¿Una traición en potencia es una traición?
Leer una obra de teatro es igual de holístico que escuchar una película. Es posible, tiene contenido aprovechable, pero es indiscutiblemente una acción incompleta. Es leer una promesa, un mapa detallado de una coreografía sin poder ver sus bailarines. Todo este arte en potencia del que al final no veremos su ejecución (a menos que hagamos caso a esa tentación de que la lectura se vuelva imagen). En 1881, José Echegaray, autor español, publica el Gran Galeoto, obra por la cual recibió el Premio Nobel de Literatura en 1904. Y es justamente Echegaray quien entrega al lector ese mapa. Un mapa que además se encuentra mediado por un juego narrativo de la historia dentro de la historia. Estamos leyendo un sueño, un autor que imagina cómo será la gran obra que finalmente le conceda independizarse y vivir fuera de la casa de su amigo, quien hasta el momento lo ha recibido casi como a un hijo. Echegaray escribe sobre un autor que escribe. En este acto de un autor que crea a otro autor, hay indudablemente un ejercicio de representación de la propia condición de Echegaray.
Claudio Magris, escritor italiano, publicó un ensayo en el que discurre sobre las diferentes vertientes que se pueden considerar dentro de la idea de un secreto. En suma, lo relaciona como una estructura de poder en la que la persona que posee el secreto ostenta poder sobre quien lo desconoce. En el capítulo cinco, habla específicamente de lo que sucede con el escritor. Ese escritor de ficción específicamente quien al crear mundos imaginados de cierta manera está ocultando un secreto. “El escritor es un espía, de sí mismo o de otros, y tras su delación la existencia ya no vuelve a ser la misma” (Magris 37). De esta manera, esas motivaciones que pueden encontrarse en la obra de Echegaray al crear a un personaje que se dedica a su misma labor abogan por la humildad o la falsa modestia desde esta postura de secreto. Secreto tanto en las motivaciones que guardan, pero, aún más importante, secreto en ese espacio imaginado que durante la duración de la obra se vuelve verdadero. La labor del autor, tanto de Echegaray como de Ernesto, desde esta postura de espía, es la de dejar pistas para que un lector atento comprenda la estructura de personajes, eso sí, no mejor que su creador.
¿Por qué podría ser humildad y por qué sería falsa modestia? Comenzando desde la postura en la que se encuentra este escritor ficticio, que en palabras de Barthes deberíamos desligar por completo de la persona de Echegaray, nos encontramos ante un tópico que habita entre el artista atormentado y el genio de este mismo artista.
La idea está aquí: bajo mi ardorosa frente se agita; yo la siento; a veces luz interna la ilumina, y la veo… (...) y tomo la pluma, y con la mirada fija en el espacio, con, el oído atento, conteniendo los latidos del corazón, sobre el papel me inclino… Pero, ¡ah, sarcasmo de la impotencia!... ¡Los contornos se borran, la visión se desvanece, gritos y suspiros se extinguen… y la nada, la nada me rodea! (Echegaray 135)
El fragmento anterior es el diálogo del comienzo del Gran Galeoto. Es importante destacar este aspecto, porque el diálogo que encarna Ernesto consigo mismo culmina con una decisión por crear algo nuevo. Decisión que, para la siguiente escena, se ve transformada en una realidad. La obra de Echegaray habla de esta decisión de Ernesto por hacer una obra titulada El gran galeoto. Decisión que se desvanece para dar pie en el primer acto al contenido de esa historia.
En otras palabras, Echegaray como autor se encuentra en una doble transfiguración de la muerte del autor. Barthes argumenta que en la creación de una obra el autor muere automáticamente, por lo tanto, hay dos puntos de este “duelo”. Cuando Echegaray crea a un Ernesto autor en el diálogo el comienzo, presenciamos la muerte del primero. Pero, a su vez, cuando para el primer acto Ernesto crea una obra titulada el Gran Galeoto, muere el Ernesto escritor para dar vida al Ernesto protagonista de la historia. A pesar de poder evidenciar determinados puntos de encuentro entre ambos Ernestos, por ejemplo, la existencia de Don Julián y Teodora, el registro que se establece a partir del primer acto se encuentra dentro de la inventiva de un autor inventado. Esta introspección en la ficción hace un ejercicio literario mayor en el que, como lector, el papel de elaborar los personajes se debe hacer desde ese mismo cuidado. “El espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse: la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evapolarlo: precede de una exención sistemática del sentido” (Barthes 4).
En esta transfiguración del autor en Ernesto se evidencian signos de tópicos recurrentes en lo que respecta a un autor. Un autor atormentado, no por sus ideas sino por una sociedad en la que no tiene cabida; pero, a su vez, una clase de genio que en un momento de tormento puede producir una obra. En cuanto al origen de este tormento y a su vez genialidad, se desarrolla una cierta infantilización que desemboca en algo completamente inesperado. Esta infantilización se hace presente a partir del carácter paternalista ejercido por el personaje de Don Julián. Bajo esta configuración, retomando las preguntas iniciales, quizá Echegaray, reviviendo después de su muerte barthesiana, hace uso tanto de la falsa modestia como de una humildad auténtica. Crea un personaje empatizable desde un amor prohibido y una lealtad al hombre que ejerce como padre, pero quien, en medio de todo este pesar, es compensado con una brillante idea que se vuelve su obra de teatro.
Los personajes masculinos, bajo este lente paternalista, crean unas legitimidades arraigadas a los títulos como palabra que al ser nombrada conlleva consigo un respeto, una dureza y hasta cierto punto, una barrera que lo protege de todo perjurio. Una protección que se desvanece cuando este falso testimonio cobra su poder de la palabra dicha para hacer realidad la traición de ese quien era como un hijo para Don Julián y que ahora reconoce que desea a la mujer de su “padre”. Esta traición, sin embargo, tiene como consecuencia una postura completamente inesperada: es un pobre hombre que ha sido engañado. Un hombre que lejos de ser burlado por los demás, es consolado por haber perdido su honor. Y esta pérdida de honor es aún más profunda, porque es consecuencia de que su esposa haya perdido el suyo.
De esta manera, se plantean unos roles de género completamente inesperados. Por ejemplo, la traición en este caso se encuentra a manos de la mujer. Esta traición desencadena un carácter ahora sí completamente esperado que es la mujer condenada por traicionar. Y Don Julián, el hombre engañado, es un hombre dolido y abatido por la condición que la traición le ha impuesto. Los personajes secundarios, por su parte, se elaboran a partir de su inclusión en las dinámicas ya establecidas por los protagonistas. Sin embargo, lejos de ser simplemente un apoyo, se establecen como figuras periféricas cuya interferencia en las situaciones es decisiva sobre esas expectativas. Los personajes secundarios son el susurro en el oído de los principales sobre todo ese “deber ser”. Por ejemplo, en la relación entre Teodora y Mercedes, esposa de Don Severo, se evidencia un instinto de curación y limpieza. Mercedes, al enterarse de la deshonra de Teodora hacia Don Julián, la toma en sus brazos para intentar limpiar esa culpa y atribuir el error a la obra de Ernesto por haberla deseado. Mientras a su vez la cura de esa condición de belleza y atracción, motivo que la condena a ser deseada sin siquiera intentarlo. De verse demasiado ante ojos que no sean los de su esposo.
La teatralidad usualmente se enfoca en tramas que medios como el cine difícilmente pueden destacar de la misma manera. Y, en el caso del Gran Galeoto, este punto clave se encuentra en la definición de traición. Una traición que se encarna por el deseo mismo, no hay nada consumado. Don Severo, hermano de Don Julián, llega una tarde para insinuar a su hermano que su huésped, Ernesto, tiene una especial atención por Teodora, esposa de Don Julián.
DON SEVERO. Quien sigue el camino estrecho
del deber y la lealtad,
y es siempre lo que parece, no se apura ni enrojece
por la mucha claridad. (1.4)
En la cita anterior, Don Severo empieza este proceso de la sugerencia, al llegar a la casa de su hermano ve la complicidad con la que Teodora habla con Ernesto y empiezan a despertar en él aquellas pasiones que se enuncian desde la sociedad misma, desde esa deshonra que la untaría también a él en caso de que se sepa sobre estas miradas. Su temor ni siquiera está infundido por la posibilidad de que esa complicidad se convierta en algo más, sino por suponer aquel rumor del que sería indirectamente sujeto. En este registro del secreto y el rumor, Magris ilumina la idea con el carácter de lo falso. “Si fingir comunica lo falso, disimular puede ser un modo no de falsificar la verdad, sino de respetar su pudor” (Magris 40). En la idea de falsedad se encuentra el carácter activo de un sujeto que posee un secreto. El fingir es entonces un mecanismo para liberarse de la culpa. En este caso, Don Severo se encuentra como sujeto que irrespeta la verdad, una propiedad que se toma sobre un elemento que no le es suyo. Revela un secreto cuya mera existencia desconoce. Así, es en este justo momento en donde todo el poder sobre el secreto se pierde, Ernesto y Teodora, como productores del poder, se encuentran ahora sometidos por quien descubre una verdad que estos habían disimulado por ese pudor del amor que sentían por Don Julián.
La revelación de este secreto puede no ser el punto central de la obra de Echegaray, pero indudablemente es el punto de inflexión sobre el cual se desarrollan los personajes en una sociedad marcada por la deshonra de la traición. En palabras de Magris, el secreto es “una humanísima protección de la propia libertad” (33). Pero, a su vez, en tanto funciona como una forma de sugerencia, estas pistas profanan esa libertad. El saberlo es más una desgracia que una liberación. La palabra se ve rodeada por la omisión y por la revelación, el ser poseedor del secreto de alguien más es desgracia, y la única manera de dejar de serlo es producir más palabra y condenar a otro con el mismo secreto.
La palabra es entonces el vehículo de esta historia, el vehículo de la masculinidad por tomar propiedad de la palabra, el vehículo de la traición por reconocer ese deseo. Pero adicionalmente, es el vehículo del testimonio. Un testimonio que emerge de una especulación que resulta ser cierta. En la escena IV del primer acto, es precisamente Don Severo, hermano de Don Julián, quien vincula esta especulación con la realidad haciendo que Don Julián transforme ese carácter de padre que procura el éxito de su hijo, para padecer un profundo dolor Edípico. La palabra es instrumento de Don Severo, quien encarna este carácter de salvador, pero, socialmente, también de juez. Magris argumenta, al traer el secreto a la sociedad actual, que es también “defensa de la dignidad de la persona, de su intimidad, de su verdad interior” (44). Por lo tanto, mediante mecanismos como la tecnología en los medios de comunicación, pero también como Don Severo en este intento de proteger a su hermano, “permite violaciones de la elemental vida privada cada vez más inquietantes, en una espiral de comunicación global que se convierte en expropiación de la persona” (45).
Una historia de amor y desamor a la que solo tenemos acceso desde la casa de Don Julián. Presumimos, como lectores, de los rumores existentes que llegaron a oídos de Don Severo para que este los anidara en la realidad de Don Julián. Pero, como lectores/audiencia, solamente presumimos y confiamos en Echegaray/Ernesto. Esta imposibilidad de corroborar los datos le da al lector/audiencia una especie de poder. El poder del secreto. El reconocer esta ficción y estas capas de realidad como una historia que no se termina de develar, como una mentira que quizá no esconde nada pero que a su vez entretiene el ejercicio global de la lectura y su discusión.