Jane White solo buscaba un empleo estable cuando aceptó el turno nocturno en la Residencia Santa Lucía. Un trabajo aparentemente tranquilo entre pasillos silenciosos, luces tenues y residentes dormidos.
Hasta que, una madrugada, descuelga el teléfono.
Al otro lado no hay ninguna voz. Solo una respiración lenta, profunda, demasiado cercana.
Al revisar el registro, Jane descubre que la llamada procede de la habitación 214: una estancia clausurada en un ala abandonada, cuya línea telefónica fue desconectada años atrás.