«La gata ha hablado. Su voz es tibia como un durazno. Entre cada palabra se asoman los colmillos. Ella piensa: son comas; habla pausado y tiene su propia sintaxis. No parece una lengua extranjera, sino los huesos mismos del lenguaje, los fundamentos del deseo de extender la mano y pronunciar palabras elementales: hola, te quiero, estoy aquí, buenas noches.» A raíz de la muerte de su gata Flora, y alternando escenas cotidianas y literarias, fragmentos ensayísticos y alusiones al duelo en la cultura y la vida, la poeta y editora Julieta Marchant escribe un diario de duelo en tiempo real, en el que la pérdida altera la percepción del cuerpo, de la vida cotidiana, y el lenguaje se ve constantemente sobrepasado por la emoción y el desgarro de la pérdida. Más que un libro sobre la muerte de un animal, es una exploración de los vínculos entre afecto, memoria, lectura y creación literaria. Lo escribió, dice Julieta, para acompañarse a sí misma, pero también «para acompañar a alguien cuando pierda a su Flora».
El duelo es un proceso discontinuo. Lo sabemos por Barthes, lo experimentamos cada vez que muere alguien. ¿Y qué pasa con la percepción del tiempo? Se particulariza. Este diario así lo demuestra. En vez de poner las fechas, que suelen encabezar la gran mayoría de los diarios, Julieta ordena su temporalidad por medio del sentimiento: esto sentí a los cinco meses tras el fallecimiento de Flora, esto sentí a la semana, esto sentí al día siguiente, esto siento mientras lo escribo. Porque Julieta es escritora (espeficamente poeta, por eso el libro contiene un poema en dieciséis partes) y es conciente de que está redactando un diario, por lo tanto, todo el rato se cuestiona sus decisiones. Las cuestiona y las categoriza. Se exaspera por la precisión y se desborda buscándola. Hace poco fui a ver Obsesión al cine. Una película de terror en la que inesperadamente me reí. Sí, es cierto, puede ser que haya sido una risa inapropiada (como cuando presencias la caída de una persona y luego te das cuenta de que no reacciona), pero también pensé que quizás mi cuerpo necesitaba liberar cierta tensión, en esa sala oscura. ¿A qué voy con todo esto? A que Julieta, en esas páginas que nombra a Fuguet (no quería hacer un jueguito de palabras con el nombre del escritor pero fue la primera que se me vino a la cabeza y yo confío en la libre asociación), se abre a la posibilidad de fugarse por un instante del duelo. Como si necesitara cambiar de tema, es decir, de emoción. Quién iba a pensar que Fuguet serviría para algo (broma).