Diario rural, o Rural Hours, (1850) son los apuntes de la naturalista estadounidense Susan Fenimore Cooper a lo largo de un año. La editorial española a cargo de esta obra ha decidido dividir su diario en dos volúmenes, de los cuales solo la primera parte ha sido publicada por el momento. El primer volumen publicado por Pepitas de Calabaza recoge los apuntes que tomó la autora durante la primavera y el verano de 1848. La localización de la mayoría de sus entradas tiene lugar en algún pueblecito fronterizo del estado de Nueva York, muy cerca de Nueva Inglaterra.
Para empezar, esta obra no tiene nada que ver con Walden. Entiendo que una editorial pequeña se suba al tren de obras que orbitan alrededor de Thoreau para poder vender estos diarios. Siendo sinceros, el público que puede disfrutar este libro en este siglo es muy minoritario. Y una editorial, como empresa privada, necesita vender ejemplares para compensar cierta inversión monetaria. Pero, ¿se ha valido la editorial de un discurso que, aunque tiene una parte de verdad, no es completamente sincero con el lector? Bajo mi punto de vista, sí. A Susan Fenimore Cooper no se la olvidó ni se la invalidó porque fuera una mujer, pero eso solo puedes comprenderlo cuando lees a Susan Fenimore Cooper. Conceptualmente no se puede comparar las obra de la señora Cooper con las obras del señor Thoreau. Thoreau con Walden pretendía hacer un experimento durante dos años y dos meses. Susan Fenimore Cooper nos habla de su día a día en el diario; observaciones minuciosas y comentarios sobre los sutiles cambios del mundo salvaje y del civilizado a lo largo de las estaciones. Y, a veces, solo a veces, nos habla de sus sentimientos y opiniones. Este último aspecto, he de deciros, no es el más preponderante de la obra. En los diarios de Susan Fenimore Cooper encontrarás más referencias a las violetas, a las diferentes variedades golondrinas de la región y al cristianismo que a otra clase de opiniones. Y, precisamente por eso, he amado esta obra. Diario rural fueron los apuntes naturales que tantos años llevaba buscando. Susan Fenimore Cooper me dio todo lo que alguna vez busqué en Henry David Thoreau.
Siento que Susan ha sido relegada a un segundo plano en la literatura norteamericana naturalista por las siguientes razones. La primera razón es no perteneció a ningún círculo literario ni jamás tuvo la pretensión de unirse a uno. Thoreau fue trascendentalista, y su amistad con uno de los padres de la literatura americana, Emerson, padre además del trascendentalismo, ha sido una parte decisiva para la supervivencia de la obra de Thoreau. Por supuesto, su vinculación con Emerson no es la única razón por la que seguimos leyendo a Thoreau. Pero Thoreau sabía que la amistad con Emerson en última instancia le sería beneficiosa. La segunda razón es que Susan Fenimore Cooper tomó la decisión CONSCIENTE de luchar para que la obra de su padre, James Fenimore Cooper, se mantuviera viva. En ese proceso la autora decidió que su propia obra quedaría en un segundo plano. ¿Es esto censurable de algún modo? Por mucho que los revisionistas de hoy pongan el grito en el cielo, ella tomó esta decisión como mujer madura, libre y cristiana que era. Y la tercera razón es que, mientras Thoreau eligió hablar en distintas de sus obras de temas peliagudos, Susan Fenimore Cooper decidió centrarse en temas más cotidianos. Éstos temas de los que la autora habla en su diario pueden seguir estando sujetos a debate, no lo niego, pero en ningún caso fueron tan radicales como las opiniones que vertió el señor Thoreau. Asumir ese “riesgo” marca una diferencia en la obra de Thoreau con respecto a la de Cooper, pero esta diferencia no eclipsa la belleza de los apuntes de la autora, pues la belleza permanecerá más tiempo que nuestras opiniones, ya que éstas se hallan sujetas a factores más inciertos.
Y es que la finalidad de la obra de la señora Cooper es al mismo tiempo estética e intelectual. Por un lado, leer los apuntes de esta gran escritora es una experiencia extrasensorial que exige silencio y, optativamente, un entorno silvestre y el distante zumbido de las abejas trabajando sin descanso en la colmena. Pero, por otro, es un viaje hacia un conocimiento más profundo de la esencia misma de la naturaleza. Diario rural precisa que te dejes arrastrar, agarrada del brazo de nuestra naturalista, a través de una serie de lugares que tal vez no se parezcan físicamente demasiado a tu entorno, pero sus raíces se hunden en el mismo lugar que las raíces de los resquicios verdes de nuestras ciudades. No hay belleza idealizada ni romántica, sino una mirada crítica y científica con ecos poéticos.
Recuerdo algunas vivencias que tuve tras leer este diario. De pronto, empecé a apreciar más la naturaleza a mi alrededor. Pasear, una actividad que solo había llevado a cabo cuando mi pequeño mundo se volvía demasiado hostil y peligroso para mi espíritu, adquirió una nueva intención y dimensión. Mi mundo gris, aferrado a una estética gótica caduca, permitió que la primavera volviera a irrumpir en él. Así pude observar con una mirada distinta a las garzas picoteando en los arrozales, a los cormoranes lanzarse al suave mar Mediterráneo a la caza de un suculento pescado, a las urracas disputarse un territorio y al petirrojo hollando en la tierra removida por el agricultor… ¡Qué hermoso mundo se abrió ante mí, y qué hermoso fue asistir a este renacimiento acompañada!
No hay muchas cosas concretas que pueda decir del diario. Hace bastantes meses que lo leí. Han quedado más sensaciones que palabras, como siempre nos ocurre a los lectores ávidos de nuevas historias y experiencias. Para mí es un documento de un valor inconmensurable más por lo que te hace sentir que por lo que dice. Pero, sí, recuerdo algunas cosas: los comentarios de Susan respecto a las distintas clases de pájaros y su disconformidad a la hora de referirnos a una planta con su nombre científico (en latín); la vida y tradiciones de las gentes rurales con las que salpica su narración aquí y allá, y la fascinante recogida de sirope de arce; el trabajo incansable de centenares de mujeres en el mundo rural, donde comodidades procedentes de las urbes son completamente desconocidas…
Sin lugar a dudas es un libro para volver cada cierto tiempo. Primero, por la parte científica, siempre actual, y, segundo, para recordarnos que a veces debemos pausar la vida. Aunque solo sean un par de horas.
Gracias, Susan, por tanto. Te quiero mucho.
Y espero que en segundo volumen tengamos a una introductora que se limite a ser objetiva. No quieren nada con el alma viva.