“Los ríos profundos” es un canto del zumbayllu, un huayno en 300 páginas, el Yawar Mayu, la sangre que corre por las venas del Perú profundo; de aquella región de montaña con sus ritos y su magia. José María Arguedas nos entrega una novela total, una obra en donde confluyen el mundo-blanco, el mundo-mestizo y el mundo-andino, un texto en donde el animismo se encuentra con el catolicismo. Escrito en español y quechua, de manera tal que no sólo las palabras, sino la gramática, la sintaxis y la misma consmovisión de la lengua se cruza, compagina, batalla en español quechuizado. Una obra autobiográfica que integra elementos del Neo-Indigenismo, lo Real Maravilloso, y el Bildungsroman para recrear el aprendizaje, el crecimiento y la identificación de Ernesto, alter-ego de Arguedas, que vagabundea junto a su padre por diversas regiones del Perú, hasta arribar al Cuzco ciudad imperial. Ernesto siente el latir de las piedras, el palpitar, la vibración, la vida en la roca milenaria, en diálogo con las Catedrales, con los hacendados genuflexos ante su Dios, hipócritas en sociedad y explotadores de “colonos”, de “pongos”, de humanos reducidos a bestias de carga; las descripciones de Arguedas al pintor Cuzco, se recuerdan como algunas de las más logradas en la literatura peruana.
“Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: yawar mayu, río de sangre, yawar unu, agua sangrienta, puk´tik´yawar k´ocha, lago de sangre que hierve; yawar wek´e, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse yawar rumi, piedra de sangre, o puk´tik´yawar rumi piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacía el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman, yawar mayu a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante a la sangre. También llaman yawar mayu al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan. Puk-tik, yawar rumi Exclamé frente al muro, en voz alta”. José María Arguedas
Después de un largo peregrinaje, Ernesto queda interno en un colegio de religiosos en Abancay, mientras su padre continua sus andanzas por los valles y los montes. El patio de recreo y los compañeros de Ernesto son una representación de varias formas étnicas y culturales de la sociedad peruana en disputa. Los personajes provienen del mundo-blanco, del mundo-indio o se encuentran entre los dos mundos en conflicto y simbiosis. Al mundo blanco pertenecen los abusones del colegio: Lleras, salvaje y violento deportista, Añuco, huérfano destinado al sacerdocio, Gerardo, hijo de soldado costeño, Antero, hijo de hacendado, Valle, elegante y arrogante intelectual; los hacendados, los soldados costeños, el Padre Linares, director del colegio y otros curas. En el mundo indio se encuentran los colonos de hacienda, los músicos indios, Romero y Palacitos como “transculturados”. Entre los dos mundos se encuentra Ernesto, el Hermano afro Miguel, las chicheras y Felipa su líder, la opa (loca o con retraso mental) Marcelina, las adolescentes mestizas Salvinia y Alcira y varios compañeros de colegio como Rondoniel, diestro ejecutor de huaynos, el Peluca, el Chauca y el Chipro. Ernesto se encuentra en la hecatombe de la refriega, un encuentro-desencuentro que le produce una identificación con lo indio, con lo andino, con lo quechua y animista. Su proceso de maduración es paulatino, descubre la perversidad del sexo que ofende al colectivo en la disputa entre sus compañeros por las entrañas de la opa, vislumbra la farsa del Padre Linares que justifica la dominación de los hacendados y “consuela” a los indios marginándolos en el desconsuelo, se aleja de los compañeros que ven a las mujeres como “objetos de conquista a poseer”; y escapa a la montaña, al Pachachaca, al puente sobre el mundo, y al puente de cal y canto construido por los españoles que es puente sobre puente, se refugia en el canto del zumbayllu, se cobija en la ternura de sus recuerdos de infancia en contacto con tiernos indios, se regocija con los huaynos interpretados en las chicherias con arpa y violín, con mandola y guitarra, con rondín y kirkincho.
Ernesto se alinea con el oprimido, participa de la rebelión de las chicheras y apoya la marcha de los colonos, denuncia el infierno en los ojos del Padre Linares, se amista con los indios y los ríos, habla quechua, vuela junto a la calandria, sufre el ritmo, la cadencia de los Andes intangibles, taciturnos, despejados, ese ciclo de gélidas caricias, de viento embriagador, de danza de tijeras. El narrador está compuesto de varias voces, siempre en primera persona: Ernesto adulto recuerda una adolescencia que matiza en polifonía con otros lugares de enunciación, creando una heterogénea pluralidad de voces. Y más allá, todo objeto tiene voz, las plantas y las aves, los insectos y las rocas, voces que pueden armonizar o no con las personas, que tiene agencia, que negocian, que afinan ardides cósmicas. El Zumabyllu es el trompo mágico de los Andes, atraviesa el sol y la montaña llevando su mensajes, después de hacerlo cantar (bailar), el ejecutante debe susurrar al viento, en dirección a su ser querido el recado. El Tankayllu es ese pequeño insecto que resuena gigante, que guarda en su cuerpo más de una vida. El Pinkuyllu es un instrumento musical que aviva la memoria de los ríos.
Por eso la musicalidad de la narración, el baile, la rima, la fiesta, las descripciones de la quietud en movimiento, la reinvindación matizada en huaynos, en jarahuis, en jolgorio de chichería, en borrachera, en tránsito misterio de fuerzas naturales y sobrenaturales. El ritmo como elemento cohesionador del mundo humano, el mundo de los plantes, el de los animales y de los seres inanimados, la música como esa imposible confluencia de lo subjetivo y objetivo. La palabra se convierte en fugaz encantamiento que evoca e invoca, el signo lingüístico no es arbitrario y convencional, es conjuro, es magia, es presente, es sacro. Es la transustanciación arguediana, llevar el misterio de la oralidad al texto escrito, ordenando sus elementos en esa animista, poderosa y holista forma de ser, sentir y actuar en el mundo: la de los “ágrafos” andinos. Repletos de literacidades, advierten sus designios en los astros, los tejidos, los árboles, las campanas y los muros; escuchan la música de los ríos profundos. Una novela perspectivista que merece un sitial de honor en el canon, junto a Cien años de Soledad, Pedro Páramo o el Reino de este Mundo.