelidad con la misma pereza con la que contempla todo lo demás.
La ironía es magnífica: Patti y sus empleadas venden productos destinados a mejorar la vida mientras ellas y quienes las rodean se desmoronan por falta de sueño, dinero y afecto. Una visita a un bar termina introduciendo en el cuento una oreja humana guardada en una caja, objeto tan grotesco que parece una broma de mal gusto hasta que uno recuerda que nadie en la historia escucha a nadie. Carver no necesitaba subrayadores.
La sordera se vuelve literal en Cuidado ★★★★. Lloyd vive separado de su mujer en una habitación abuhardillada y comienza las mañanas desayunando rosquillas con champán, costumbre que él considera perfectamente razonable. Tiene un oído taponado y su esposa acude a ayudarlo. Ella intenta extraer la cera; él intenta disimular cuánto está bebiendo.
La escena posee algo de comedia física, aunque basta permanecer un poco más en esa habitación para que deje de hacer gracia. Lloyd tiene ante sí a una mujer que ha venido a hablar de su matrimonio y solo puede concentrarse en la molestia del oído. Inez intenta hablarle; él consigue que toda la visita gire alrededor de su oído. Carver convierte un tapón de cera en la biografía completa de un alcohólico.
El alcohol ocupa el centro de Desde donde llamo ★★★★★, uno de los relatos más cercanos a la experiencia personal de Carver y, para mí, uno de los mejores. El narrador ha ingresado por segunda vez en el centro de desintoxicación de Frank Martin. Allí conoce a J. P., un deshollinador que tiembla, cuenta historias sobre su mujer y recuerda el día en que cayó dentro de un pozo.
Buena parte del cuento consiste en un hombre escuchando cómo habla otro. Esa estructura ya contiene su sentido: mientras J. P. recuerda el pozo, el matrimonio y la bebida, el narrador posterga el momento de pensar en sí mismo. Alrededor de ambos hay hombres con cortes en la cara porque les tiembla la mano al afeitarse, convulsiones que pueden llegar en cualquier momento y un fin de año en el que nadie sabe quién seguirá sobrio al salir de allí.
Carver conocía este mundo demasiado bien para convertirlo en una parábola edificante. La sobriedad empieza con decisiones bastante menos fotogénicas: hacer una llamada, reconocer dónde se está, aceptar que esta no es la primera vez. El título encierra la pregunta esencial del cuento. Para hablar con alguien, antes hay que ser capaz de decir desde dónde se llama.
El tren ★★★★, dedicado a John Cheever, comienza donde termina El tren de las cinco cuarenta y ocho. Carver recoge a Miss Dent exactamente donde Cheever la dejó: esperando otro tren durante la noche, cuando la historia ajena ya la ha abandonado, y la sienta junto a una pareja de desconocidos cuya situación resulta tan desconcertante como la suya.
La ocurrencia literaria es magnífica, aunque el cuento funciona mejor como atmósfera que como experiencia emocional. Nadie conoce la historia completa de nadie. Cada criatura ha llegado a la estación desde una catástrofe distinta y los demás apenas pueden reconstruirla mediante frases sueltas, zapatos ausentes y gestos difíciles de interpretar. A veces basta compartir una sala de espera para que los demás inventen una relación entre personas que apenas saben nada unas de otras.
Fiebre ★★★★½ regresa al abandono matrimonial desde un ángulo poco habitual. Carlyle se ha quedado solo con sus dos hijos después de que su esposa se marchara a California con otro hombre. Necesita una persona que cuide de los niños para poder volver a trabajar, y esa necesidad práctica ocupa tanto espacio que apenas le queda tiempo para comprender lo que le ha ocurrido.
Aquí la separación adopta formas muy concretas: buscar una niñera, improvisar cenas y responder llamadas cuando uno querría arrancar el teléfono de la pared. La aparición de la señora Webster, una mujer mayor que cuida a los niños con una serenidad casi milagrosa, permite que Carlyle baje la guardia. Su presencia introduce en la casa una calma desconocida y obliga a Carlyle a acercarse a todo aquello que lleva meses manteniendo a raya mediante el enfado y el agotamiento.
En La brida ★★★★, una familia llega a un complejo de apartamentos después de perder su granja y buena parte de su dinero. Marge, la mujer que administra el lugar junto a su marido y trabaja también como peluquera, observa a los recién llegados desde la ventana. Cuando Betty acude a teñirse el pelo, Marge le ofrece una manicura y escucha la historia de una familia que creyó avanzar hasta descubrir que llevaba tiempo perdiéndolo casi todo.
El cuento reúne muchas de las obsesiones del libro: la ruina económica, el deseo de empezar de nuevo, los matrimonios unidos por pura inercia y la facilidad con la que una persona confunde movimiento con cambio. La brida del título sirve para dirigir a un animal y mantenerlo bajo control. El objeto concentra esa tensión. Estas criaturas se mueven, hacen planes y prueban suerte; casi nunca deciden hacia dónde van.
La colección se cierra con Catedral ★★★★★. Un hombre recibe en casa a Robert, un amigo ciego de su esposa. El narrador está celoso, se siente desplazado y conoce la ceguera por las películas, fuente de información que nunca ha mejorado demasiado a la humanidad. Espera encontrarse con un ser solemne y desvalido. Aparece un hombre que fuma, bebe, come con apetito y se mueve por la casa con bastante más seguridad que él.
El marido que cuenta la historia resulta antipático, mezquino y a ratos ridículo. La decisión de Carver consiste en dejarlo hablar lo suficiente para que su propia voz lo traicione. Cada prejuicio que expresa revela su inseguridad; cada comentario sarcástico delata cuánto teme la intimidad que su mujer mantiene con otro hombre. Robert, en cambio, ha pasado la vida prestando atención a voces grabadas en cintas. Sabe escuchar, y Carver evita convertir su ceguera en una fuente de sabiduría mágica.
El tramo final evita el sermón. Robert lleva al narrador hacia una experiencia que le exige atención e imaginación. El sarcasmo y los prejuicios con los que ha entrado en la noche dejan de servirle. Todo dura apenas unos minutos y resulta creíble precisamente por su modestia. Por un momento, el narrador deja de ser el centro de la habitación.
El movimiento de ese último cuento —un hombre que consigue salir de sí mismo— ayuda a entender el cambio que recorre toda la colección. Carver continúa escribiendo sobre personas que fracasan, beben, abandonan a sus hijos o permiten que el miedo decida por ellas, pero en Catedral algunas consiguen también sentarse a una mesa, contar su historia, compartir pan o apoyar una mano sobre la de otro. Dura poco, es cierto: enseguida vuelven el dinero que no alcanza, los trabajos que se pierden y las habitaciones donde nadie sabe qué decir.
Para quien nunca haya leído a Carver, yo empezaría por este libro. Conserva la aspereza, el humor incómodo y la atención a quienes viven entre empleos precarios, facturas y matrimonios exhaustos, mientras sus cuentos respiran más y se quedan un poco más de tiempo junto a sus criaturas. Quien ya lo conozca encontrará al mismo escritor, aunque con menos prisa por cerrar la puerta.
Al terminar Catedral, uno se da cuenta de que a Carver le bastan un frigorífico averiado, una llamada a deshora o una cena incómoda para contar una vida entera. Luego se marcha pronto, como siempre.
DC