"En esta bellísima y perturbadora novela, Pablo Montoya penetra en los secretos de El jardín de las delicias de Jheronimus Bosch -Bosco-, el pintor más misterioso de todos los tiempos". Laura Restrepo
A finales del siglo XV, Jheronimus Bosch trabaja en una pintura destinada a trastornar la mirada de las generaciones por venir. Más de un siglo después de que el pintor flamenco imaginara sus visiones de paraísos, placeres y condenas, otro artista, nacido en el Nuevo Reino de Granada, descubre en Madrid la obra que marcará su destino y el amor que dará forma a su vida. Entre los Países Bajos y la España imperial -sitiados por las guerras religiosas, la peste y los fanatismos-, y las tierras americanas recién incorporadas al mapa del mundo, las vidas de ambos pintores se encontrarán en un contrapunto de deseo, creación y asombro.
El jardín del mundo recrea con singular fuerza la textura de una época y el nacimiento de una sensibilidad. Con una prosa extraordinaria, Pablo Montoya ilumina las zonas más esquivas de la experiencia humana y convierte el pasado en una presencia viva y conmovedora
Pablo José Montoya Campuzano is a Colombian writer. He is best known for his novel Tríptico de la infamia which won the Romulo Gallegos Prize in 2015. He also won the José Donoso prize in 2016, and various other recognitions through the years.
He is currently a professor of literature at University of Antioquia and a is a guest lecturer at Universidad Eafit in Medellín, where he teaches the course of Historical Novel of the master's degree in Literary Hermeneutics. He has also been a visiting professor at the universities of Mar del Plata and the University of Paris III: Sorbonne Nouvelle.
In his work, he talks about history, music, travel, eroticism, the fine arts, exile and violence of the contemporary human. Always close to poetry, his writing carefully handles language. His books present a moving battle between misery and irony, erudition and hopelessness. His novels, short stories and critical texts have been featured in numerous Colombian and foreign publications. His translations of French and African writers have also been published in different magazines and newspapers in Latin America and Europe.
¿Cómo juntas en una misma obra una de tus creaciones pictóricas favoritas con una historia contada por uno de tus narradores preferidos? Esto es lo que representa precisamente para mí El jardín del mundo: un libro en el que confluyen la maravillosa y ecléctica obra pictórica de El Bosco y las letras del reconocido autor colombiano Pablo Montoya, a quien ya venía siguiendo la pista con devoción desde su sobrecogedor Tríptico de la infamia.
Para empezar, fue una muy grata sorpresa descubrir este libro durante la celebración del décimo aniversario de El Licenciado, una de las librerías independientes más queridas de mi ciudad (bueno, técnicamente El Licenciado está en Llanogrande, que es parte del municipio de Rionegro, Antioquia, pero por la expansión urbana, creo que quienes conocen sabrán que esta zona es prácticamente una extensión de Medellín); la misma en la que conseguí algunos de los libros con los que inicié esta segunda etapa lectora de mi vida (la primera fue muy temprana y de ella no recuerdo casi nada) y la que me tiene sentado aquí, leyendo como poseso y escribiendo reseñas de todo lo que pasa por mis manos.
Digo que fue grata porque, de un lado, no me lo esperaba ni en mis mejores sueños. Sabía que Montoya estaba viviendo en España desde hace un par de años, o por lo menos lo descubrí hace unos meses después de una conversación pública que tuve la suerte de tener con él en la Universidad de Antioquia, en la que ambos trabajamos como profesores, a propósito del lanzamiento de su libro Marco Aurelio y los límites del imperio; pero no tenía ni idea de que uno de los propósitos de su estadía allí era, precisamente y como él señala en los agradecimientos, dedicarse durante una estancia posdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid a escribir este libro, El jardín del mundo (entre otras cosas, seguramente). Pero saber que tendría como protagonista a Jheronimus van Aken, Jheronimus Bosch, Hieronymus Bosch o simplemente El Bosco, como fue conocido en distintos momentos de su vida y de su labor artística, y en particular que trataría sobre su obra más conocida (aunque sin restringirse a ella, por supuesto), El tríptico de la creación, El jardín del mundo, El tríptico del madroño o como se lo conocería a la larga, El jardín de las delicias, fue una gratísima sorpresa.
Hace unos meses tuve también la suerte de conocer el maravilloso Museo del Prado y allí acceder al increíble privilegio de ver con mis propios ojos algunas de las obras más reconocidas de El Bosco, incluyendo, por supuesto, el magnífico tríptico que está en el corazón de esta nueva novela de Montoya. Como dirían por ahí, se alinearon las estrellas y los planetas para disfrutar como criatura de esta obra.
El jardín del mundo no es solamente una ficción histórica alrededor de la concepción del tríptico homónimo. Tampoco es solamente una ficción biográfica alrededor de su autor, El Bosco. No se restringe tampoco a contar las aventuras del cuadro por Europa y cómo llegó a su hogar definitivo en el Monasterio y Sitio de El Escorial, de donde fue llevado posteriormente para engrosar la colección del Museo del Prado. No, no es solamente eso. Es eso y mucho más.
En dos líneas narrativas paralelas y con gran maestría, Pablo Montoya va alternando, primero, los hechos más significativos de la vida de Jheronimus van Aken —o Jeroen, como le conocían las personas más cercanas: sus padres, hermanos y su esposa, coprotagonistas de esta rama de la historia—, y después, las aventuras del tríptico que pintó por encargo de Felipe el Hermoso (esposo de Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos), que también es protagonista de la novela, y que a la muerte de este rey y del mismo pintor pasó de mano en mano hasta terminar en la impresionante colección de Felipe II y quien nos lo legó a través de la pinacoteca que en parte se convertiría en el museo público de El Prado. ¡Una fantástica sucesión de hechos, narrada con maestría por un grande de la novela histórica como lo es Montoya!
La otra línea narrativa cuenta la historia del pintor neogranadino (o indiano, como le llamarían sus contemporáneos ibéricos tanto por su origen americano como por sus antepasados indígenas; o colombiano, como le llamaríamos en la actualidad) José Diego Vargas. Su inmigración a España, a Madrid en particular, para aprender de un maestro local el arte de la pintura religiosa que aplicaría después a su regreso a América; una tórrida historia de amor con la pintora y escritora Ana Micaela de López, quien fue precisamente la que presentó a José Diego Vargas la pintura de El Bosco en El Escorial (donde permanecía en aquel tiempo y que constituye el nudo de conexión con la primera línea narrativa); y, finalmente, el regreso de José Diego a su tierra, Santiago de Tunja, sobre el que trata la última parte de la novela.
La novela concluye, como no podría esperarse menos de Pablo, que también es poeta, con un extenso y hermoso poema compuesto, según el autor, por la Ana Micaela de la ficción, en el que presenta una descripción lírica del tríptico de El Bosco. Si vuelvo a El Prado alguna vez, espero llevar conmigo este libro y revisitar la obra a la luz de este fantástico poema.
Después de leer El jardín del mundo, mi admiración por Montoya no ha hecho sino incrementarse. Me impresionó su destreza narrativa: primero, al saber escoger con tino los hechos particulares que nos narra sobre la vida de Jeroen para contener la extensión de esta historia, sin convertir el libro en una biografía del admirado pintor flamenco y dejando espacio tanto para la peripecia del cuadro como para el hilo narrativo paralelo. Y, en segundo lugar, su habilidad para entrecruzar estas dos tramas, separadas no solo por más de un siglo de distancia temporal, sino por los abismos geográficos y la naturaleza misma de los personajes. Me encantó la descripción del Madrid de aquella época (el siglo XVII en el que se desarrolla la historia de José Diego y Ana Micaela) y el Palacio de El Escorial, que se deja entrever en los momentos en los que los personajes caminan por aquel recinto que espero conocer algún día.
Solo hubo un detalle que no me gustó. La historia final de José Diego (en cuyos pormenores no me detengo para no arruinar ninguna sorpresa), narrada en la sexta parte, me pareció más bien dilatada —aunque no pretendo emular al famoso emperador José II reprochándole a Mozart que a su música le sobraban notas—. Tiene un ritmo muy diferente al que trae el resto de la narración y la sentí casi como si fuera parte de otra novela. Lo menciono no para censurar la elección del autor —no tengo la pretensión ni la autoridad canónica para hacerlo—, sino para advertir a quienes vayan a leer el libro que deben tener un poco de paciencia en este tramo final; o para contrastar pareceres con quienes ya lo leyeron, en caso de que compartan estas impresiones.
A pesar de esta apreciación, el cierre poético del libro, plenamente enmarcado en esa última etapa de José Diego, es precioso y los lectores impacientes correrían el riesgo de perdérselo. Hay que leer El jardín del mundo hasta la última línea.
¡Larga vida a la literatura de Pablo Montoya! ¡Larga vida a las creaciones que sigue inspirando la obra inmortal de El Bosco!