Avalancha literaria. No se me ocurre otra forma de explicar la lectura de este segundo tomo de la autobiografía de Canetti. Bueno sí: las bocas de incendio de esas calles suburbiales que salen en algunas escenas de películas (de EEUU por supuesto), abiertas en los veranos tórridos llenando de agua las calles y aceras. Imagínense que se sientan delante de una de ellas y abren la boca. Ese chorro a presión. Ese. Algo así es leer La Antorcha al oído.
En ella Elías Canetti nos narra la metamorfosis como escapatoria de uno mismo; "olvidarme de mí mismo a través de la metaforfosis", dice EC, como forma de enmascararse, (las máscaras funerarias del libro de Ibby Gordon y las máscaras de la escuela del buen oír), de construir e inventar personajes, para “aprender al ser humano”, estudiarlo "para hacerlo mejor" y crear los arquetipos con los que salva al hombre del caos (el Berlín de Ibby Gordon, Grosz, de Brecht, de Ludwig Hardt, de Isaak Babel...). Las decenas de personajes que entran y salen en este carrusel vital de Canetti son los instrumentos que usa para ello. Igual que inventa novias para que su madre se tranquilice pensando que no está rendido a Veza, quién sabe si no inventa esa retahíla increíble de tipos humanos. Que les ponen nombres y los pone a bailar en su mundo para maravilla de nosotros, sus lectores, que como él tratamos de comprender al ser humano: los compañeros de clase, los del laboratorio (el enano que fotografía mujeres desnudas, el fotógrafo, el suicida, la rusa); sus tribulaciones en pensiones y cuartos de alquiler (la pensión Charlotte y sus huéspedes; la mujer que lame cuadros y la asistenta sensual, los Asriel...); los berlineses, el primo sionista gran orador… hasta en la panadería donde toma un café y un bollo hay historias con personajes detrás llenos de vida. Y por supuesto el esclerótico Thomas Marek, atado a una silla de ruedas que, qué curioso, lee pasando hojas con la lengua!.
Sus experiencias con la masa y la rebelión contra la muerte se asientan. Karl Kraus que entra como un vendaval en su vida como la de en tantos vieneses, la masa en la quema del Palacio de Justicia en Viena, pero también en los partidos de fútbol del Rapid de Viena. La muerte y la lucha cada vez más enconada con la madre represiva y controladora. Al final, la liberación a través de la escritura de nuevo, los arquetipos que se van desintegrando para quedarse en uno solo, el incendiario, el incendio que ciega en el acto de ir cegándonos para dar lugar a su primera novela, para mí inexplicablemente titulada en español Auto de fe, cuando la traducción literal al español es algo así como El cegamiento, un resplandor que ciega... que tiene una explicación directa en estas páginas. Los ojos en fin que nos esperan en el próximo tomo(El juego de ojos), después de la lengua y el oído, como una réplica a los tres monos sabios budistas, religión a la que, por cierto, dedicó un capítulo entero y horas de estudio.