No hay una palabra mejor para definir este libro: esencial. Esta antología resulta imprescindible tanto para los neófitos como para los que (como yo) deseen acercarse un poco más a la obra de Allen Ginsberg y conocer con mayor profundidad su estilo, sus sentimientos y su vida.
Y es que esto no es una autobiografía, pero la sensación que tiene uno al terminar de leer es la de tener entre las manos una obra biográfica. Los momentos clave de la vida de Ginsberg se entrelazan una y otra vez a través de sus poemas, ensayos, diarios, entrevistas y cartas; la lectura de episodios que se repiten desde distintas perspectivas aportan una visión global de uno de los poetas más importantes de la literatura contemporánea norteamericana, alguien que cambió la forma de entender la poesía a mediados del siglo XX, que influyó no solo a otros escritores, sino a toda una generación de jóvenes, sin olvidar a personalidades como Bob Dylan y a los Beatles.
La selección de poemas es muy completa: además de sus grandes obras como «Aullido» o «Kaddish», se recoge la poesía más destacada de la vida del autor. Pero quizá la parte más interesante del libro está en las entrevistas y los ensayos, donde Ginsberg reflexiona sobre la literatura, su propia obra y la construcción de sus poemas (tanto a nivel temático como estructural) y relata desde distintos puntos de vista sus famosas «visiones Blake», experiencias que marcaron su vida y su destino literario.
Para terminar, la colección de fotografías personales nos ayuda a poner rostro a algunos de los «personajes secundarios» que recorren las páginas del libro, algunos más conocidos para los asiduos de la Generación Beat (Kerouac, Burroughs) y otros menos, como el vagabundo Herbert Huncke.
Compré este libro sin intención de leerlo del tirón, para acudir a él poco a poco. Sin embargo, cuando empecé no pude parar de leer. La personalidad de Allen Ginsberg resulta arrolladora y es difícil bajar de su tren en marcha una vez que arranca. A menudo parece un iluminado que viene como un profeta a ilustrarnos, pero siempre permanece suficientemente cerca del lector. Me he referido a él como profeta y no lo digo a la ligera. Él mismo define así a autores como Whitman o Blake y ahonda en dicha palabra: no son profetas capaces de ver el futuro, pero sí pueden alcanzar una expresión que viaja a través del tiempo hasta el lector contemporáneo para enseñarle algo que no sabe sobre el mundo, sobre la poesía o, lo que es más importante, sobre sí mismo. Ginsberg fue un profeta y a través de él he aprendido a unir las piezas de lo que me rodea para alcanzar mi propia experiencia superior, para llegar a entenderme a mí mismo sabiendo mirar en mi interior.