Siempre inconformista con sus escritos, Kafka reniega de la calidad literaria de "Un artista del trapecio" y se lo confiesa a Max Brod en una carta fechada el 26 de junio de 1922: «me haría feliz si pudiera sacar la repugnante pequeña historia del escritorio de Wolff y borrarla de su mente…». Fiel a su puntillosidad literaria, el relato no le convencía. Pero aunque su extensión es muy corta deja un poderoso mensaje.
Esta pequeña prosa, de tan solo un par de páginas que recuerda a los textos de "Contemplación" o "Un médico rural" y es una historia hermosa, mostrando el costado más humano del ser humano, pues Kafka era uno de los pocos escritores de su época que solía ver en el hombre común los rasgos que precisamente se le escapan al hombre común.
Es un relato sobre la compasión, la abnegación y el sacrificio. Un trapecista que solo quiere estar allí arriba, haciendo sus acrobacias con su elemento. Le molesta profundamente viajar porque no es feliz cuando no está allí arriba.
Él se debe a su arte, pero los viajes lo trastornan y aunque su jefe le brinda todo lo que pide, como por ejemplo, la posibilidad de tener dos trapecios a la vez, que sigue siendo infeliz, algo que se percibe claramente en las últimas líneas del relato.
Es probable que Kafka no haya pulido del todo el relato, pues da la sensación de que queda trunco y podría haberlo continuado, pero teniendo en cuenta que su salud estaba muy deteriorada, seguramente no haya tenido fuerzas para seguir.